Hoy en día, tanto España como el resto de Europa se enfrentan a la pandemia del COVID-19 que acarreará, inevitablemente, consecuencias económicas sin precedentes. Algunos economistas asemejan sus consecuencias a las de la crisis de 2008 que dejó a España con tasas de desempleo cercanas al 26% y una deuda superior al 100% de nuestro producto interior bruto. Ante esta situación de necesidad hemos vuelto a escuchar términos como “eurobonos” o “ajustes estructurales” que hacía años que habíamos borrado de nuestra memoria.

Las medidas más recientes tomadas por nuestro gobierno de coalición ya vaticinan que el gasto público se disparará a niveles nunca vistos. 200 mil millones de euros es lo que, como mínimo, empleará el gobierno para hacer frente a la pandemia. A este incremento del déficit público tenemos que añadirle los millones de euros que se dejarán de recaudar en impuestos durante este periodo debido a la ralentización de la actividad productiva. Lo que hace que nos preguntemos… ¿Qué alternativas tiene el gobierno de Sánchez para conseguir esos más de 4.000 euros de déficit por español? ¿Cuáles serían sus efectos?

En primer lugar podría tomar la decisión de subir los impuestos, lo que sería, como mínimo, contraproducente, ya que los ciudadanos españoles no pueden permitirse hacer frente al pago de unos impuestos aún más elevados con unas retribuciones, en el mejor de los casos, inferiores a lo habitual.

La segunda opción, y quizá la más popular de cara al electorado, sería financiar este gasto público con la emisión de bonos estatales, alargando la deuda hasta que la actividad productiva se recupere. ¿El problema? Que España tiene ya unos niveles de deuda superiores a los 25.000 euros por español y, teniendo en cuenta las expectativas de crecimiento del país, los inversores demandarán tipos de interés muy elevados para que los beneficios esperados sean de tales dimensiones que nublen el riesgo que suponen dichas inversiones. En definitiva, estos tipos de interés serán una carga más para las arcas públicas.

La tercera opción es, de lejos, la más impopular políticamente y es la opción del rescate. Si España decide solicitar el rescate al Fondo Monetario Internacional puede hacerlo de dos formas: entrar en suspensión de pagos (lo que comúnmente se conoce como “default”) o solicitar dinero a unos tipos de interés mínimos. El problema es que si España decide tomar esta vía su credibilidad en la escena internacional quedaría aniquilada. Pasaríamos a formar parte de aquel grupo de países ya rescatados como Venezuela o Argentina, suponiendo la cesión de la soberanía económica (o al menos parte de ella) a las autoridades supranacionales.

Es cierto que España, con mercados casi tan quebrados como los chipriotas o los griegos en los años posteriores a la temida crisis del 2008, ya fue rescatada, aunque este rescate fue solamente parcial y estuvo contrapesado con las famosas “reformas estructurales” del Partido Popular.
Habiendo barajado estas medidas, el gobierno de coalición de Unidas Podemos y PSOE decide confiar en la clemencia de Europa para rescatar los famosos “eurobonos”. Estos serían, al igual que los bonos estatales, unos títulos de deuda pública avalados, eso sí, por el conjunto de países que conforman la Unión Europea. ¿Cuál es la ventaja de esto? Los países con las primas de riesgo más elevadas como España podrían beneficiarse de los bajos intereses que países como Alemania, Finlandia o Holanda tienen que pagar por sus deudas.

La respuesta, principalmente de Alemania y Holanda no se hizo esperar. Tanto Angela Merkel como Mark Rutte respondieron con un no rotundo. No estaban dispuestos a asumir el riesgo que implicaría para los países del norte de Europa avalar a países como España, alegando que el elevado déficit público que estos países presentan, unido a la reticencia de sus gobiernos a implantar reformas de austeridad, podrían llevar al conjunto de la Unión Europea a pagar las consecuencias de la falta de planificación.

Mientras que, en la escala europea, personajes como el ministro holandés de Finanzas señalan la desorganización de los países del sur y estos tachan a los norteños de “repugnantes” y de ser “una amenaza para el proyecto europeo», en España ya lamentamos más de 9.000 fallecidos por el coronavirus. ¿Cuándo nos permitirá la situación olvidarnos de la crisis sanitaria para enfocarnos en la económica?

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