Querido P.:

Leo que se cumplen veinte años del taconazo de Redondo en Old Trafford, y me recorre un súbito escalofrío. De casi todo hace ya veinte años, diría Gil de Biedma. La jugada, más allá del alarde extraordinario que supuso –tanto en el aspecto técnico como en el marcador: era una guinda soberbia para un imponente 0-3-, constituye el primer recuerdo madridista concreto de mi vida. Digo madridista y no futbolístico, pues atisbo a vislumbrar borrosas nebulosas del mundial de Francia 98, que desde luego carecen de importancia. Ya hemos concluido en más de una ocasión que a mí me gusta más el Madrid que el fútbol. 

Abusando de la facultad del Madrid para establecerse como punto de referencia cronológico, uno consigue trasladarse fácilmente de nuevo a la infancia. Al salón de un piso humilde, en una ciudad hace tiempo abandonada, donde un crío impresionable quedaba boquiabierto ante la galopada de un mariscal argentino. Consolidando, en aquel instante, unas expectativas desmesuradas e injustas para todos sus sucesores en el puesto: imposible no decepcionarse con los mediocentros incapaces de regatear como un extremo. Aunque, si algo se distingue por encima de todo en los recuerdos del niño que miraba, es el silencio posterior al gol. Un silencio atronador, valga el oxímoron manido, que en un estadio resulta equiparable al de las calles del confinamiento actual. 

Es necesario hablar, claro, del protagonista. Fernando Carlos Redondo Neri, derroche de empaque ya en la denominación. Lo tenía todo: técnica, elegancia, inteligencia, capacidad de trabajo, firmeza y cancherismo. Fuera del campo añadía prudencia, amabilidad y acaso timidez delante del micrófono, probablemente derivadas de su belleza, ya dice Houellebecq que los guapos suelen ser afables, obligados a realizar constantes esfuerzos para intentar que los demás olviden un poco su superioridad. Había llegado al Bernabéu un lustro antes, de la mano de Valdano. Ambos desde Tenerife y con los papeles repartidos para construir un Madrid intenso en el césped y en el discurso, que, como todas las cosas excepcionales, fue efímero. Además del taconazo, su impronta se grabó a fuego en Dortmund, asfaltando a codazos el camino a la Séptima. Si el madridismo desconfió de Florentino en su grandioso debut presidencial fue por acelerar el prematuro adiós del Príncipe, más allá de que una lesión ulterior minimizase el debate. Al fin y al cabo, los mitos no se reducen a sus ligamentos. 

En el fútbol profesional, las simetrías en los calendarios permiten coincidencias entre efemérides dispares. La fecha del Redondazo en Manchester se corresponde con un episodio totalmente opuesto: la manita del Milan de Sacchi a la Quinta del Buitre. Y, de algún modo, el golpe en la mesa en el Teatro de los Sueños redimió el papel de los blancos en sus viajes a los campos más complicados del continente. De repente, era posible vencer en Old Trafford, en San Siro, en París o en Múnich. Supuso el final postrero del mejorable papel europeo como visitante del Madrid, un club hasta entonces condenado a corregir heroicamente en casa sus insuficiencias lejos de ella. Dejando paso a una etapa en la que, sin limitarse a un tópico, antes de cada encuentro verdaderamente todo era posible. Con las inevitables consecuencias en la forja del carácter de aquellos niños que, veinte años después, ya no lo son. 

Saludos afectuosos.

P.    

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