La pandemia ha conseguido que lo que provocaba mi única queja sobre el Mercadona de mi barrio, su sección de vinos, se haya convertido en otra de sus virtudes. Hasta hace apenas un mes, me parecía una zona triste por culpa de los nombres, las etiquetas y los precios de los vinos. No hablo de la calidad: un vino que se vende a tres euros la botella, con una etiqueta diseñada por un contable con una hoja de Excel como plantilla, provoca una profunda pena enológica. Esa pena era la que me incitaba a pasar por esa región, en la que nunca daba el sol del diseño gráfico, muy deprisa.

Gracias a Dios, los vinos a tres euros siguen ahí y la oferta es la misma, por lo que ahora tampoco me detengo. Y eso es bueno. En las compras del supermercado nos conducimos con una urgencia comprensible: cuanto menos tiempo ahí, menores las posibilidades de infección. Con un ojo miramos el reloj y con el otro la lista. Somos esos conejos de los canódromos que en los dibujos animados empezaban a sudar cuando soltaban a los galgos. Como esos locales que anuncian la cantidad de sushis o pizzas que han vendido, Mercadona debería reconocer a los que hagan su compra en el menor tiempo posible. Por categorías: carro propio, carro pequeño y carro grande. Aquí lo dejo como sugerencia para Tokio 2021, donde yo sería medallista: el cajón que abro para ver si necesitamos galletas y que empujo con la punta del pie, todavía no se ha cerrado cuando regreso a casa con la compra.

Pero Dios, cuando es el del vino, aprieta, pero también descorcha. En uno de los locales de mi edificio abrieron hace unos meses una vinoteca. Antes había una empresa que fabricaba prótesis para dentistas. Era un rumor, porque ningún nombre la identificaba y solo veíamos a trabajadores vestidos de verde y con mascarillas salir a fumar con la cara del profesor de secundaria que se ha encontrado emoticonos en casi todas las respuestas de doscientos exámenes corregidos. En su momento me parecía curioso encontrarme una vinoteca junto a mi portal. Ahora creo que alguien ha venido del futuro con la única misión de hacerme más llevadera la cuarentena. Y a fe que lo ha conseguido.

No solo el futuro pensó en mí, también el pasado. La tradición de considerar el vino como comida se la debemos a los monjes. A los que vivían en lo que ahora es el hotel de Abadía Retuerta, por ejemplo. Todos nos reímos al escuchar esa pequeña artimaña con la que justificaban su consumo diario. Qué pillos, qué listos los monjes, qué espabilados. Esos comentarios que te permites porque crees que como tu siglo viene después del suyo, eres más inteligente que ellos. Gracias a eso, benditos monjes, la vinoteca puede abrir en la cuarentena. Es bueno creer que la historia te mima.

Vinoteca y pinacoteca

En la vinoteca, en la que siempre entro con respeto, solo está el dueño. Tiene cierto aire de monje, qué iba a esperar. No desentonaría nada que, en vez de consultar algo en la pantalla, estuviera restaurando los dibujos de un códice y que me saludara en latín. Muevo la cabeza. El silencio de la tienda es un coupage de varios que reconozco en el primer momento: el de una biblioteca llena de opositores, el de la entrada a una exposición retrospectiva a un maestro holandés con cuadros prestados por otros museos, el de la sala de espera de un dentista, el del pasillo de tu casa cuando llegas a las tres de la mañana. Ya la combinación de vino y pinacoteca en vinacoteca es una invitación a saltar de lo apolíneo con lo dionisíaco cuando se pasee por ella. Y a eso me dedico.

Al principio me fijo en las etiquetas como si me encontrara en una exposición. Me detengo delante de cada una con las manos en la espalda, me inclino para percibir los detalles que presenta y me aparto para ver la imagen en su conjunto. Por un momento estoy tentado de acercarme al encargado y pedirle una audioguía para conocer la historia de cada una. Todo lo que veo me gusta. Las etiquetas de los vinos españoles han mejorado mucho porque ahora son una importante herramienta de marketing. Los puristas desde su atalaya dicen, como esos críticos que obligaron a los impresionistas a presentar sus obras fuera de la Exposición Universal de París, que lo importante es el vino, pero para probar el vino primero hay que asegurarse de que se elige la botella. Mientras paseo, convierto al monje en un vigilante de museo con el corazón ralentizado para consumir la mínima cantidad de energía mientras hiberna con los ojos abiertos.

 No es mala sustituta la vinacoteca de una galería tradicional. Ahora lamento no haber ido cuando pude a las exposiciones de Bill Viola, Espejos de lo invisible, en Telefónica, o a la de Guido Guidi, De las cosas, en el Instituto Italiano. No lo debería haber aplazado, pero entonces la frase “Igual me pilla una pandemia” no formaba parte de las razones que uno se daba para animarse a hacer algo. Los mecanismos de la decisión van a necesitar una actualización cuando se acabe la cuarentena.

El cambio a lo dionisíaco lo doy cuando ya no presto atención a las botellas, sino al vino que llevan dentro. Ya anticipo el placer del descorche: uno de los pocos momentos en los que el día, enroscado en sí mismo, parece capaz de proponerte algo nuevo. El sacacorchos abre esa puerta detrás de la cual se han amontonado temporalmente, como muebles esperando la mudanza, las cosas que merecen la pena: la reunión, la charla, la fuente con la comida, las copas, la sobremesa.

Me pongo como tope diez euros. Ahora no es mucho, pero dentro de unos meses, en mitad del tsunami económico que se nos viene encima, me servirá para recordar esos buenos tiempos en los que me podía gastar esta cantidad en una botella de vino. Le pido consejo al encargado y suele sugerirme tres, que me sostiene como si fueran a salir en la siguiente subasta de Sotheby’s.

Hace unas tardes me llevé una botella de Cerro Bercial porque era la que tenía una etiqueta más original y elegante. También se bebe por los ojos. La elección fue un acierto. Cuando unos días después, tras tirar al contenedor muy lentamente las botellas vacías para disfrutar del sol en la cara, volví a la tienda, descubrí que en la zona de los vinos más baratos había huecos y que no quedaba ningún Cerro Bercial. La oferta ya empezaba a acusar los días de cuarentena y, supongo, los problemas de suministros de las bodegas.

Entre la invasión de expertos que han llegado a los medios, también se encuentran los que tienen algo que decir del vino: que no hay nada mejor que abandonar el alcohol. Con el mismo criterio con el que hemos empezado a juzgar a los de la epidemia (sospechando que deberíamos hacer lo contrario de lo que decían y haber comprado mascarillas cuando afirmaban que no hacían falta y evitado aglomeraciones cuando ellos solo veían motivos festivos para la reunión), no solo no tenía que haber dejado la botella de Cerro Bercial, sino haberme comprado media docena.

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