El delantero centro controla el balón con el pecho, lo deja caer hasta la altura de su empeine derecho, conecta un disparo seco y certero: gol. El delantero centro corre y salta como un cervatillo, es feliz, todo normal.

Lo raro ocurre después: nadie se le acerca, no se forma la montaña humana que sigue a los goles trascendentales, ni siquiera la melé espontánea que sirve de colofón a los cotidianos. Nada o casi nada. La celebración colectiva ha sido sustituida por una suerte de danza dispersa, compañeros que saltan y se miran sonrientes mientras guardan la distancia de seguridad (esa misma que no se puede respetar ni al defender un córner ni durante el transcurso habitual del partido). No descarto que pronto se ejecuten coreografías ad hoc: la imitación de un pescador que atrae ficticiamente a su captura, un vaquero que enlaza con la soga al compañero más cercano, chorraditas así (confío ciegamente en la inventiva de los brasileños).

La sensación es, ya se imaginarán, extraña y fría, en consonancia con el resto de la fantasmagórica puesta en escena: las gradas vacías, los suplentes con mascarilla, el silencio atronador. Tal vez algún realizador se plantee utilizar aplausos y silbidos enlatados, como en cualquier comedia americana. Lo que sea por darle algo de sabor a las futuras retransmisiones.

En tiempos del coronavirus la normalidad ha sufrido una sacudida cósmica y nada escapa a su onda expansiva. El fútbol, tan conservador en sus tradiciones, ha tenido que adaptarse para sobrevivir y está por ver si el ansia de los aficionados por su dosis habitual es de tal calibre que pasa por alto estas inevitables anomalías.

Mientras nos acostumbramos (porque a todo se acostumbra uno) a esta nueva normalidad tan distópica como lánguida, estos partidos con sordina nos seguirán transmitiendo la desagradable sensación de comernos un bocadillo de jamón serrano con pan de molde (copyright Mariano Escribano) o, por buscar una metáfora más cercana, de bailar sin música.

Crucemos los dedos para que alguien, a no mucho tardar, pueda hacer sonar un vals por los altavoces. 

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