La pasada semana se cumplió el 108 aniversario del hundimiento del Titanic y no quería dejar de recordar la historia del Valbanera, el Titanic español, porque es historia viva de nuestro país, de su gente y de sus hombres de mar; es decir, una historia de pena, dolor y muerte. El 10 de septiembre de 1919, este buque se hundió en medio de un terrible huracán cerca de Cayo Hueso, en las costas de Florida y con él las 488 personas que iban a bordo. Pero a este trasatlántico no solamente lo sepultaron el agua y la arena; sobre todo, lo sepultó el olvido.

El Valbanera fue un barco de pasaje con la mitad del tamaño que el Titanic pues contaba con 122 metros de eslora y 14 de manga. Tuvo un inicio extraño ya que en Glasgow, donde fue construido en 1906, inexplicablemente hubo una confusión al ponerle el nombre en el casco. En vez de denominarlo «Valvanera», como la virgen en cuyo honor fue bautizado, pusieron «Valbanera». Cuando sus armadores se dieron cuenta, era ya demasiado tarde para corregirlo, así que decidieron dejarlo así: Valbanera.

El barco estaba destinado desde el principio a hacer la ruta de las Antillas saliendo desde Barcelona, con paradas en Valencia, Málaga, Cádiz, Santa Cruz y Las Palmas, antes de cruzar el Atlántico en dirección a San Juan, Santiago, La Habana y a veces, incluso, Galvestone, donde aprovisionaba cereales en sus vacías bodegas de regreso a España. Las dos navieras más importantes del momento eran la Naviera Pinillos, con sede en Cádiz y propietaria del Valbanera, y la Compañía Trasatlántica, que era la mayor de las dos. Ambas llevaban años compitiendo para vencer en la carrera de vender más pasajes en ese éxodo de emigrantes con el que se desangraba España y que, desde 1880, representaba un mercado de cuatro millones de personas. Cuatro millones de españoles huyendo de la pobreza, de la pena y de la desesperanza rumbo a Cuba, Venezuela, Brasil, México, Estados Unidos o Argentina, de los cuales no regresó ni una tercera parte, porque nada había que los animase a volver que no fueran el hambre y la pena, y no eran los mejores motivos para un regreso.

En 1919, el año del hundimiento del Valbanera, en España los pistoleros campaban a sus anchas en las calles. Por un lado, los anarquistas de la CNT y de la AIT, que asesinaban a patronos, industriales y a conservadores y, por el otro, los matones contratados por estos patronos para asesinar a trabajadores revoltosos, anarquistas y sindicalistas en general, impúdicamente, con bombas o tiros en la cabeza, sin piedad y sin que nadie hiciese nada por evitarlo. Paralelamente, la neutralidad española en la Gran Guerra había permitido que España vendiese alimentos y productos de primera necesidad a los contendientes, lo que paradójicamente provocó en nuestro país, por una parte, desabastecimiento y, por otra, un terrible encarecimiento del precio de todos los productos que, en solo cinco años, llegaron a duplicarse, mientras que los sueldos, en los quince años anteriores, no habían subido ni siquiera un treinta por ciento. Como siempre, las ventajosas condiciones que nos otorgó nuestra neutralidad en esa guerra que asoló Europa, solo favoreció a unos pocos adinerados y a los especuladores sin escrúpulos amparados por políticos corruptos, sumiendo en el hambre y en la desesperación al resto del pueblo.

Desde la primavera de 1918 se había desatado la mal llamada Gripe Española, que en ese 1919 tuvo su apogeo y que acabó por aniquilar al 5% de toda la población española, casi cuatrocientas mil personas. A todo esto había que unir la sempiterna guerra de Marruecos a la que se obligaba a ir solo a los obreros, ya que los ricos y pudientes podían pagar una multa y evadirse, con el agravante de que si estos soldados fallecían, ningún tipo de seguro los cubría, ni a ellos ni a sus familias, que quedaban absolutamente desamparadas y en la calle. Por cosas como estas, o por cosas parecidas, cuatro millones de españoles huyeron de nuestro país en esos barcos rumbo a donde fuese, rumbo a cualquier parte, porque cualquier sitio era mejor que este.

Malos presagios

A ninguno de esos emigrantes le desanimó el hecho de que en 1916, sólo cuatro años después del hundimiento del Titanic y tres antes de la tragedia del Valbanera, se hundió frente a Brasil otro de los trasatlánticos de la Naviera Pinillos, el Principe de Asturias, con 450 personas a bordo. Tampoco se amedrentaron porque en ese mismo 1916, al norte de las Canarias, se hubiese hundido el Pío IX con sus 40 tripulantes, también de la Naviera Pinillos. Ni les echó atrás que en 1918, a los más de treinta fallecidos por la gripe a bordo del Valbanera, donde se hacinaban casi mil quinientos pasajeros, los arrojaran por la borda, porque solo importaba escapar.

