Vivo en la ciudad más triste que jamás una mente triste pudo imaginar. Vivo y no concibo escapar”. Así comienza la versión en castellano de Devil Town, de Daniel Johnston, readaptada por Nacho Vegas para retratar un gris Gijón. La canción, Ciudad Vampira, concebida originalmente como un homenaje a 43 desaparecidos en Ayotzinapa —y, en cierta medida, a todos los desaparecidos de Latinoamérica—, estremece al escucharla caminando por las calles desiertas de la actual cuarentena española. Ese relato pesimista y lánguido, que no carece de cierta paradójica belleza, encaja de manera casi inverosímil con el paisaje: desde la sospecha hacia los vecinos a la voluntad inextinguible de devolución de la ciudad y la reparación de la tristeza.

No es la primera vez que una pieza artística imaginada para un contexto determinado se termina ajustando a un entorno insospechado. Pero la obra de Nacho Vegas, repleta de ejemplos propicios a la identificación fluida, impide concluir que se trate de una casualidad antes que de un estilo. Desde el punto de vista técnico, además, existe otro componente meritorio a considerar: la facilidad para la extrapolación del que escucha sus canciones no deriva de una imprecisión deliberada de las letras. Hay algunos autores que recurren al truco de la ambigüedad en sus mensajes para favorecer que todos puedan verse reflejados en ellos sin esfuerzo, como si entregaran un básico lienzo en blanco donde cada cual puede depositar sus obsesiones. No es el caso de Vegas. Al revés, el carácter descriptivo de sus temas resulta patente: casi todos ofrecen historias particularísimas, colmadas de referencias concretas de su vida. ¿Cómo explicar entonces que una canción como Crujidos, pergeñada para ilustrar un episodio específico de síndrome de abstinencia, absolutamente autorreferencial, nos permita reflejar nuestra monotonía y nuestros fracasos en los suyos?

Sin duda, una de las claves está en su sutileza para crear atmósferas. Puede que los acontecimientos y protagonistas nos resulten absolutamente ajenos, pero el ambiente que los envuelve suele constituir un lugar común, cálido y reconocible, capaz de reconfortar o desconsolar eludiendo el tópico en todo momento. Al mismo tiempo, demuestra una capacidad de describir la intimidad y los asuntos personales a partir de un equilibrio precario, delicadísimamente eficaz. Su manejo de la dosis resulta extraordinario, ya que un exceso de sordidez suele llevar aparejado un punto de dentera y de patetismo, mientras que tratar de idealizar o embellecer artificialmente la realidad despeña a multitud de autores en el ridículo. Como se dice en Ocho y medio, existen horrores dentro de los cuales no hay literatura. Vegas siempre encuentra de forma insultantemente sencilla el punto medio aristotélico: no renuncia al realismo, incluso sucio, pero es capaz de conferirle elegancia mediante una excepcional destilación verbal, profunda y aun así llana y sin pedantería. Intensa e huidiza.

Adaptación

Por otro lado, la variedad de su obra y la capacidad de experimentación permiten que cada uno se quede con el Nacho Vegas que más le guste. Desde los inicios crudos pivotando en torno al conflicto emocional hasta la distancia irónica de quien casi ha conocido a Michi Panero, pasando por la distorsión psicodélica, el country, el folk, el activismo político, la parodia, las canciones populares o los ejercicios de autocompasión no irritante, oxímoron. Frente a la alienación que el marxismo pronosticaba para la excesiva especialización, el cantante asturiano toca todos los palos con resultado notable. Hay algo de contradictorio entre el carácter inconfundible de su sello y su habilidad para la adaptación. Pero es precisamente esa vocación generalista la que lo dota de un repertorio con mayores posibilidades de identificación. Con más banderines de enganche.

Suena Canción de palacio, y de repente mi humilde hogar adquiere categoría de verdadero refugio frente a la catástrofe. Exactamente igual que su música.    

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