Nunca se había sentido así, tampoco lo esperaba.

Ser el centro de atención, recibir elogios, aplausos, vítores, era algo que jamás se le había pasado por la imaginación. Si él no era nadie, eso estaba reservado a las personas importantes, famosas, a las eminencias de cada materia.

Siempre se había guiado por su vocación, desde pequeñito fantaseaba con curar a los débiles, con aplicar remedios milagrosos a sus seres queridos cuando enfermaban, con ser el apoyo de los más necesitados. Le salía solo y no le daba la menor importancia. 

Quería ser útil a los demás, pero no buscaba reconocimiento. Tenía el perfil de un político de nuestro país de la nueva hornada, pero justo al revés.

Su primer sueño se truncó por la situación familiar. La carrera de Medicina resultó un sueño imposible para sus padres, que ya habían atendido los gastos universitarios de sus dos hermanas mayores. La crisis se cruzó en su destino, llevándose por delante cualquier cábala financiera urdida con alfileres por su madre. Para el pequeño no llegó…

Pero nunca quiso renunciar a la vocación de su alma galena y decidió que si no podía ejercerla siendo el titular, la cara visible, lo haría desde el banquillo. Desde la trinchera podría ser también muy importante, vaya que sí.

Conduciendo taxis por las noches, por una miseria, logró financiarse su curso de Enfermería. Aprobó la oposición con nota, sin estudiar apenas, imbuido por un conocimiento de la necesidad humana que ya le venía de serie.

Y se puso su bata verde, la de soldado. La bata que encarna la mano amiga y la sonrisa perenne; la bata de la esperanza a la que se le pregunta todo. La que no impone tanto respeto y temor como la blanca, la que desprende cercanía y confianza.

Tenía dos puntos débiles aunque antagónicos; los más pequeños y lo más grandes.

A los abuelos no los llamaba mayores, ni ancianos, ni tercera edad, los llamaba grandes, aunque alguno no levantara dos palmos del suelo. Aprendía cada día escuchando sus historias y nada le proporcionaba más satisfacción que cuidarlos y sanarlos. Tenía cientos de abuelas sobrevenidas, innumerables yayos oficiosos, que le querían como a un verdadero nieto. 

A él por lo menos lo veían…

Cuando alguno de ellos partía, se sentía frustrado e impotente. Solía repetir que cuando uno de los grandes se marchaba era como si se quemase una biblioteca.

Era ley de vida, trataba de convencerse. Pero ese día no cenaba.

Y ahora llevaba muchos días sin probar bocado; no había tiempo, no había ganas. Le hervía la sangre cuando no contaba con los medios suficientes para hacer mejor su trabajo y no podía evitar desenlaces fatales. Por eso le invadía un sentimiento agridulce cuando recibía tanto reconocimiento. 

Si pudiera, cambiaría cada palmada en el hombro por una mascarilla, cada aplauso por una bata, cada mensaje de ánimo por una cama, cada canción por una vida.

Y entonces él también saldría a las 20:00 al balcón. 

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