En estos días de confinamiento, mi gran amigo Aurelio me invitó a un reto al que accedí encantado: ver quién guardaba “mejor arsenal” de portadas históricas. La cosa, de momento, va en empate, pero yo le he prometido que, durante esta Semana Santa, desempolvaré nuevo material que puede inclinar la balanza a mi favor, aunque estoy seguro de que él se guarda alguna buena bala en la recámara.

Hay veces, en la vida, que al hacer algo que tú consideras un pasatiempo, todos los recuerdos encajan en tu cabeza. Y eso me pasó a mí al buscar esas portadas. Llevo muchos años creándome mi particular hemeroteca. Guardo periódicos enteros, con sus respectivas portadas, para recordar momentos históricos o que, simplemente, me hicieron feliz. Siempre he pensado que un periódico es casi un álbum de fotos, porque al contemplarlo, pasados los años, te recuerdas a ti mismo aquel día. Y eso siempre es bonito.

Buendía

Esta afición, la de guardar periódicos, ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. Ahora los archivo en una caja, pero, cuando era niño, lo que hacía era colgar las portadas del AS con gestas del Madrid en las paredes de mi habitación. Y, al buscar material para ganar a mi amigo Aurelio, recordé la primera vez que convertí una portada en póster e inicié mi particular hemeroteca: fue en la Semana Santa de hace 20 años, y en uno de mis lugares favoritos, Buendía.

Buendía es un pueblo en la frontera entre Guadalajara y Cuenca, donde mis abuelos tenían una casa y donde yo guardo una buena parte de mis mejores recuerdos de niñez. Siempre pasábamos 15 días de verano y la Semana Santa allí. Y, la de hace 20 años, no pudo empezar más emocionante: a las nueve menos cuarto de aquel ya lejano 19 de abril de 2000 el Madrid se jugaba pasar a semifinales de Champions frente al vigente campeón de Europa, el Manchester United, después de un 0-0 en la ida y con un equipo que estaba haciendo aguas en la Liga.

La cosa, por tanto, no pintaba bien, pero había que animar, a ver si se producía el milagro en el Teatro de los Sueños. Nosotros, como siempre, pusimos todo de nuestra parte: alrededor de un gran aperitivo, mi abuela, mis padres, mi hermana y yo empezamos esos cuatro días de vacaciones convirtiendo nuestra casa en un pequeño Bernabéu, y viendo un partido que jamás podré olvidar: el Madrid, contra todo pronóstico, asaltó Old Traford y se clasificó para semifinales con un 2-3 en el marcador final, aunque en el minuto 53 ya ganaba 0-3 a los ‘diablos rojos’.

Confieso, eso sí, que antes de escribir estas líneas he querido refrescar la mente volviendo a ver el partido. Y me he sorprendido de la de cosas que me acordaba. Me he reído al ver el once del Madrid que ofreció TVE, poniendo a Helguera como mediocentro junto a Redondo, cuando jugó todo el partido como líbero. Para mí, esa decisión táctica de Del Bosque, la de situar entre los dos centrales a Helguera, salvó una temporada condenada al fracaso y permitió al equipo levantar su Octava Copa de Europa.

Mi conclusión hace 20 años es que el Madrid ganó ese partido histórico apoyándose en cuatro pilares, uno por línea: Iker Casillas, Iván Helguera, Fernando Redondo y Raúl González. Sigo pensando exactamente lo mismo, pero al volver a ver el partido no puedo evitar destacar también el pundonor de Salgado; las coberturas salvadoras de Iván Campo, el pelos para mi madre; las subidas y bajadas por banda del incombustible Roberto Carlos, bautizado como el cotillo por mi abuela por lo que hablaba cuando tenía un micrófono delante; y el trabajo en la sombra de Morientes, abriendo siempre espacios a su eterno socio Raúl.

Al ver de nuevo el partido, además, me asombré del equipazo que había enfrente, con los Stam, Scholes, Keane, Beckham, Gigs, Cole y Yorke. También recordé que, antes del primer gol del Madrid, marcado en propia puerta por Keane, Morientes y Roberto Carlos ya tuvieron dos ocasiones clarísimas. Y que, con 0-1 en el marcador, un imberbe Iker Casillas ya empezaba a convertirse en leyenda con tres milagros antes del descanso. Luego, en la segunda parte, llegaron los goles de Raúl y el taconazo de Redondo. Y lo demás ya es historia.

Jamás podré olvidar ese partido, el mejor que había visto hasta entonces con mis 13 años de existencia, ni lo feliz que fui esa noche y también al día siguiente, cuando en un bar me regalaron la portada que sigue colgada en mi habitación de Buendía. Fue la primera de muchas: junto a ella están también la de las semis ante el Bayern, la de la final contra el Valencia… y las de las eliminatorias y finales de la Novena, la Décima, y la Undécima.

Dice Sabina, en Peces de ciudad, que “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Sin embargo, no puedo estar más en desacuerdo con El Maestro. Como habrán imaginado, al hacer el recuento de mis portadas, llevo ya más de dos años sin ir a Buendía, y tengo pendiente aún colgar los recuerdos en papel de la Duodécima y la Decimotercera, que por supuesto guardo a buen recaudo. No obstante, sé que pronto, en apenas unos meses, volveré a estar allí, y me convertiré de nuevo en el niño que fui, colgando mis nuevos póster, y haciendo excursiones al bosque de al lado de casa, junto al pantano, para recoger piñas.

Mucho han cambiado las cosas en 20 años, pero no las sensaciones que siempre tengo al regresar a esa casa. Allí empezó mi afición por el fútbol, después de que me tocara un balón del Madrid, que aún conservo, en la tómbola de un pueblo de al lado; y allí comenzó mi hemeroteca y, seguramente, mi pasión por el periodismo. Dos décadas después, puedo presumir con mi amigo de un gran archivo de periódicos y portadas y me dedico a lo que siempre he querido hacer.

Y, probablemente, todo gracias a Buendía… y a aquella inolvidable noche blanca en el Teatro de los Sueños que dio comienzo a una gran Semana Santa.

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