Para el Tali, que es Culé …

Dicen los que saben de esto que la vida es como el fútbol, o viceversa, y creo que tienen razón. No sólo por que el fútbol sea un deporte hermoso, que lo es, o por que nos permita estar en contacto con aquel hombre pre civilitatorio, como bien ha señalado Norbert Elías. No. Creo que la vida es como el fútbol por la sencilla razón de que mis mejores y peores recuerdos, aquellos de los que realmente he aprendido algo, son producto del fútbol.

He llorado únicamente tres veces en mi vida: la primera en una noche de Querétaro después de que un compatriota mandase el penalti al quinto demonio en el Mundial del 86. Pero no fue la derrota lo que me sacó las lágrimas; más bien fue el agudo sentimiento de que mi país no era el mejor, de que hay muchas cosas que hacer por él. Un penalti que fue, finalmente, como una metáfora del progreso. Porque ese mismo año entramos en las Comunidades europeas. No éramos, no somos el mejor país, es cierto, pero ese día, el penalti del Eloy Olalla me dejo con esa sensación áspera que produce la impotencia.

18 años después, en la Eurocopa del 2000, observo otra imagen; una escena que continúa repitiéndose en mi cabeza una y otra vez, como si fuese un maldito vídeo o una macabra toma en cámara lenta. Sí, todavía puedo ver esa camisa roja arrastrada por el aire y pegada a su cuerpo, esa silueta flaca y con las piernas arqueadas por el cansancio. Veo su cara rota, aquel dolor compungido que se liberó justo un momento antes de que todo sucediese. Y todo ¿para qué? ¿Para que ese penalti se eleve más allá, mucho más, más allá de la grada y por encima de la portería? ¿Para eso? No, también para que nos quede un sabor amargo en la boca y una pregunta en nuestra mente y en nuestros periódicos. Sabor amargo, por esa mayoría absoluta de Aznar unos meses después, un retroceso en el alma progresista del país. La pregunta, todavía continua corriendo, una y otra vez, como si fuese un maldito vídeo o una macabra toma en cámara lenta. ¿Era Raúl nuestro chico maravilla, nuestro niño prodigio? Y con dolor, con lágrimas al fin, Aznar / Francia —siempre Francia— nos había derrotado.

Pero también es cierto eso de que el diablo es más sabio por viejo que por diablo. Y la vida, como toda hija de su madre, está llena de sorpresas. Casi veintidós años después de esa noche en la que perdí la fe, ahí estoy de nuevo frente al televisor. Fue una noche de viento, con lluvia, como ese primer partido dieciséis días antes, y según me han dicho los fotógrafos, el césped estaba lleno de rocío. Por historia, no era España favorita, e incluso ahora sonrió al acordarme de los titulares de periódico de un día antes (HOY PUEDE SER UN BUEN DÍA, publico el AS), pero la vida quiso que ese día Xavi, Güiza y Silva solventasen, con una simple vuelta, una deuda histórica de 24 años. España a la final y Rusia e Italia a su casa. Y lloré, a pesar de las estrellas y la espléndida ciudad de Viena. No sólo lloré por el triunfo, sino porque era la vida la que me decía que triunfar era posible. Lloré —también— de alegría, porque de eso trata la vida: de muchos trompicones y pocas alegrías. Y sé que son estas las que más recuerdas por que son efímeras, breves como un suspiro. Han sido mis lágrimas más dulces, más compartidas. 

Al fondo queda Alemania, el país de Kant, Hegel, Einstein, Schopenhauer, Adorno y su Escuela de Francfort, del multicitado gurú de los medios Jurgen Habermas y del papa emérito Joseph Ratzinger, del dios de la música Beethoven; el país del milagro de Berna y del kaiser Franz Beckenbauer. ¿Cómo no admirar a un país así? Aunque podríamos ser crueles y decir que también es la tierra de Hitler, Himmler, Goebbles y Eichmann, esos tipos abominables que tanta escuela han dejado en la derecha de hoy. ¿Cómo no temer a un país así? Esa doble alma de Alemania me recuerda que a España siempre se le ha reprochado una manifiesta incapacidad para situarse al nivel de los otros países de Europa, dejándonos ese tufo tan franquista como el toro y el tricornio. Pero si la vida es como el fútbol y viceversa, espero que en esta ocasión aquellas imágenes del dictador con Hitler en Hendaya no sean más que Historia, lágrimas por las que ya no valga seguir llorando.  

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