Aunque el barco disponía de cuatro clases, la primera, la segunda y la tercera era ocupadas por una minoría, ya que la mayor parte de los pasajeros pertenecían a la llamada Clase Emigrante. Si los viajeros de primera llegaban a pagar por un pasaje entre 4.000 y 5.000 pesetas, y los de segunda unas 2.500, los emigrantes abonaban algo más de 300, que solía equivaler al sueldo de tres meses de un obrero.

Mientras los de primera tenían baño propio y un salón con orquesta al que había que acudir de etiqueta, nada había comparable a viajar en Clase Emigrante: no disponían de camarotes sino que dormían en las bodegas en hamacas colgadas de los mamparas en condiciones insalubres, sin duchas y con escasos inodoros comunes, lo que unido a los mareos, vómitos y falta de oxígeno, transformaban el aire en una atmósfera irrespirable. No obstante, las navieras hacían negocio con la Clase Emigrante. Cada trece o catorce de ellos equivalían a un pasaje de primera, pero con muchas menos necesidades tanto de espacio como de comida. Era por eso que si el Valbanera tenía capacidad para algo más de novecientos pasajeros, lo normal es que fuesen más de mil quinientos, ya que a los que pagaban religiosamente sus pasajes se sumaban polizones y pasajeros que sobornaban a los marineros para que los dejaran subir y así poder escapar al paraíso.

Y para iniciar ese camino hacia el paraíso, ese que quedaba lejos de la pena y la desesperanza, el Valbanera recogió a la tercera parte de lo que iba a ser su pasaje entre Barcelona y Cádiz, ya que fueron alrededor de trescientos  los pasajeros que embarcaron. Y fue en las Canarias donde se completó el pasaje, como normalmente se hacía, con seiscientos canarios que se subieron para escapar de una crisis que, en esos momentos, era mayor aún que en la Península. En total, zarparon hacia las Antillas unos novecientos pasajeros a los que se le sumaban casi noventa tripulantes.

A pesar de las infames condiciones higiénicas, la mayoría de estos emigrantes comía tres veces al día por primera vez en su vida. Según anunciaba la Naviera Pinillos, para el desayuno había café y doscientos gramos de galletas; para el almuerzo trescientos gramos de legumbres de primero y de segundo doscientos gramos de carne, pescado o bacalao, además de doscientos gramos de pan y medio litro de vino tinto; para la cena se servía sopa y trescientos gramos de cocido con carne, también con pan y con su medio litro de vino correspondiente. Los domingos se añadía postre. Estos copiosos menús hacían que aquellos emigrantes malnutridos que dormían colgados en hamacas en infectas bodegas se sintiesen a la hora de comer como Luis XIV en un banquete.

Tras el incidente en el que se arrojaron por la borda los treinta cadáveres, la naviera destituyó al capitán y al médico, así como a los que habían admitido sobornos, y nombró como nuevo capitán del Valbanera a Don Ramón Martín Cordero, un gaditano de buena familia de 34 años de edad y veinte de curtida experiencia navegando. De hecho, al mando de otro buque, había capeado un terrible ciclón tropical y había logrado atracar en Nueva York, lo que le valió el reconocimiento de todo el mundo náutico y le promocionó hasta conseguir el mando del Valbanera. Esta sería su primera travesía en su nuevo buque.

Y así llegaron a Santiago tras haber pasado por San Juan, pero no sin antes dejar historias como aquella de la familia que perdió el pasaje en Cádiz y el Marqués de Comillas, el propietario de la Compañía Trasatlántica, competencia de la Naviera Pinillos, les regaló un pasaje en uno de sus barcos, entre la caridad y la publicidad. O la historia del oficial que perdió el barco y salvó su vida; o la de la niña pequeña de una familia de seis hijos a la que hubo que embarcar a la fuerza y no paró de llorar durante toda la travesía, tanto, que hizo que toda la familia se bajase en Santiago en vez de llegar hasta La Habana, tal y como tenían previsto, con tal de no verla sufrir. A esas lágrimas les debieron todos ellos la vida.

El loco del Valbanera

Otros quinientos pasajeros más desembarcaron en Santiago, hartos de tanto viaje, cuando el Capitán Martín avisó de que aminoraría la marcha (de 10,5 nudos a siete) y tardarían cuatro días más en llegar a La Habana por estar allí todos los atraques ocupados. También esos salvaron sus vidas. No lo hizo una mujer con sus seis hijos. La familia continuó a bordo a excepción del padre, que desembarcó en Santiago para atravesar la isla en tren. Cuando llegó a La Habana se enteró del hundimiento tras largos y angustiosos días de espera. Víctima de su desesperación se convirtió en un personaje famoso en la isla al que todo el mundo llamaba El loco del Valbanera. Durante muchos años deambuló descalzo, durmiendo en cualquier sitio y comiendo de la caridad mientras le preguntaba a todo el mundo si sabía qué día llegaba el Valbanera a La Habana porque estaba esperando a su familia.

