Hoy tiene 66 años. En aquel programa tenía 60. Acababa de cumplir 60 años Nate Davis y el programa Informe Robinson se fue a buscarlo a Atlanta (EEUU) donde vivía en un piso compartido. Trabajaba de chico para todo en una empresa de informática. Qué pena y qué felicidad volver a verle  después de tanto tiempo. Nate Davis fue uno de los mejores jugadores de aquel mágico baloncesto de los ochenta. Yo le recuerdo sobre todo en el OAR de Ferrol donde representaba a un jugador extraordinario. Un tipo que lo podía hacer todo él solo. Igual volaba que tiraba desde lejos. Igual hacía un mate espectacular que resolvía una entrada a canasta. Todo lo que hoy se pueda exagerar está a la altura de aquel recuerdo en el que Nate Davis siempre jugaba como los ángeles. Tiraba hasta la camisa. Pero de él te podías fiar en todo momento, quedase un segundo o quedasen cien mil. 

La infancia tiene estas cosas.

A los jugadores que te gustan los idealizas para siempre y a los que no los separas de tus recuerdos. Y para mí Nate Davis pertenece a esa primera categoría. Pero es verdad que un día desapareció y ya no se volvió a saber de él. Y como yo era un niño en aquella época, y como el acceso a la información no era lo que es hoy, Nate Davis desapareció de nuestra vida para no volver más hasta cuando menos te lo esperas. Fue la pasada noche. Entre el aburrimiento y el cansancio, me puse a buscar lo que me faltaba por ver en los programas de Informe Robinson, que se ha convertido en una de mis aficiones favoritas. Y con fecha de 2013 apareció un programa íntegro dedicado a Nate Davis, reconvertido en un hombre mayor de 60 años. Solitario y, pese a todo, sonriente, golpeado por la vida que quizás nunca estuvo a la altura de su talento como jugador de baloncesto. 

En el programa, Nate Davis volvió a Ferrol, a esos años 80 en los que él, junto al mar, era la máxima inspiración de una ciudad golpeada por la desilusión. Todo resultó muy emotivo, desde el primer al último minuto del programa. Nos contó que se marchó de manera trágica porque aquel verano, al irse de vacaciones a EEUU su mujer, tras una transfusión de sangre durante el embarazo, fue contagiada con el virus del sida. A partir de entonces, él no quiso más que dedicarse a ella. Cuando murió, Davis ya nunca volvió a ser el mismo. Se le notaba en la mirada y en la biografía en la que ya no hubo más baloncesto. Lo perdió todo en busca de una hazaña imposible: salvar a su mujer, lo que más quería en el mundo. Valió la pena. 

Nosotros no sabíamos eso. Nate Davis nunca necesitó de aduladores y mira que los tuvo por aquí. Pero hay gente que no necesita propagar su éxito. Nate Davis fue uno de ellos. Uno de esos tipos que alegró vidas jugando al baloncesto. Nate Davis tenía 60 años cuando se hizo ese programa y no se le caían los anillos por pasar el trapo del polvo al ordenador de los demás en la empresa en la que trabajaba. Pero siempre con la misma sonrisa con la que machacaba el aro contrario, con la que se iba de los demás o con la que le aplaudíamos. De ahí que volver a verle fuese como volverse a encontrar en la almohada con el ratoncito Pérez.

Han pasado seis años desde ese programa. Nate Davis tiene ahora 66 y me gustaría saber por dónde anda: si ya está jubilado, si ya es dueño de todo su tiempo. La culpa de que escriba así la tuvo él, al que vi hacer cosas maravillosas en una época en la que todos nos aficionamos al baloncesto. Era un deporte excesivamente divertido y cualquier partido que echasen por la televisión en las mañanas de domingo, fuese un TDK Manresa frente a un OAR de Ferrol, lo recibías con suma amabilidad. Y ahí yo descubrí a un tipo llamado Nate Davis que no se parecía a nadie. Sólo a él mismo. 

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