El Covid-19 ha puesto de manifiesto la fragilidad financiera de la mayoría de los clubes de élite de Europa. Gigantes con pies de barro, que han sido cigarras que jamás tuvieron un solo pensamiento de hormiga. Según lo ingresan, lo gastan. Mas que vivir al día, lo estaban haciendo al minuto.

Aducen que la culpa es de la demanda y de lo que exige esta a cambio. Que las televisiones, marcas deportivas, líneas aéreas , jeques, petroleros, empresarios varios, millonarios rusos y grupos donde encienden habanos con billetes de 100$, exigen, para poner la pasta, plantillas repletas de estrellas y que sean altamente competitivas en Champions y Liga. Y, claro, que el mercado está como está.

La realidad es que los verdaderos culpables de la inflación son ellos mismos. Han convertido el fútbol en una jungla donde se paga la lechuga a precio de trufa y el jamón de York como si fuera Jabugo. Son ellos, y sólo ellos, los que aceptan pagar fichas y traspasos desorbitados, sin el más mínimo interés en regular el mercado. ¿Para qué hacerlo cuando lo fácil es huir hacia adelante y pedir más dinero a los que los mantienen de pie?

Con excusas como que 40 o 50 millones ya no son nada para comprar chicos de 18 años (porque si son buenos costarán más en el futuro) o que hay que mantener a los mejores a pesar de que cobren 30 millones brutos al año, el fútbol tiene vigas de pladur. Una mala gestión que culmina en cien triquiñuelas contables para que no se les caiga el balance.

No puede haber seguridad en una base donde los activos no están hechos de metales nobles o de ladrillo y hormigón. Aquí hablamos de seres humanos que pueden lesionarse o devaluarse porque se les suponía más profesionalidad de la que acaban demostrando.

Para rematar todo esto, la llegada de la pandemia también ha servido para demostrar que la templanza de las juntas directivas es aún menor que su falta de racionalidad. Se andan con tiento con sus estrellas millonarias y no tienen el más mínimo problema para pasarse por la piedra a utilleros, masajistas, médicos y oficinistas. Y lo hacen tan mal, que incluso consiguen que queden bien los jugadores, que después de aceptar una rebaja publicitan que se “quitan un poquito más” de lo pactado con la condición de que el club atienda a ese colectivo con el que los directivos no han tenido miramientos. Al final es Messi el que salva a ese jardinero con el que no tuvo piedad Bartomeu. Imposible hacerlo peor.

Si todo lo que está sucediendo no hace reflexionar a los clubes, va a ser que esto ya no hay quien lo entienda. Si cuando el fútbol se reanude, volvemos a ver a ciertos clubes queriendo comprar a Neymar, después de mandar el coste de sus empleados al erario público o a la magnanimidad de Leo y Piqué, se deberían tomar serias medidas. El Estado no tiene por qué pagar estos desmanes, sino articular mecanismos para ejecutar los avales de esas juntas directivas. Ya que la hacen, que al menos la paguen.

Hace falta más cordura. Límites salariales de verdad y un acuerdo marco para limitar el precio de los traspasos. Ir más allá del fair play financiero, porque el precio del Mbappé de turno es tan artificial como quieran los clubes más potentes de Europa. El coronavirus ha demostrado que el fútbol necesita medidas extremas. Es tiempo de apretarse el cinturón, de creer en las canteras y desinflar el mercado. A ver si aprenden.

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