En la vida de una persona no hay más de una docena de eventos que sean verdaderamente memorables. Aquel beso, aquel hijo, aquel gol in extremis… La sorpresa y la emoción se convierten en el ámbar que conserva para siempre algunos recuerdos tan frescos como el primer día.

Yo tendría dieciséis o diecisiete años. Alguien me alcanzó unos auriculares, musitó una promesa, no has oído nada igual. El adolescente que yo era cogió el walkman y oyó unas palabras recitadas por una voz rotunda y sólida, como si fuera de bronce: “Yo nací en el África, por eso mi piel es negra…”.

Fue una revelación sagrada, una caída del caballo, el avistamiento de un OVNI. Un amor a primera escucha que (lo supe entonces, lo confirmo ahora) duraría toda la vida.

Pónganse en mi lugar: yo había crecido esquivando los chascarrillos de caricatos que tartamudeaban falsamente, que contaban chistes de mariquitas, que se resbalaban con una cáscara de plátano. Crecí en una España tomada por un ejército de cómicos que parecían conminar al público a que la risa saliera con los brazos en alto. Había excepciones, sí, pero eran tan escasas…

Y, de repente, llegaron ellos.

De repente un grupo argentino demostró que la perfección artística era posible: cantaban como los ángeles, tocaban extraños instrumentos que sonaban muy bien, interpretaban piezas humorísticas divertidas y elegantes, textos que conseguían que la risa brotase libre y confiada.

Les Luthiers eran, en fin, una rareza. Un regalo del cielo fruto del talento, el trabajo y la auto exigencia de todos sus integrantes.

Para quien no lo sepa, los orígenes de este grupo irrepetible se encuentran en un festival de coros universitarios, al final de los años 60. Uno de los fundadores, el prematuramente desaparecido Gerardo Masana, utilizó el prospecto de un laxante para componer un remedo de cantata barroca (la formación musical de casi todos ellos era superlativa). El éxito fue inmediato y a partir de ahí fueron creciendo poco a poco, afianzando su propuesta y conquistando todos los países de habla hispana (primero América latina, luego España) enarbolando siempre la bandera del humor basado en la palabra y en la música, apóstoles de una comicidad que huía de histrionismos y de senderos trillados. Por el camino fueron cambiando algún componente, hasta llegar a la formación con la que serán recordados por la historia: Jorge Maronna, Daniel Rabinovich, Carlos Núñez, Carlos López Puccio… y Marcos Mundstock.

Ha sido Marcos quien nos ha dejado hace escasas fechas (Daniel falleció hace casi un lustro) y ya de los Luthiers que me enamoraron solo quedan dos, Jorge y Puccio (Carlos Núñez se retiró hace algún tiempo de los escenarios).

Al leer la noticia de la muerte del eterno narrador de las andanzas de Mastropiero, me vi de nuevo transportado —ninguna nave es más rápida que la nostalgia— a mi adolescencia, su voz de bronce resonando en mi memoria. No encuentro la manera de agradecerle a Marcos, a Daniel, a todos ellos, los años de risas, las frases como muletillas, las canciones que tarareo de vez en cuando con mis hijos. Y es que, si en la vida solo hay una docena de eventos verdaderamente memorables, aún son menos las cosas que perduran, las que permanecen a tu lado durante toda tu existencia como una segunda piel.

En la mía, Les Luthiers ha sido una de ellas y, llegados a este punto, pienso que lo mejor que puedo hacer es terminar aquí el artículo porque al fin y al cabo, qué podemos agregar sobre Marcos y sus compañeros que no se haya dicho ya, o que sí se haya dicho…

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