Era la enésima vez que veía el gol, pero hoy me fijé en él. Y observé la secuencia completa de la jugada.

Vi a Dieguito recuperando un balón en la frontal del área propia, revolviéndose, sacando la pelota limpia y vertical. Vi al fenómeno emprender la carrera oteando a izquierda y derecha. El Barcelona no había hecho un buen balance defensivo y tenía por delante metros de césped y de libertad.

Y entonces reparé en él, en la parte inferior de la imagen. El pelo rubio, el trote lento, como adivinando que la jugada no le necesitaba, que moriría sin él para bien o para mal.

La cámara se centra en el fenómeno, Pepe desaparece de la escena. El fenómeno ya ha devorado a Sánchez, un honesto jornalero de los culés que se había perfilado mal. Fue transparente. Víctor Muñoz —con un diez a la espalda que puede llevar al equívoco— duda entre derribar y robar, intenta lo segundo, fracasa. Justo cuando elude al aragonés el fenómeno ejecuta un cambio de ritmo mínimo, casi imperceptible. Lo suficiente para que Alexanco (grande, bronco, desmañado) no pueda hacer coincidir las trayectorias del balón y de su pierna. Solo alcanzará a ver cómo el esférico le sobrepasa para que el fenómeno se plante solo ante Urruti (el portero antes conocido como Urruticoechea, yo recorté su cara de un cromo, la pegué sobre el tapón de una bombona de butano y disputé con él innumerables partidos).

El realizador abre el plano. Nos muestra a Urruti vencido, a la pelota acudiendo mansamente a la llamada de las redes, a Manolo (aquel aseado lateral izquierdo blaugrana, no sé si lo recordarán) … y a Pepe. Pepe fue espectador privilegiado del gol de Mágico, como Valdano lo fue del gol de Maradona. La fama de Mágico ha opacado un tanto al maravilloso jugador que fue Mejías, como la de Maradona eclipsó a la de todos sus compañeros. La brillantez y la genialidad ganan a la constancia (y eso que Pepe también fue brillante y genial, a la manera de los mortales).

En el siguiente plano se resuelve la escena: Pes Pérez se gira hacia el centro del campo y tapa fugazmente al salvadoreño, que aparece tras el trencilla, los brazos levantados, la sonrisa ancha, el gol en el pelo.

Llega Dieguito —¡vaya balón que te metí!, podría haberle dicho parafraseando al Negro Enrique con el otro Dieguito— salta y rodea la cintura de Jorge con sus piernas. Fundido en amarillo, final feliz.

El partido acabó con empate a uno (gol de Alexanco, precisamente) y el Cádiz descendió aquel año a Segunda. Afortunadamente, YouTube no entiende de esas cosas.

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