Guillermo Ortiz escribe sobre muchas cosas. Muchas. Y, afortunadamente, siempre con un estilo reconocible. Quiero decir… lo mismo te cuenta el último US Open que la teoría de Marcuse en relación al Arte y da igual… sabes que le estás leyendo a él. Se llama tener una voz, y no todo el mundo puede fardar de ello. Él tampoco lo hace. Lo de fardar, digo. Pero la tiene.

Ahora Guillermo saca libro. En la Editorial Contra, y con una portada preciosa. Se titula El chico que soñaba con ser Gianni Bugno, y parece que va de ciclismo, de italianos decadentes y de ese paso peligrosísimo entre la adolescencia y la edad adulta. Y de Bugno, claro. Porque, ante todo, hay que ser original. Aquí nos cuenta algunos secretos de la obra, algunas chanzas del periodismo y algunas claves sobre si hoy las bicis nos parecen menos románticas que hace años.

Disfruten. Y compren el libro.

—¿Por qué Gianni Bugno? ¿Qué tiene de especial?

—La estética, supongo. Una mezcla de belleza y cierto derrotismo. Para nuestra generación era el símbolo de eso que se llama “clase” y a la vez tenía el punto maldito del que no solo pierde, sino que no entiende por qué pierde, se viene abajo, va al psicólogo, se deja ir… de repente, vuelve de la nada. Me interesaba más recurrir a Bugno como ejemplo de vida que a un ganador metódico, dominador, impertérrito como Induráin

—¿Cómo surge la idea de este libro?

—Es una idea de Eduard Sancho y Didac Aparicio, de la editorial Contra. Ellos se pusieron en contacto conmigo porque habían publicado el libro de Paul Fournel, La soledad de Anquetil, y querían que yo escribiera algo parecido sobre mi experiencia con los héroes de mi época. Imagínate el papelón. Me mandaron el libro de Fournel y yo tenía que hacer algo que se acercara lo más posible a esa maravilla. Era imposible. Así que, bueno, lo hice a mi manera, intentando apelar más a recuerdos comunes, generacionales como te decía antes… que no fuera tan técnico, desde luego, y que tampoco fuera forofo ni basara todo en la narración sacada de la hemeroteca de El Mundo Deportivo de cada carrera. Eso sería un coñazo.

—¿Cómo definirías el libro? ¿No ficción, ensayo, falsa autobiografía, biografía novelada?

—Es poco definible. No es una novela, no es una autobiografía aunque lo parezca porque no se atiene por completo a los hechos vividos (aunque casi), así que de las opciones, me quedaría lo de “no ficción”. ¿Podría ser un ensayo sobre lo que fueron los noventa en este país? Podría haberlo sido pero es que no era la idea. Es una mezcla de muchas cosas que, sorprendentemente, han acabado encajando.

—En el libro se mezclan experiencias personales más íntimas con acontecimientos deportivos de alcance planetario. Siempre me ha interesado la convivencia entre esos dos mundos… ¿Cómo lo planteaste? ¿Es deliberado o surgió de forma natural?

—En el 90% de los casos, cuando recuerdo un gran momento de la historia del deporte, inmediatamente recuerdo dónde estaba yo cuando pasó: quién era yo, por qué fue importante para mí, cómo lo viví. Casi me viene una fotografía del momento. Creo que, para el aficionado, lo difícil es casi ceñirte solo a la parte deportiva. Yo me acuerdo casi de con quién vi cada etapa del Tour de esos años. Y creo que nos pasa a todos y que es bonito recordarlo juntos. Pero es que me pasa incluso ahora, cuando echan las etapas de Teledeporte, es una regresión absoluta a la adolescencia, pero no ya a tal resultado, sino a la adolescencia, a la infancia o a la juventud como un todo. Esa es la verdadera nostalgia, yo creo.

—Tú escribes mucho sobre ciclismo, en calidad de lo que podríamos llamar “analista externo”… ¿has tenido que modificar algo el estilo que utilizas en los artículos para escribir esta obra?

