Esta cuarentena he establecido una rutina con un buen amigo: llamarnos antes de ponernos a trabajar para organizarnos el día y contar cómo estamos. La típica conversación que se tiene en el autobús de camino a la universidad. Lo que pasa es que ya no hay autobús. Lo que pasa es que ya no hay universidad. Lo que pasa es que encerrarse hoy es vivir mañana. De una u otra manera, siempre acostumbro a tener una actitud positiva en estas llamadas y me esfuerzo por ver el sentido que esta situación tiene.

Por eso, me sorprendí hace poco al decirle: “Me he levantado y lo primero que he pensado es que este día va a ser igual que el anterior”. No solo había tristeza en mi voz, también un tinte de decepción. Porque me había acostumbrado a un día a día que despertase nuevos latidos en mi corazón. Por eso nunca paraba quieta, para no perderme en el abismo de la cotidianeidad. Y ahora que nada de fuera podía traerme esa felicidad, me había encontrado con una verdad que me observaba con mirada desafiante desde el espejo: nunca había aprendido a trabajar la felicidad.

Felicidad, amiga, eres como el viento: te siento, pero no te puedo ver. Te dibujo en el aire al unir todos los puntos que has ido dejando a tu paso para trazar el sentido de mi camino. Pero qué mala suerte la mía que me he quedado sin pintura con la que seguirte. O quizás he sido yo quien olvidó que la mejor acuarela es mi mirada y tengo más dioptrías de las que sospechaba. Tenía que dejarme guiar por otros. Y no sé dónde he acabado. He encontrado el valor en tantas cosas que he perdido la cuenta (y quizás también a ellas). Como si fuera a salvarme, he visto la belleza en cada pequeña cosa que encontraba… Menos en esos ojos que la veían.

Ahora más que nunca recuerdo una frase de C. S. Lewis que leí hace años: «No dejes que tu felicidad dependa de algo que puedas perder». Corta y rápida, como un disparo. Querido Lewis: ¿Qué no puedo perder? Todo se mueve, todo cambia, todo desaparece. Como mi felicidad, secuestrada de un lugar a otro del movimiento que era adicta. Creía que eso era suficiente para sobrevivir: tomar lo recibido como felicidad. Pero ahora que la habituación es una segunda piel, ¿cómo renovar las cosas en las que el valor ya no es más que un recuerdo perdido en el polvo del tiempo? Me han arrancado la oportunidad de mirar a cosas nuevas… Y solo tengo dos ojos para buscar el sentido… O quizás para reconocerlo de nuevo, escondido en diferentes sombras, pero siempre con la misma luz.

Y ante tal absurdo, una nueva frase renueva mi mente en la voz de alguien que encontró el sentido entre las paredes del horror que lo encerraban en un campo de concentración: «Todo puede serle arrebatado a un hombre, menos la última de las libertades humanas: el elegir su actitud en una serie dada de circunstancias, de elegir su propio camino». Viktor Frankl no me suena como esas frases efímeras escritas en colores pasteles que a veces veo en mi móvil. Viktor Frankl me suena como un violín desde un balcón que sigue creando las más bellas melodías en una calle desierta. Quizás esté tocando “Beautiful that way”. Quizás haya alguna Noa cantando en su casa: “Smile, without a reason why. Love, as if you were a child. Smile, no matter what they tell you. Don’t listen to a word they say. ‘Cause life is beautiful that way”.

Quizás haya algún Guido Orefice insuflando esperanza dentro de la angustia a su hijo. Quizás haya alguna Dora con el amor cercado por el alambre de espino de la espera. No sé quién sería yo. Pero sí sé que he perdido demasiado tiempo buscando a mi alrededor una felicidad que nada podía darme de por sí sin contar conmigo, con mi amor, que es algo de dos. Esa realidad no es el sol. Pero sí el agua. El agua que hace que una semilla se convierta en girasol. Un girasol que mire a lo alto y oteé entre las nubes las luces de la vida. Un girasol que en las más duras tormentas, se gire hacia su hermano y le diga: “¿Quieres algo de luz? Te regalo la mía. Porque la llevo dentro”.

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