Su nombre era Enrique Tejedor, pero le llamábamos El Largo, como a John Silver. Fue nuestro profesor de literatura de los 15 a los 17 años. El apodo no era muy imaginativo porque era un hombre alto y juraría que de mediana edad (es difícil clasificar a los mayores cuando eres adolescente). Se movía con una lentitud extraña y elegante, consecuencia, se decía, de las secuelas que le había dejado un accidente de coche que había estado a punto de matarle. Al andar marcaba cada paso como lo haría quien hubiera tenido que aprender a caminar de nuevo. La rigidez de su espalda le hacía tener un aspecto imponente, remarcado por una cabeza patricia y rotunda, con el pelo, no muy abundante, peinado hacia atrás. Era sinceramente grande y falsamente adusto.

Me esfuerzo por hacer memoria y creo recordar que su forma de hacernos callar cuando la clase se desmadraba era dar un manotazo de gigante contra la mesa. Escuchar el golpe nos ponía firmes como no lo estábamos con ningún profesor. A ninguno le mostrábamos tanto respeto y ahora descubro que a ninguno le guardamos tanta devoción. Si entre las obligaciones de un preso está intentar la fuga, entre los deberes de aquellos alumnos que fuimos estaba burlarse de los profesores con mayor o menor crueldad. Con la única excepción de El Largo. Él era distinto. Con una mirada te podía fulminar y con una broma, siempre irónica, te hacía sentir cómplice de una vida intuida, pero que todavía no era la nuestra: la vida adulta. Fue el único profesor que jamás tuvo la tentación de tratarnos como niños, el único que quise ser.

No olvidaré una tarde que me comunicó una nota. “Y Trueba, como no podía ser de otra manera, un ocho”. No sé porque diablos se me ha quedado eso grabado. Supongo que porque me sentí orgulloso de no defraudarlo.

Me cuesta recordar algo más y lo lamento porque me acaban de comunicar por whatsapp que El Largo ha muerto. En el grupo que comparto con mis viejos compañeros de clase no hay detalles, sólo condolencias y una mínima recopilación de sus mejores frases, siempre pronunciadas con la máxima seriedad. “Prada, deje de cazar jabalís en las verdes praderas del gran Manitú”. Las mujeres son esos seres que salen despavoridos cuando les ven llegar.

También me adjuntan su carta de despedida cuando le tocó jubilarse hace diez años y quiero compartirla para que se entienda mejor lo que yo no he sabido contar y cuánto duele la pérdida.

No sé si valdrá como despedida, pero…

En diferentes ocasiones me ha tocado despedir a los alumnos de Segundo de Bachillerato. Hoy me toca, aunque muy a mi pesar —pero ésa sería otra historia— despedirme a mí mismo de mí mismo y de vosotros.

Termina mañana mi vida laboral, la mayor parte de ella vivida en este colegio, entre vosotros, y, con ella, termina mucho, mucho más; pero esa también sería otra historia.

Siempre he creído que toda jornada —y eso a fin de cuentas es la vida— más allá de cualesquiera otros sentimientos, puede y debe cerrarse y encerrarse en dos palabras: gracias y perdón.

Por ello:

GRACIAS a quienes, sin conocerme casi, me habéis querido.

GRACIAS a quienes me habéis querido a pesar de conocerme.

GRACIAS a quienes, amablemente, me habéis dejado creer que me queríais.

PERDÓN por casi todo.

Y, por encima de todo, sed felices, sed honestos, sed sinceros y recordad que el colegio no existe. El colegio sois cada uno de vosotros y sólo será lo que vosotros seáis.

Y, si alguna vez me recordáis, habladle bien de mí a Dios, a ver si así…

Un fuerte abrazo

Pozuelo, 10 de Septiembre de 2010

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