—Sí, porque ser periodista es otra cosa. A mí mucha gente me considera periodista, sobre todo para insultarme por algo, la verdad. Y yo no soy periodista, de hecho, creo que ser periodista es dificilísimo si se quieren hacer las cosas bien. Y hacer las cosas bien es contar lo que ha pasado de manera que se corresponda con los hechos y además se pueda entender seas quien seas. En una crónica del Tour de Francia no tiene lugar si tu hijo se partía de risa viendo a Froome correr como loco sin bicicleta por el Mont Ventoux. Pero en un libro, sí, claro. En este tipo de libro, al menos.

Sentimientos

—A mi parecer el tono del libro es uno de sus grandes aciertos, combinando tu faceta como periodista (o escritor especializado, vaya) y un toque de cercanía íntima… ¿Cómo llegaste a esto?

—Mira, con los años, y ya van casi 43, te das cuenta de que no puedes escribir de otra manera. No sé si conoces mi blog, por ejemplo. Yo, antes, intentaba hacer unos análisis y unas columnas, así como de firma invitada en El País o el ABC… y es que no me sale. Ya hay gente que lo hace. Yo creo que soy bueno llegando a los sentimientos de la gente. Empatizando, no sé. Lo que dices tú de la cercanía, es que es lo que me gusta, imaginarme a mí mismo leyendo el libro, y si veo que hay algo que a mí, como lector, me entusiasmaría aunque sea una chorrada como un piano, yo lo dejo.

—Me ha gustado especialmente del libro que es meticuloso en los detalles sin caer en el aburrimiento, algo muy habitual ahora, cuando se nos entierra debajo de cien referencias de tiempo para acabar sin contarnos realmente lo que está ocurriendo. Leyendo algunos de tus artículos parece una marca de la casa… el análisis general más allá del detalle freak concreto. Nuevamente, ¿es deliberado?

—A ver, hay una parte ahí de escuela estadounidense, la del sportswriter. Tú te coges un artículo chulo de verdad de casi cualquier revista seria y te empiezan con un tío desayunando con su esposa mientras hablan de no sé qué y de repente ese tío es LeBron James y acaba ganando la NBA. Eso lo hace mucho Gonzalo Vázquez también, aquí, en España, y a ti también te gusta. Es que, en tiempos de internet, contar al detalle tal o cual etapa o carrera… si es que la tienes en YouTube. Pero sí puedes seleccionar, claro, y desde luego tienes que tener la cortesía con el lector de que no se pierda, de que quede claro cuanto antes que ese señor que está desayunando con su esposa es quien es y que ese desayuno tiene importancia por algo, no es una floritura. Por ejemplo, el Tour del 87… yo el recuerdo que tengo del Tour del 87 (y tenía diez años) es que duró dos vidas. Fueron como 25 etapas, traslados, mil cambios de líder… ese Tour se lo jugaron corredores pues no tan históricos: Roche, Delgado, Bernard, Mottet… en perspectiva, supongo que se verá como un Tour de transición entre LeMond y LeMond. Pero para mí fue la leche, cada día se montaban unas tremendas. Y te vas a la hemeroteca y, efectivamente, fue así. ¿Cómo cuentas el Tour de 1987 en un espacio razonable? Es imposible. Así que te quedas con lo importante: el niño llorando de rabia porque Perico perdía la ventaja de un minuto con Roche subiendo La Plagne… y alrededor, construyes.

«El reto, en España, es ir más allá de Induráin, Perico y Contador. Pero hay margen, claro que sí».

—¿Qué opinas del reciente “boom” de literatura relacionada con el ciclismo en España?

—Vuelvo a lo de Teledeporte: ¿qué es lo primero que han echado y publicitado? La Vuelta y el Tour. El Giro no, porque ellos tuvieron los derechos en una época complicada para el ciclismo español… podrían repetir el del 88, con el Gavia y tal, pero lo mítico de esa etapa es precisamente que no se podía ver nada. ¿Qué quiere decir eso? Que el ciclismo tiene un nicho brutal. Primero, porque en bici hemos montado todos. Segundo, porque el esfuerzo se ve de primeras en las caras, y, tercero, porque tiene una narrativa brutal: 189 individuos luchando entre sí en condiciones extremas durante días y días, en el caso de las grandes vueltas. De ahí tiene que salir literatura, es inevitable. El reto, en España, es ir más allá de Induráin, Perico y Contador. Pero hay margen, claro que sí.

