No entiendo de animales y menos de hormigas. Tampoco entiendo de filosofías ni de ciencias. La verdad es que no entiendo de casi nada. Quizás es que esté próximo a la sabiduría. Pero siempre me ha gustado preguntarme el por qué y el para qué de las cosas y, por supuesto, dejarme sin contestación alguna.

Hacerme el sordo a mí mismo. Pasar un mazo de estúpidas y fútiles preguntas. Mas estamos en aislamiento y algo hay que hacer para pasar los segundos. Cuanto cuesta que pase un minuto, sobre todo si estás haciendo bicicleta estática, y que rápido pasan las décadas. Me veo capaz de imaginar hasta los 13.800 millones de años que nos separan del Big Bang, segundo arriba, segundo abajo

Cuando te olvidas del tiempo, este se pone a volar. Y póngase que es usted una montaña, y que antes estaba en el fondo del mar y que le ha empujado una placa tectónica y ha ido subiendo hasta quedar convertida en un maldito Kilimanjaro, con cebras a los pies y siempre con la incómoda nieve en el cogote. Pero allí está usted, impérterrito, viendo como se apaga y enciende la luz del sol, como cuando la hormiga humana se pone a encender y apagar el interruptor de la luz de la mesilla de noche, sabiendo que otro empujón tectónico la puede volver a llevar al fondo marino.

Y para usted Kilimanjaro, adusto, solitario, huraño, los milenios son minutos, que se hacen largos uno a uno, pero que luego en un parpadeo o en un bostezo se ha comido un lustro cósmico (que en esta escala de milenio por segundo supondrían 2.628 millones de años) e igual ya no hay ni cebras paseando a sus pies, ni pasos de cebra ni hormigas humanas persiguiendo antílopes con lanzas o rasgando el cielo con ruidosos aeroplanos.

Y ya no hablemos de la inmensidad del espacio sideral. Nuestra casa, la Tierra, es solo una irrisoria piedra flotando alrededor de una estrella también de tercera división, de las que en el mundo de los astros luminosos pasa tan desapercibida como un utillero en el hotel de concentración del Real Madrid. Y quizás haya por esas periferias de algún otro muy lejano sistema solar otras hormigas infatuadas que se ordenen en sociedades gregarias con medios de comunicación y redes sociales donde cada cual eche su cuarto a espadas. O tal vez haya habido mundos mejores que hayan desaparecido por la necedad de sus habitantes o habrá mundos futuros en que sus moradores se equivocaran porque errar es el ser de los seres, sin yerros no hay vida que pueda llamarse tal.

Y, talmente, de Kilimanjaro a hormiga, transitando mundos y espacios, vacíos llenos de nada, nos preocupamos de nosotros mismos, de nuestros asuntos que tan importantes nos parecen y tan irrisorios resultan en esta inmensidad cosmológica e infinita. Pero en nuestra inconmensurable nimiedad nada iguala a una sonrisa, nada mejora a una caricia, nada como unas palabras de aliento o como un susurro de amor. La física es vencida por la metafísica, esa abstracta invención de ese otro infinito inefable que es la mente del corazón de la hormiga humana. Y nada vence la belleza de ese mundo imperfecto, colorido, centelleante y luminoso que nos rodea, de ese aire inflamado de vida que llena nuestros pulmones, de esos camaradas en la animalidad que embellecen en sus ojos y en sus gestos este hermoso escenario que es el fondo inmóvil de nuestro deambular. Porque la vida es bella como han repetido Capra o Begnini y también es ininteligible, insondable, esotérica, casquivana, caprichosa o retorcida.

Y a los que crean en el destino que se amparen en que ya todo está escrito en un libro cabalístico y se dejen llevar. Y a los que creen en un dios que se guarezcan en su arbitraria protección .Y a los que no crean en nada que los bendiga el azar inmisericorde que les hizo aparecer en un punto geográfico determinado, a una hora de una época concreta y que el río del tiempo les empuje según sus antojos en esa rueda de caleidoscópicas probabilidades.

Porque somos hormigas, pero también gigantes. Somos todo y no somos nada.                                                       

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