La nevera está al día. Antes nos podíamos permitir que alimentos que llevaban caducados varias semanas ocuparan un sitio preferente, como si algún fuero olvidado les distinguiera con ese privilegio. También influía el uso que el ego hacía de los artículos que perdieron su validez hace mucho tiempo para reafirmarse: todas las neveras felices son idénticas, pero las infelices lo son de una manera propia que las diferencia

Ahora prevalece el sentido práctico. En la nevera todo está ordenado como en las estanterías de una farmacia. Cerramos los ojos y somos capaces de decir qué hay dentro y cuál es su fecha de caducidad. Nos cruzamos por el pasillo:

—¿Pollo?

—Segunda balda. Dos bandejas de pechuga fileteada. La primera hay que hacerla antes del martes. La otra aguanta dos días más.

Tampoco tiramos comida. Encima de la mesa de la cocina tenemos un trozo de brownie de chocolate que se ha quedado duro. Está en una bandeja, cubierto con un trozo de papel de plata, como si estuviera esperando a que el pastelero del CSI viniera a hacerle la autopsia. Hace un mes habría acabado en la basura, pero ahora lo dejamos ahí hasta descubrir qué hacer con él.

En casa somos muy de pensar que el órgano hace la función. Hubo un tiempo en que lo veíamos al revés, pero al final acabamos convencidos de lo contrario. Hemos perdido amigos por este volantazo teórico, pero qué le vamos a hacer. Por eso mantenemos el trozo seco de brownie, esperando a que se exprese y que él mismo nos diga qué hacer con él.

Lo descubro una mañana en la que veo a un pájaro posarse en el alféizar de la ventana del salón. Ahora hay tiempo para reparar en la Naturaleza, que es ese estadio imperfecto del terreno antes de ser declarado edificable, y en sus criaturas, todas ellas magníficas y sorprendentes. El pájaro que me inspira da unos saltos nerviosos y se marcha.

Abro entonces la ventana y me fijo en unos cuantos pájaros más que sobrevuelan la piscina. Quizás sea mi nombre el que me impulse en este momento a dirigirme a ellos con un pequeño discurso que, como el de San Francisco de Asís, alabe la bondad divina en relación a su existencia. Me veo como la figura representada por Giotto en su San Francisco predicando a los pájaros. Y ya estoy dispuesto a anunciarles:

—¡Carísimos hermanos pájaros! 

Y de seguro que habría seguido de tal guisa si al verme reflejado en el cristal no me hubiera reconocido como Pepe Isbert de alcalde en Bienvenido Mr. Marshall, presto para arrancar con un discurso totalmente distinto.

—¡Pájaros, os debo una explicación! ¡Y esa explicación que os debo, os la voy a dar!

Así que me callo. Y quizás sea mejor así porque los pájaros no están para discursos. Llevan un mes sin poder comer las migas y los restos de las numerosas terrazas del barrio. Quizás su bondad haya mutado por culpa del hambre y se hayan vuelto un poco cabrones, por decirlo sin rodeos. ¿No brillaba acaso en la oscura mirada del pájaro que estaba en mi ventana una advertencia? De forma metódica y paciente, los pájaros se acercan a nuestras casas con el fin de aprenderse nuestros rasgos. Acabado el confinamiento vendrán a darnos la bienvenida en grandes nubes desde las que desplegarán una violencia que convertirá Los pájaros de Hitchcock en un inocente musical. 

Es ahí cuando descubro por qué conservamos el trozo seco de brownie. Cojo un trozo y lo desmenuzo en la ventana con cariño, para que vean que voy en son de paz. Soy generoso con las migas. Al rato, los pájaros vienen a comer con unos toques precisos que me recuerdan al telegrafista de Deadwood. A lo largo del día, van desmenuzando los trozos hasta pulverizarlos. 

Desde esa primera mañana, todos los días les deshago su trozo de brownie. Mi primera intención, de naturalista aficionado, es la de llevar un pequeño control de los pájaros que vienen. Me imagino haciendo dibujos al natural con detalles precisos para poder añadirle un epílogo a la Evolución de las especies. Pero los pájaros no son buenos modelos. Apenas se están quietos y en cuanto me asomo salen volando. Frustrado, desisto. Si vuelvo a tomar apuntes, será de la escultura de un pájaro de Botero.

La siguiente aproximación al mundo de los pájaros es más práctica. Si, para evitar que nos intoxiquen los bulos, van a supervisarlos, tal vez los pájaros sean de utilidad. En Juego de Tronos, los cuervos funcionaban bien como Twitter de la época. Podría adiestrar a un par de pájaros, llamarlos bot y bulo, y atar a sus patas mensajes para mi madre (¿Te compro levadura en el Mercadona?) o para mis amigos (Ola ke ase kon la levadura). El tema de la encriptación no me preocupa porque ya me la validaron en el colegio:

—Sánchez, le he quitado dos puntos por el tiempo que me ha llevado entender su letra.

Pero los pájaros no entran en el salón por mucho que lo llene de migas.

Es una pena esta falta de conexión porque los pájaros me gustan. Mis abuelos siempre tuvieron en casa el mismo canario amarillo que no dejaba de cantar. Se les moría uno y pocos días después lo sustituía el mismo: nada cambiaba. Vivía en una jaula grande en el salón, junto a los visillos. Había cierto vínculo entre ellos. A veces bastaba con fijarse en el canario para saber cómo andaban de ánimo mis abuelos, como si fuera su intermediario. Si permanecía callado y quieto, ya sabías que algo no iba bien, por mucho que todo aparentara tranquilidad. 

El canario siguió acompañando a mi abuelo cuando se quedó viudo. Y ahora, al recordarlo, me doy cuenta de que cuando me dieron la noticia de su muerte el pájaro también desapareció. Nunca pregunté qué pasó con él. Como si estuviéramos en el antiguo Egipto y hubiera dado por hecho que los enterrarían juntos. 

Ahora vuelvo a escuchar a ese canario de fondo en el programa que todas las mañanas Marta Echeverría emite en Radio 3 desde su casa. No ha confirmado que los pájaros que la acompañan sean canarios, pero no hace falta. Una de las cosas buenas que recordaré de esta cuarentena será este aire casero del programa y ese piar mezclado con sus palabras. 

Me gusta atender a Marta Echeverría mientras dejo en el café lo que queda de brownie hasta que se ablande. Ver a los pájaros comerlo me daba envidia y hambre. Si ellos no ponen algo de su parte, yo tampoco.

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