—En España aun nos cuesta entender el deporte como vehículo conductor, a veces poco más que excusa, para contar historias, algo que en la literatura anglosajona, por ejemplo, está más que asumido… ¿A qué crees que se debe?

—No lo sé. Ya te digo que en Estados Unidos está perfectamente entendido. Hay crónicas que parecen realismo sucio de los 50 y 60. Tal vez en España haya habido una sobreexposición del deporte, no sé… Tal vez, el deporte haya ocupado espacios en la sociedad que no le corresponden y eso ha provocado una especie de reacción defensiva de determinados sectores, entre ellos, el cultural. Eso de ser intelectual y que te guste el deporte sigue siendo raro. Y siempre hay quien dice: “Pues Camus…”. Sí, claro, te acuerdas de Camus porque era el raro, o de Passolini, o de Montalbán. No era lo habitual. No se construyó una narrativa deportiva que fuera más allá de la hagiografía de tal o cual figura. De hecho, hasta hace bien poco, apenas se traducía. Puede que el libro que cambiara todo eso fuera el Open de Andre Agassi, que me acuerdo que lo leí cuando salió en inglés y de repente, tres o cuatro años después, salió en España como si fuera algo completamente distinto y fue un exitazo. Pero no era nada distinto. Era el típico libro estadounidense sobre deporte. Muy bueno… pero es que el nivel allí es altísimo.

—Un pequeño apunte para la maravillosa edición, muy llamativa, de Editorial Contra… ¿Cómo surge la idea de la cubierta?

—Es brillante. No sé cómo se les ocurrió. Creo que el mundo se divide entre los que pensamos en Bugno y se nos aparece en “tricolore” y los que solo lo pueden imaginar en arcoíris, por sus dos mundiales. Se ve que quien diseñó la portada es de los segundos. Sé que están muy contentos en la editorial con el libro en sí, y eso me alegra muchísimo porque son unos currantes tremendos.

—¿Qué te hace apoyar al antihéroe italiano por encima del fiable Induráin? ¿Es una especie de oposición a la mayoría, un delirio estético?

—Bugno fue un antihéroe puramente narrativo. No hubo nunca rivalidad como tal. Hubo narración de esa rivalidad. Pertenecen a la misma generación, explotan más o menos en el mismo tiempo… pero Bugno se da cuenta en seguida de que no le va a ganar. En un momento del libro creo que digo algo así como “Bugno en el Tour era como un Roger Federer condenado a jugar siempre contra Rafa Nadal en tierra batida”. Federer asumió que no iba a ganarle nunca a Nadal en tierra… y Bugno tuvo que asumir que no iba a ganar nunca a Induráin en el Tour ni en el Giro y en ese sentido reinventarse. Yo no sé cuánto había de estético en Gianni como tal, es decir, yo no me lo imagino como un tío que dijera “bueno, lo importante es lo bonito que es verme correr, gane o no”. No era Mágico González. Pero para el aficionado, sí que valía. Sí podías jugar con las dos barajas: “Qué bonito Bugno, coño” y a la vez “Venga, Miguel, a sentenciar”.

Gianni Bugno, con el jersey de campeón del mundo. CORDON PRESS

—¿Alguna vez tuviste problemas por apoyar al italiano en detrimento de Induráin? No hablo de nada fuerte, solo incomprensión.

—Es que nunca tuve nada en contra de Induráin. Nadie, jamás, ha tenido nunca nada en contra de Induráin. Ni Bugno. Yo participé de esa ola de entusiasmo del 93 en adelante (hasta el 93, insisto, aquí se dudaba de Induráin y se dudaba bastante, incluso tras el segundo Tour). Y aquí voy a volver al tenis: mira, el gran rival de Nadal es Djokovic. Los nadalistas odian a Djokovic, pero muy pocos odian a Federer. ¿Por qué? Porque Nadal se ha tirado diez años ganando a Federer, así que el reparto “estética/victoria” le venía bien a todo el mundo. Aquí era igual: yo iba con Bugno porque no podía hacer otra cosa, pero a nadie le importaba demasiado. Y cuando de repente se desentendía de la carrera y se metía con alguna azafata en la habitación, pues a apoyar a Induráin…

—Defíneme a Bugno con una palabra.

