Lleva días tosiendo, con fiebre y le cuesta respirar aislado en aquella habitación del hospital a la que llegó hace unos días, cuando desalojaron la residencia en la que vivía. Los de la ambulancia le dijeron que había tenido suerte porque a Julio, su compañero de ajedrez, se lo habían encontrado muerto en su cama los militares que fueron a desinfectar el lugar.

Había sobrevivido a la guerra pero no recordaba nada parecido. En la televisión veía imágenes de ciudades fantasmas con calles desiertas y el mundo entero paralizado como en una película post apocalíptica.
En el hospital, los sanitarios estaban desbordados. Faltaban camas, respiradores, mascarillas… En la calle, la gente se agolpaba en los supermercados y el papel higiénico estaba agotado. Las cifras de muertos aumentaban cada día en todo el planeta y no se veía una solución a corto plazo.

Tosía y estaba cansado. Un médico con ojeras le dijo en su última visita que tenían que conectarle a un respirador pero él, a pesar del miedo, les dijo que no quería que lo malgastasen con él y que lo reservaran para otro más joven. Que se lo agradecía pero que no valía la pena.

Cruza fugaz por su mente su larga vida llena de derrotas y alguna victoria. Un viaje hermoso a pesar de todo, y tiene miedo de acabar así y morir solo, como ese peón abandonado en medio del tablero que ve caer a sus compañeros mientras aguarda a que la caballería acabe con él. Cierra los ojos y cree oír los cascos de los caballos acercándose, mientras a lo lejos adivina la silueta de su amigo disponiendo las piezas sobre el tablero para una nueva partida.

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