Estos días soy testigo de un debate absolutamente polarizado sobre cómo será la humanidad poscoronavirus. Parece que ha tenido que llegar una pandemia de magnitudes distópicas para que dejemos de pensar en la ciencia ficción como en mero entretenimiento y empecemos a preocuparnos por nuestro futuro. 

Tal es así, que el futuro ocupa gran parte de los pensamientos de los principales intelectuales nacionales e internacionales. El debate está ocupado por dos púgiles. En un lado del ring están los que piensan que todo va a cambiar, que el coronavirus va a marcar un antes y un después en nuestra sociedad, que estamos ante nuestra ‘caída del Imperio Romano’. 

Esta postura se manifiesta en diversas disciplinas. Desde un punto de vista económico, muchos se atreven a aventurar cómo salir de la tremenda crisis que afrontaremos por el parón total de la producción y el sector servicios. Algunos abogan por medidas keynesianas que se traduzcan en astronómicas inyecciones de dinero público (véase los que apoyan un Plan Marshall europeo) y quienes por el contrario defienden que lo que hay que hacer es eliminar los impuestos para evitar la quiebra total del sistema empresarial. También hay quien aboga por ambas medidas.

Desde una perspectiva política, algunos intelectuales ya vaticinan el fin de la globalización y el resurgir de los nacionalismos. Por el contrario, hay quienes piensan que la globalización perdurará y que no se puede atribuir a la misma la expansión del virus (ya ocurrió con la Peste Negra, sin globalización de por medio). A nivel nacional hay quien defiende que esta pandemia del coronavirus ha puesto en evidencia al Estado de la Autonomías, y que en el futuro hay que apostar por una recentralización de competencias para evitar faltas de coordinación. Por el contrario, muchos señalan que el sistema de autonomías sale reforzado, pues ha demostrado ser más eficiente que un Gobierno central torpe y con falta de previsión. 

Hasta en el plano moral hay quien se ha atrevido a decir que después de esto seremos mejores personas y aprenderemos a valorar más lo que tenemos. Que nos dejarán de importar las cosas banales y daremos más valor a las auténticas.

En el otro lado del ring se sitúan aquellos que dicen que todo va a seguir igual. Que nada va a cambiar. Citan a Eclesiastés: “Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol”.

Nos obsesiona el futuro porque no toleramos la incertidumbre. Necesitamos saber qué va a pasar, qué va a ser de nosotros. Pero en ocasiones la única certidumbre que nos queda es el aquí y ahora. Es estar agradecido por acostarte y saberte acompañado de quien te quiere, aunque sea en la distancia. De saber que todos están bien. Que es un día más en el Apocalipsis, pero a ti no te ha tocado. Que por suerte sigues esquivando la soledad blanca de los hospitales y el monótono ruido del respirador. A veces cabe pensar que a quién se le ocurre ser feliz con la que está cayendo.

Quizá el futuro es un buen lugar para quedarse a vivir. Porque allí todavía puedes irte a tomar una caña con unas patatas bravas en tu bar favorito del barrio. Y la Liga se sigue viendo cada semana. Puedes ir a ver a tu familia, tocarlos, abrazarlos. Te puedes beber hasta los charcos con tu grupo de amigos y amanecer con un WhatsApp de “si hace un vermú”. Hasta puedes cenar con el amor de tu vida mientras haces el bobo y te crees un auténtico galán de Hollywood motivado por los efluvios de Baco. 

A lo mejor por eso hasta los intelectuales quieren saber ya cómo será todo, o cómo ha dejado de serlo. Imaginarlo ayuda a afrontarlo. No me atrevo a confirmar cuál de todas las teorías mencionadas estará en lo cierto. Sí estamos en la antesala del nacimiento del ‘superhombre’ o si seguiremos siendo los mismos gañanes de siempre. Puede que el mundo nos vuelva a sorprender. Antes parecía imposible. Mañana será otro día.

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