—Belleza

—Y a Miguel Induráin

—Constancia

—Y al ciclismo de los años noventa.

—Locura, en muchos aspectos. Curioso que el gran dominador fuera un hombre tan cuerdo. Bueno, de hecho, puede que tenga sentido.

Las sombras

—Parece claro que en los noventa hay un “gran” cambio en el ciclismo… ¿Dirías que es en 1994 cuando la cosa se empieza a hacer más acusada? Dicho de otra forma, equipo Gewiss (con todo lo injusto que es poner nombres a algunos terneros cuando hablamos de una granja enorme)

—Hay cierto consenso en 1994 y en la Gewiss por la que lían en la Flecha Valona y porque sale Ferrari, hinchado como un pavo, a decir que “la EPO no es más peligrosa que el zumo de naranja”. Puede ser que lo que hasta entonces fuera algo más o menos experimental, muy relacionado con gente como Conconi, más cerebral, más universidad de Ferrara, una vez que se supo cómo gestionar y cómo administrar sin jugarte la vida, se convirtiera en un requisito directamente para competir. Muchas autobiografías de muchos corredores van en ese sentido. Pero eso no lo inventa Ferrari ni lo inventa la Gewiss. Steven Rooks ya reconoció que en 1990 el PDM tomaba EPO habitualmente… Si a lo que llamas “gran” cambio en el ciclismo es a la EPO, y llamémosla por su nombre, obviamente lo hubo. ¿Fue justo en 1994? Puede que en su universalización. ¿Lo trajo la Gewiss o el Ariostea o el Mecair o cualquier otro equipo de Ferrari? No. Parece haber cierto consenso en que empezó todo a finales de los 80 en Holanda. Lo que pasa es que a la gente le daban trombosis y se moría.

—En el libro no te guardas nada en relación al dopaje y su incidencia en aquellos años. Me resulta especialmente interesante el contraste entre el joven inocente que ve y el escritor que recuerda y sabe. ¿Cómo te propusiste resolver esa dicotomía? ¿Tenías miedo de acabar “destrozándote” tus recuerdos de alguna manera?

—A ver, te piden que escribas un libro sobre el ciclismo en los 90 y lo escribes. ¿Qué haces, te pones a silbar? Si es que todos los que salen en el libro han dado positivo o han estado en equipos que utilizaban el dopaje masivo. Mira, el dopaje ha existido siempre: aparte de los hermanos Pelissier y la famosa entrevista, que a ver qué se inventaron y qué no, Anquetil siempre dijo que él tomaba sus cosas, lo ha dicho Fignon, Merckx dio positivo en su momento… si en el fondo, lo raro es encontrarte con un tío como LeMond que te siga jurando que nunca se dopó. Eso es lo raro. Yo no entiendo que, si dentro del pelotón no hay escándalo, lo haya en el aficionado. Insinúas que sigue habiendo dopaje o que lo ha habido y te salen no sé cuántos aficionados a defender no sé qué. Se ofenden. Mira, sí, hay dopaje, desde el siglo XIX. Qué le voy a hacer yo. Ahora bien, cuando yo tenía 10 años y veía a Roche contra Delgado o tenía 14 y veía a Bugno contra Induráin o tenía 19 y veía a Riis contra Berzin, a mí el dopaje me daba absolutamente igual. Y es que, mira que he escrito libros y artículos sobre dopaje, mira que he investigado, que me lo he leído todo, que soy muy consciente de que está en la mentalidad de este deporte, desgraciadamente… y aun así, llega mayo y me pongo el Giro. Llega julio y no me despego de la tele. Llega septiembre, y me reengancho a la Vuelta. Y lo sigo viviendo, casi, casi, como un niño.

