Quizá fuera por su look de presidiario. Por esa forma de mascar chicle a lo Michael Jordan, ese derroche de gomina y su inseparable cadena al cuello. A lo mejor por esa chulería con la pelota, esa clase para la filigrana y esa calidad en el toque. Quizá por una mezcla de todo, no lo sé, pero lo cierto es que Mijatovic se ganó mi corazón cuando el que escribe era un niño de cinco años que empezaba a conocer lo que era el fútbol. 

Lo que no sabía en aquella época, debido a mi bisoñez, es que ese jugador que tanto molaba compartía sueños con pesadillas. Días de gloria en el Santiago Bernabéu con noches en el hospital, apoyando a su hijo Andrea ante una dura enfermedad, su parálisis cerebral. No era consciente de lo que ello supone, ni de cómo su hijo le empujaba a dar cada asistencia, a marcar cada gol, incluido ese que aun hoy parece que no va a entrar en la meta de Peruzzi, para traer la Copa de Europa a Chamartín después de 32 años.

Tampoco sabía que su país, Montenegro, siempre estuvo al lado de Serbia en la Guerra de los Balcanes contra países como Croacia, del que era oriundo su mejor amigo de entonces, Davor Suker. Los veía abrazarse y celebrar con entusiasmo cada gol sin ser consciente del poderoso mensaje que suponía. Ellos, hijos de naciones enfrentadas, demostrando el absurdo de la guerra, demostrando que el amor y la amistad están por encima de fronteras, culturas e ideologías.

Te das cuenta de que la imagen de presidiario no se corresponde en absoluto con la realidad de cómo es Mijatovic. Una leyenda del madridismo que llama por teléfono para disculparse por haberse retrasado unos minutos en la entrevista: “Estaba corriendo en la cinta y se me fue el santo al cielo. Bueno, caminando más bien”. El héroe de la Séptima hace cuarentena como todos e incluso ahora, con la competición suspendida, se las apaña para disfrutar del fútbol, ya sea con partidos antiguos o documentales.

Vamos a empezar por el principio, ¿cómo recuerdas tu infancia en Titogrado?

—Yo fui el tercer hijo de una familia trabajadora (tenía dos hermanas mayores). Mi padre era médico y mi madre trabajaba en una tienda. Fui un niño feliz enganchado a una pelota desde muy pequeño. Mi hermana mayor decía que yo iba a ser futbolista, o nada, porque no era normal que siempre estuviese con la pelota. No nos sobraba nada, pero no nos faltaba lo básico para vivir. Cuando llegaban los cumpleaños o la Navidad a mí no me interesaba ningún otro juguete que no fuera la pelota. He tenido balones de varios tamaños y marcas.

Hijo de médico, si no se te hubiese dado bien el fútbol, ¿estaría hoy Pedja Mijatovic atendiendo pacientes con coronavirus?

—¡Seguro que sí! Además, el gran deseo de mi madre era que yo fuese médico. De hecho, mi hermana mayor es enfermera, así que, por lógica, yo tendría que haber sido doctor o trabajar en algún ámbito relacionado con la Medicina… Es verdad que, incluso hoy, todo lo relacionado con el mundo de la Medicina me atrae, quizás por ver, cuando era pequeño, a mi padre ejerciendo. Así que seguramente, si no fuese futbolista, hoy estaría encantado metido en hospitales ayudando a los enfermos del coronavirus.

«De niño me resultaba aburrido entrenarme, así que yo era el que organizaba los torneos»

¿Cómo nace tu pasión por el fútbol y en qué momento tu familia decide apostarlo todo por el fútbol?

—Todos mis amigos de la infancia empezaron a entrenarse en un club cerca de donde vivíamos antes que yo. Pero a mí no me llamaba la atención entrenarme todos los días con ellos, me resultaba aburrido. Yo era más bien el que organizaba los torneos. Hasta que un día, con 12 años, acompañé a mis amigos a un entrenamiento (fue un partido de 11 contra 11). Tras acabar el partido, el entrenador se interesó por mí y yo empecé a tomármelo más en serio. Ya con 17 años me di cuenta de que el fútbol podía ser algo muy especial en mi vida. Un año después firmé el primer contrato profesional y mis padres fueron conscientes de que el fútbol iba a ser mi vida.