Tras el cablegrama en el que informaron al capitán de la saturación del puerto, desde el buque enviaron otro cable al Colegio de Belén, el colegio Jesuita que hacía de Observatorio Meteorológico en La Habana. Se les comunicó desde allí que había un pequeño ciclón sobre las Bermudas, aún sin formar, pero que no había peligro y que podían zarpar tranquilamente pues, por regla general, esos ciclones no llegaban a la costa de Florida, ni batían el norte de la isla. Zarparon el 5 de septiembre.

Después de pasar Varadero, al norte de Matanzas, ya muy cerca de La Habana, el tiempo empeoró y el Capitán Martín, a las 07:50 del día 9 de septiembre, pidió otro informe al Observatorio Meteorológico: «Al norte de Matanzas, con viento duro del noroeste. Diga qué hay de la perturbación». Le contestaron que la tormenta tenía rumbo oeste-noroeste, pero nunca se supo si llegó a recibir el mensaje, porque se perdió la comunicación, probablemente debido a la rotura de la antena. Fue la última vez que se tuvo noticias del buque. Al día siguiente, en medio de un temporal que no dejaba de arreciar y mediante señales luminosas, un buque no identificado pidió entrar en el puerto de La Habana, pero no se le permitió. Un buque de pasaje con bodega de las mismas dimensiones que el Valbanera que, por otra parte, era el único buque que podía haber en esa zona. Inexplicablemente, y sin tomar en cuenta en absoluto a los pasajeros que pudiese llevar, se consideró muy arriesgada su entrada y se le denegó el permiso.

El Capitán Martín, con sus quinientas almas a bordo, intentó capear el temporal como ya había hecho en Nueva York y viró hacia el norte, esperando que la tormenta siguiese su rumbo hacia el noroeste, hacia Florida, y así, dejarla a estribor. Pero la tormenta ya tenía Nivel 4, con vientos de 240 kilómetros por hora y eso era insoportable para ese buque o para cualquier otro. El Capitán Martín continuó luchando, en medio de ese infierno de viento y de terror ante la muerte inminente, sin que se le pueda reprochar nada en absoluto. Hasta que embarrancaron en los Bajos de la Media Luna, a unas cien millas al norte de La Habana y a unas cuarenta al oeste de Key West, donde se formó una gigantesca ola de agua y arena que, de un golpe, lo sepultó para siempre con aquellas casi quinientas personas a bordo. Era 10 de septiembre.

El descubrimiento

El día 19 un barco de la Armada estadounidense vio que algo sobresalía del agua. El Valbanera se había hundido apenas a doce metros de profundidad, por lo que el palo se encontraba sobresaliendo sobre la superficie. Y a pesar de que su interior estaba lleno de cadáveres, los norteamericanos dijeron que no encontraron ninguno, ya que había sido recientemente expoliado por pescadores, y eso era un delito muy grave. Para no tener que castigarlos prefirieron mentir y decir que no había nadie, y al agregar además que todas las lanchas salvavidas estaban en su sitio, el hundimiento entró en el grupo de desapariciones extrañas y misteriosas, cuando la única desaparición que hubo realmente fue la de la humanidad y profesionalidad de los guardacostas y pescadores norteamericanos.

El mástil del Valbanera.

Ernest Hemingway habla de él sin nombrarlo en un relato que tituló Tras la tormenta, en el que cuenta cómo le gustaba navegar hasta donde se encontraba el pecio, porque a su alrededor se pescaban los meros más grandes. En ese relato autobiográfico describe también cómo le encantaba recorrerlo con su barca desde la proa hasta la popa, y cómo cuando el agua estaba clara podían verse todos los detalles y cómo le parecía el barco más grande del mundo. Pero Hemingway nunca lo llamó por su nombre. Nunca escribió la palabra Valbanera.

Los habitantes de Key West lo llamaron «el barco de las putas» y decían que por ir cargado de ellas no lo dejaron entrar a puerto y que luego los cogió un temporal y naufragaron, pereciendo todos ahogados.

Esta es la historia del buque español Valbanera, que recolectaba almas de muchos sitios para librarlas de la pena, del hambre y de la desesperanza, llevándolas al paraíso, pero que no pudo evitar morir engullido por el agua y la arena, pero sobre todo, por el olvido y el desinterés. Aunque tal vez lo más doloroso de todo es que haya sido engullido también por la difamación de guardacostas, pescadores y lugareños. Pero no importa. No pasa nada. Solo era un barco español y sus muertos, también.

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