—¿Crees que es posible recuperar la ilusión de esa época? O quizá el problema es nuestro, que somos más viejos…

—Lo mismo no va a ser, porque cuando eres un crío, joder, es que todo es nuevo. Todo es la leche. Todo son primeros impactos. Ahora, pues la cosa cambia. Buscas otras cosas: las clásicas, por ejemplo. Aquí en los 80 y en los 90, no hablaba de clásicas ni dios. Y ahora llega la Harelbeke y tienes doscientos expertos analizando las posibilidades de no sé qué corredor belga neoprofesional. Eso está genial. Es mucho más rico.

—Cuál es tu epifanía ciclista? Te pido dos, la positiva y la que te hizo caer del caballo…

—Buf, ¿el primer recuerdo? Lo tuve que pensar para el libro: yo me acuerdo de Eric Caritoux, me acuerdo de que existió esa Vuelta y es probable que la siguiera desde cierta distancia (tenía siete años recién cumplidos). El primer momento de ser consciente de lo que estaba pasando fue la etapa de Destilerías DYC de Perico del 85. Ahí sí era consciente de diferencias, tácticas, lo que implicaba, etc. Y el primer momento de disfrutar de verdad como un enano… pues, no sé, supongo que algún momento de Perico Delgado. A ver, es que yo era de Perico como era de Mecano. Es que iba todo en un pack de “niño tipo de los años ochenta”. Kelly y Lucho Herrera me gustaban mucho también, y mira que no tenían nada que ver… y lo de la “caída del caballo”, bueno, sí recuerdo la lectura de Tour de Vices, de Bruno Roussel, el director deportivo del Festina, y pensar “joder, después de esto, ya nada puede ser lo mismo”.

—Cómo le definirías a un niño de hoy lo que era el ciclismo en aquella España de finales de los ochenta y principios de los noventa.

—Un fenómeno social. Acuérdate de las fotos para las chapas. Las vendían en el kiosko. Había hasta cartas personalizadas de los ciclistas. Un vehículo de publicidad acojonante, además, porque por entonces, a ver, tú tenías once años y vivías en Madrid, ¿de qué cojones ibas a saber qué era Seven Eleven? Es que casi hasta conocías mundo con el ciclismo (risas).

—¿Crees que nos hemos hecho demasiado cínicos con el ciclismo? Quiero decir… ¿enarcamos la ceja en exceso?

—Sí. Y es justo e injusto a la vez. Justo porque obviamente han pillado a casi todo el mundo. Injusto porque al menos se les ha intentado pillar. No con mucho entusiasmo, vale, que a Armstrong al final quien le quita los siete Tours es la USADA y ya la UCI se tiene que rendir… pero siempre ha ido a la vanguardia. Yo no quiero que nadie se ofenda y que pase un mal rato, pero si los médicos manejan un producto que te hace rendir un 15-20% más físicamente, pensar que ese producto se lo van a vender solo a los ciclistas, es ser demasiado inocente.

—Dime cuál es la mayor diferencia que ves entre el ciclismo de entonces y el de ahora? Me valen aspectos deportivos, organizativos…

—Era más imprevisible. Más individual. Vale, te podía venir Bernard Tapie y formarte La Vie Claire, y luego todos los campeones han tenido un gran equipo detrás (Z-Peugeot, Banesto, Telekom. US Postal…), pero te podía venir un tío medio retirado del ADR y ganarte el Tour. Yo creo que eso sí que cambia mucho del 90 para adelante. El Tour del 90 es raro porque Chiappucci se pasa toda la carrera con el maillot amarillo… pero el líder es LeMond y se corre a lo que dice el Z-Peugeot. Y desde entonces no ha habido mucha variación. No hablo ya del “pinganillo”, pasaba desde antes del pinganillo.

—¿Crees que a la carrera de Gianni le sobraron años? ¿O ese declinar paulatino, casi más pendiente de la estética que de la competición, forma parte de su encanto?