¿Cómo fue la experiencia de jugar con la selección yugoslava en el Mundial sub-20 de Chile de 1987?

—Fue un sueño. No solo para mí, sino para una generación entera del fútbol yugoslavo. Éramos un equipo con mucho talento, pero con poca experiencia. Pocos apostaban por nosotros. Sacamos nuestro carácter balcánico diciendo: “Tenemos talento, nadie puede correr más que nosotros y vamos a hacer todo lo posible para hacerlo bien y poder entrar en la Historia”. Ganar un Mundial con 18 años es lo máximo que te puede pasar. Ese torneo nos lanzó directamente como las grandes promesas del fútbol yugoslavo.

¿Fue allí donde surgió tu amistad con Davor Suker?

—Sí. Nos habíamos conocido un año antes. Pero ganar el Mundial y jugar juntos con la selección hizo que naciera una gran amistad entre Davor y yo, y también con otros jugadores que formaban parte de la selección. Ese Mundial nos marcó como jóvenes futbolistas que iban a tener grandes carreras en el futuro.

La guerra

Poco después llegó la guerra de los Balcanes. Tú estabas en ese momento jugando con el Partizán. ¿Cómo fue ese momento en el que estalló todo?

—Los futbolistas sabíamos que en aquella época había un problema político y que estalló una guerra civil. Pero nosotros teníamos una vida privilegiada y muchas veces no te enteras de lo que sucede en realidad. A todos nos afectó porque luego el país entró en una crisis económica y no podíamos jugar los partidos internacionales, pero sí se jugaba la liga y el resto de partidos. Sabíamos que la gente vivía mal, pero a nosotros no nos afectaba mucho.

Supongo que hablarías sobre el conflicto con tus amigos croatas, como Suker, sobre todo al principio de la guerra, ¿no? Porque era la separación de Croacia de la selección yugoslava…

—Eso vino después, ellos dejaron de jugar para la selección y se independizaron. Empezamos a tener más relación cuando nos fuimos a España: Suker se fue a Sevilla en 1992 y yo a Valencia en el 93. Ahí empezamos a encontrarnos de nuevo y a hablar porque, como no había móviles, no teníamos la posibilidad de mandarnos mensajes. Ahí empezamos a tener, de nuevo, contacto y recondujimos definitivamente nuestra amistad cuando fuimos al Madrid. Una amistad que dura hasta el día de hoy.

En la guerra de los Balcanes, Montenegro siempre estuvo al lado de Serbia y enfrentado a Croacia. ¿Cómo se veía en tu país tu amistad con Suker, que era pública y notoria?

—La gente con experiencia de la vida lo entendía muy bien. Y es que la amistad y el amor están por encima de todo. Pero los nacionalistas lo veían raro. Sin embargo, a mí nunca me afectaron esos comentarios. Yo decido con quién quiero tener amistad y con quién no, y nadie puede influir en esta decisión. Y mucho menos ninguno de los temas políticos. Todo lo que tengo con Davor y con muchos otros jugadores de la selección croata no puede verse afectado por temas políticos. Davor y yo siempre nos hemos llevado bien.

¿Llegaste a recibir amenazas?

—No, pero algún comentario público de mal gusto por parte de la prensa sí. Pero a mí nunca me ha afectado.

Es curioso como dos países que en ese momento estaban en guerra tenían a dos jugadores de fútbol superclase que eran como hermanos. ¿Sois Suker y tú la prueba de que la amistad no entiende de fronteras culturales o físicas?

—Sin ninguna duda. No solo el caso de Davor y yo, también sucedió entre muchos otros deportistas croatas y montenegrinos que se llevaban bien. Creo que el deporte tiene que estar más allá de estas decisiones e intereses políticos. En definitiva, los deportistas estamos al margen de todo esto porque, como te dije antes, tampoco lo notamos tanto en nuestro día a día. Además, tampoco tenemos derecho a ser más patriotas que otros que viven en Belgrado o Zagreb en condiciones mucho peores. Nosotros, que somos privilegiados y vivimos bien, no nos tenemos que obsesionar con el patriotismo. Creo que los deportistas deben decir lo que piensan, pero no obsesionarse con el tema.