—Gianni sale del radar “español” en el Tour de 1993, cuando ya se ve que ese tío no le va a ganar a Induráin en la vida. Pero su carrera a partir de ahí es muy decente: compite bien en las clásicas, su principio del Giro de 1994 fue muy bueno, volvió a ganar el campeonato de Italia en 1995 cuando no era cualquier cosa. Incluso en el Giro del 96 tiene una etapa loquísima en la que le esprinta a Olano para quitarle la bonificación y que no se ponga de líder. Y el tío no se jugaba nada, pero se picó ahí y le quitó la bonificación (lo que pasa es que Olano se puso de líder igual pero esa es otra historia). En 1998, justo el año que se retira, gana una etapa en Jaca espectacular. Pilla la fuga, les deja a todos tirados, se hace una contrarreloj final él solo y llega sobradísimo… ¿por qué se iba a retirar antes con ese nivel?

—¿Quién era tu ídolo? Bugno al margen…

—Quitando lo obvio, Kelly y Herrera me deslumbraban. También el Bernard de 1987. Mucha tela. Mottet siempre me cayó bien. Cabestany tenía una clase espectacular y también una dosis de mala suerte importante. Había muchos…

—Cada libro es un exorcismo. ¿De qué te has liberado en este?

—A veces pienso que en la adolescencia no fui todo lo feliz que pude. Pero me he dado cuenta de que no es verdad.

—¿Quién sería el Bugno del pelotón actual?

—Eso es como cuando me preguntan “¿Quién sería el Toni Kukoc del baloncesto actual?” (risas). No tengo respuesta, son personajes únicos que aparecen en un momento único de tu vida.

—¿Y tu corredor preferido hoy?

—Peter Sagan. No te sé decir por qué. Supongo que le odias o le amas y yo le amo. En grandes vueltas, no tengo grandes favoritismos, la verdad… Tom Dumoulin me cae simpático, supongo.

—Las fotos más recientes de Bugno muestran a un latin lover algo crápula con un aspecto realmente sanote y un pelazo envidiable… Seré directo, ¿los hedonistas envejecemos mejor?

—Gianni Bugno es un multimillonario italo-suizo. El hedonismo, el pelazo y el envejecimiento elegante van de suyo. Por lo demás, envejecer, por definición, es una mierda.

Gianni Bugno, en 2019. CORDON PRESS

—¿Te ha animado esta escritura a coger la bicicleta? Porque uno de los leit-motiv del libro es que no lo escribe alguien que monte habitualmente, sino todo lo contrario…

—Mira, en el esplendor de mi estado físico, con 17 años, esa edad en la que te comes el mundo, a mí me llamaban Patani: me caía cuesta abajo y me tenía que bajar de la bici cuesta arriba.. Creo que no tengo ni un solo recuerdo agradable montado en una bici. Yo soy un espectador, punto.

—¿Algún otro proyecto en mente?

—Estoy acabando una novela. El problema es que me he vuelto a colocar a mí de protagonista, así que supongo que no le interesará a nadie. Estoy también trabajando en un libro sobre la vida de Manolo Rodríguez, un músico de los años 80 que tocó con Joaquín Sabina y con muchísima más gente y que tiene una historia maravillosa detrás. Ojalá podamos retomar las entrevistas cuando acabe todo esto.

—Imagina que un niño con una gorra de Gatorade se te acerca para que le firmes el libro… ¿Qué le pondrías?

—Que le diga a su padre que le deje vivir su propia infancia (risas).

—Por último, y sé que ahora es complicado hacer previsiones… ¿Cuál es el futuro de El chico que soñaba con ser Gianni Bugno?

—Pues como el de todos nosotros: incierto. Se puede comprar (se debe comprar, de hecho) en la web de la editorial y te lo mandan a casa, pero estamos como locos por mandarlo de una vez a las librerías y que se pueda comprar en toda España. Contra es un pedazo de editorial y está cuidando este libro con un mimo extremo. Todo antes era más fácil: distribución el 1 de abril, presentación el 3 de abril, promoción, Sant Jordi, Feria del Libro… ahora, a ver qué podemos hacer. Todo va a ser distinto y habrá que aprender a hacer las cosas de otra manera.

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