Vamos al momento en el que fichas por el Valencia. ¿Cómo fue llegar a un país tan diferente al tuyo y con un idioma distinto?

—La verdad es que el primer contacto con un país extranjero y con un equipo de fútbol como el Valencia fue perfecto desde el minuto uno. Yo no sabía español, pero los balcánicos tenemos talento con los idiomas y aprendí bastante rápido, a base de prueba y error. El equipo y la afición me recibieron muy bien. El carácter y la mentalidad de los españoles también es muy parecido a los balcánicos, así que nunca tuve ningún problema. Esos tres años que pasé en el Valencia fueron maravillosos. Me encantó el fútbol español desde el primer momento. Trabajar, entrenar y vivir para tu profesión. Fueron unos años muy bonitos y muy plenos en todos los aspectos.

Tu oportunidad en el Real Madrid llegó de la mano de Lorenzo Sanz, que nos ha dejado recientemente por culpa del coronavirus. ¿Cómo recuerdas al ex presidente del Real Madrid?

—Mi salida del Valencia fue bastante turbulenta, como sabes. Llegué al Madrid en 1996, convirtiéndome en el mejor jugador de Liga. Yo lo que quería era ganar títulos importantes, algo que me faltaba en el Valencia. Y no me equivoqué. He mantenido una gran relación con Lorenzo, no como presidente y jugador, sino como familiar. Su muerte me ha afectado. Siempre le he estado agradecido a Lorenzo por darme la oportunidad que me dio por jugar en el mejor club del mundo, el Real Madrid.

Se compara al coronavirus con la guerra. Tú que viviste un bombardeo en Belgrado, ¿qué opinas?

—En el 99 cuando la OTAN decide bombardear mi país, nosotros estábamos convocados con la selección y nos llegó la notificación un día antes de que nos teníamos que ir. A mí el bombardeo me pilló conduciendo a Budapest, porque no podíamos volar desde nuestro país. Ver caer las bombas a lo lejos y morir a la gente es horrible. El coronavirus es un problema mundial que debemos tomar en serio, pero que se puede solucionar. Vivir una guerra tiene que ser lo peor que puede existir.

Volviendo a tu época del Madrid, llegaste a un equipo muy multicultural. Roberto Carlos de Brasil, Seedorf de Holanda, Panucci de Italia… ¿Cómo os entendíais en ese momento?

—Aquel año Lorenzo Sanz decide cambiar a una generación entera. Llegó mucha gente nueva, un entrenador nuevo (Fabio Capello) con otras exigencias y otra forma de ver el fútbol. Nos adaptamos todos muy bien desde el primer momento. Teníamos muchas ganas de hacerlo bien y triunfar. En el fútbol, si juegas bien no son necesarias las palabras, sino que te entiendes con la mirada. Así que en el juego nos entendíamos bien y luego aprendíamos el idioma. Era una mezcla muy buena de juventud, calidad y experiencia. (Roberto Carlos, Guti, Álvaro, Seedorf, Raúl…).

Si tuvieras que tomar un chupito por cada vez que has visto el gol de la séptima, ¿cómo acabarías?

—¡Muy borracho! Lo he visto miles de veces. El partido entero solo lo he visto tres veces, pero los resúmenes y el gol muchísimas veces. El gol se ha grabado en mi mente hasta la muerte. Es el momento más feliz que he vivido profesionalmente.

El Real Madrid de la Séptima. Arriba; Illgner, Hierro, Seedorf, Redondo, Panucci y Morientes. Abajo: Karembeu, Mijatovic, Roberto Carlos, Raúl y Sanchis. CORDON PRESS

Pasan los años y se sigue recordando ese partido…

—Es la única final que terminó con un gol solo. Creo que la Séptima también fue muy importante porque habían pasado 32 años sin haber ganado la Copa de Europa. Conseguimos romper esa mala racha y eso hizo especial a la Séptima Copa de Europa. Entramos en la historia de fútbol en ese momento.

«Cuando eres joven puedes salir, el problema es salir sin controlarte»

¿Cuánto hay de verdad y de mito en el mote de Ferrari boys con el que os apodaron?

—Alguno de nosotros compramos un coche aquel año. El primer año, cuando no teníamos las competiciones europeas (porque antes de llegar nosotros, el Madrid no se había clasificado para la Champions ni para la UEFA), todos los jugadores nos juntábamos miércoles o jueves para cenar, ya que jugábamos de domingo en domingo. Se convirtió en nuestra rutina y nunca afectó a nuestro rendimiento. Además, Capello era partidario de estas reuniones porque insistía en que un equipo necesitaba tener una amistad, además de las cualidades físicas. Creo que esto es una gran verdad. Con un buen ambiente y unos jugadores que se entienden muy bien el grupo se ve reforzado. Así que es verdad lo de La quinta de los Ferraris, pero éramos un grupo sano. Cuando eres joven puedes salir, el problema es salir sin controlarte.

¿Qué anécdotas recuerdas con más cariño de tu etapa en el Real Madrid?

—Como Davor y yo nos conocíamos de antes, el primer año, Raúl, que era un jugador joven y con un talento tremendo, se quejó a Fabio Capello de que Davor y yo no queríamos pasarle la pelota y sólo nos la pasábamos entre nosotros. Un día después del entrenamiento Fabio nos convocó a los tres para tratar el tema. La verdad es que era un poco cierto lo que decía Raúl, pero en ese momento lo negamos. Si tenía que escoger entre Davor y Raúl, Davor siempre era mi primera opción. Si Davor estaba cubierto o en mala posición, entonces se la pasaba a Raúl (confiesa entre risas).

¿A día de hoy mantienes el contacto con aquella plantilla?

—Sí, tengo contacto con Fernando Sanz, Fernando Hierro, Panucci, Seedorf, Roberto Carlos, Davor… Con algunos más y otros menos, pero siempre que nos encontramos es como si hablásemos todos los días. Es increíble la magia y el feeling que se creó.

Andrea

En una entrevista señalaste que esa época, cuando estabas en la cresta de la ola a nivel futbolístico, coincidió con una dura etapa personal por la patología de tu hijo Andrea. ¿Cómo fue ese momento tan bipolar?

—Andrea nació en 1994 e iba empeorando con los años. Aprendí a vivir con este problema y supe convertirlo en una motivación. En momentos difíciles pensaba en Andrea y conseguía superar todo. En varias épocas de mi carrera Andrea luchaba por sobrevivir, pero nunca afectó a mi trabajo. Mi hijo me ha ayudado muchísimo para entender que muchas cosas no dependen de nosotros. Un día la gente estaba contenta conmigo tras marcar un gol y al día siguiente iba al hospital de Valencia a ver a mi hijo. Es ahí cuando te das cuenta de que no eres nadie; no podía ayudar a mi propio hijo. Estas situaciones te hacen madurar y aprender muchas cosas importantes en la vida. No debemos volar demasiado alto cuando las cosas van muy bien ni caer demasiado bajo cuando van mal. Hay que mantener un equilibrio. La enfermedad de mi hijo fue muy dura, pero siempre me ha ayudado a ser mejor persona, mejor ser humano.

¿Qué es lo que admirabas de él? ¿Qué es lo que te daba tanta fuerza?

—Sus ganas de luchar y de vivir. De luchar contra algo que no era nada fácil: muchísimas intervenciones quirúrgicas, su estado de no poder hablar ni caminar, de hacer algo básico que hacemos los seres humanos. Su fuerza, su carácter y sus ganas de sobrevivir. Los médicos pronosticaban que iba a vivir entre 5 y 6 años, pero Andrea vivió 14, aguantando y luchando (ya hace 11 años que murió).

¿Cómo afronta un padre la muerte de un hijo?

—Yo sabía que iba a llegar un día en el que iba a vivir más que mi hijo. Eso produce un malestar tremendo. Por mucho que hables y te prepares con los médicos, cuando ese momento sucedió fue muy duro. Daría todo para cambiar esa situación. Sentí mucha impotencia por no poder ayudar a mi hijo. Es una herida que nunca se cierra, que duele y que siempre va a estar ahí. Pero tenemos que reconducir nuestra vida y encontrar otras motivaciones. Hay que seguir viviendo después de llorar. Lo peor que le puede pasar a un ser humano es perder a su hijo. Creo que nada se puede comparar con ese dolor.

Te arrepentiste en su momento de dejar el Madrid en vez de haber aguantado un año más para la octava copa de Europa.

—Sí, pero como no tenía buena relación con el entrenador, Toshack, me llegó la oferta y me fui a Italia. Era joven, cambié el fútbol español por el italiano, que también me gustaba, y reconozco que me equivoqué. Pero estoy contento con la Séptima. Fue más que suficiente. Mi aventura en Italia no fue muy afortunada, así que volví a España, fichando por el Levante.

¿Cómo afronta un jugador que sus mejores años deportivos ya han pasado?

—Depende de los planes que tengas para el futuro. Algunos quieren dedicarse a entrenar, pero yo quería conocer cómo se gestionaba un equipo de fútbol. Hay mucha gente que tiene nostalgia de lo que consiguió, pero yo no soy así. La vida profesional me ha traído tantas alegrías que solo puedo estar agradecido. He conseguido tantas cosas importantes que no puedo ser tan egoísta de desear vivir momentos como aquellos. La vida me sonrió y no puedo llorar por algo que me salió fantásticamente bien. He marcado goles importantes, he ganado títulos, he jugado en equipos importantes…

Volviste al Madrid como director deportivo, ¿dónde es más difícil el juego: en el campo o en los despachos?

—No se puede comparar. Para mí la mejor profesión del mundo es ser futbolista profesional y si llegas a un alto nivel debes estar agradecido toda la vida. La gente te quiere, es bueno para tu salud, te aplauden, ganas el dinero que mucha gente no puede ni imaginar… Ser director general del Real Madrid fue muy bonito, pero es muchísimo mejor ser jugador del Madrid.

Como director deportivo montaste los pilares que se han mantenido durante años: Marcelo, Pepe, Higuaín, Cristiano, Modric…

—Solo puedo decir que hemos hecho un buen trabajo y el tiempo siempre te coloca donde mereces estar. Montamos un equipo que ha ganado dos ligas consecutivas y algunos jugadores siguen participando en los títulos importantes que el Madrid ha conseguido en estos últimos años. Así que me siento orgulloso.

¿Por qué piensas que es importante la figura del director deportivo y qué opinas de que el Real Madrid no tenga esta figura?

—Depende de cómo se entienda esta figura. Muchos piensan que el director deportivo solamente sirve para fichar, pero no es así. Creo que su figura es muy importante, sobre todo en los grandes clubes. El director deportivo es la persona que tiene que crear un proyecto deportivo y ver de qué manera tiene que funcionar todo. Es el que tiene que actuar como enlace entre la plantilla y el equipo directivo. Muchas veces hay problemas porque no existe una buena relación entre la plantilla y quienes deben tomar las decisiones. El director deportivo actúa como mediador y puede acercar a ambas partes. También puede aconsejar a los futbolistas y motivarlos, porque ya ha jugado al fútbol, y al entrenador. Aporta una nueva visión. Que el Madrid no lo tenga depende de los presidentes. A lo mejor llega un momento en el que deciden volver a apostar por esta figura.

¿Cómo es la actual vida de Pedja Mijatović?

—Me encanta el fútbol. Veo muchos partidos de fútbol, no solo los importantes, y viajo para ir a los partidos. En esta cuarentena estoy viendo los partidos antiguos, también documentales de exfutbolistas, entrevistas… Estoy hasta disfrutándolo.

¿Qué tal llevas el confinamiento?

—Muy bien, con la familia y todos sanos, gracias a Dios. No me supone ningún problema. El hecho de no poder pasear ni hacer deporte en la calle me molesta un poquito, pero la disciplina es todo en la vida. Si las autoridades nos dicen que no podemos salir de casa tenemos que estar en casa. Hay que ser realista y disfrutar de cada momento.

¿Cómo te gustaría ser recordado?

—Sobre todo, como una buena persona. Como alguien que no ha hecho daño a nadie.

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