Hace un par de días se marcharon los trabajadores que habían estado colocando placas alrededor de la piscina. Se llevaron sus herramientas, la hormigonera, los guantes y sus voces, que daban vida a la mañana. Para terminar la obra, solo quedaba poner las cubiertas metálicas de drenaje que permanecen junto a sus correspondientes huecos cuadrados.

Esta mañana viene un hombre con un destornillador en la mano derecha. Arrodillado junto a cada hueco, lo veo sacarse un tornillo del bolsillo y, tras colocarlo en el centro de cada cubierta, girar el destornillador, primero sin esfuerzo y después apretando con fuerza. Concentrado como un violinista en su solo. Cuando termina con la último, se queda un rato de pie, mirando la obra. Después se marcha. Desde mi perspectiva, la obra podría haberse hecho mejor: algunos bloques parecen estar demasiado cerca entre sí. No importa. Es probable que la piscina no se pueda disfrutar hasta el año que viene, pero cuando lo haga, miraré hasta la ventana en la que estoy y recordaré estos días.

Sin nada en lo que entretenerme, me fijo en una tira de plástico que rodea la zona de juego de los niños. Por un momento pienso en un crimen. Estamos ya programados para reaccionar así. Tal vez un ajuste de cuentas entre niños de cuatro años por ver quién controla el tobogán, quién se hace con el suministro de gominolas, quién gestiona el tiempo en los columpios. No alcanzo a ver ninguna silueta roja en el suelo. 

Estar confinado no es excusa para no ejercer de detective. Aquí puede haber negocio: en unos meses habrá una sección en las librerías, entre “ecología” y “derecho” para “coronavirus”, con toda la producción que, los que no somos servicios esenciales, hemos ido produciendo para acallar la mala conciencia de no ser servicios esenciales. Mi detective podría resolver el crimen desde esta misma ventana. Ya lo hizo el Maigret de Simenon en El loco de Bergerac, un caso que solucionó sin salir de la cama de su habitación en el Hótel d’Angleter (de Simenon podría decirse, por el contrario, que escribió sus novelas entre cama y cama).

Pero no. Aunque podría analizar las caras de los niños que salen a aplaudir a las ocho y estudiar los dibujos que colocan en sus balcones, dejaría sin estudiar a los de mi fachada. Esto eliminaría el 50% de los sospechosos y me gustaría que mi detective tuviera más efectividad que los test chinos que nos empeñamos en comprar y que solo aciertan al 100% con la incompetencia de algunos responsables. 

La cinta alrededor del parque infantil me inquieta porque me pone lírico y me salen frases sobre la infancia enclaustrada, sobre risas perdidas, sobre tardes ya irrecuperables y me tengo que contener para no poner a Charles Aznavour en el Spotify.  La cinta alrededor del parque infantil me inquieta porque además de lírico me pone de mala hostia. Es como una prohibición sobre una prohibición, una prohibición sobreentendida: si ya sé que no puedo salir a la calle, entiendo que eso incluye no subirme a los toboganes. Y cuando me pongo de mala hostia también me da por escuchar a Charles Aznavour, que no sé qué me pasa, y, con el francés cantando de fondo, sacar mi faceta canalla y jurarme, mientras tarareo “Que c’est triste Venise”, que esta noche bajo a la calle, rompo la cinta y me meto en un bucle de subir y bajar el tobogán del que no me sacan los GEO.

El Carrefour

La cinta, decía, me solivianta. Es como esa frase en negrita que te ponen en el texto como si te tuvieran que decir: aquí está lo importante, que pareces tonto (todo esto en negrita, por favor). Pero, siendo honestos, mi odio a las cintas viene de lejos: de hace un par de días, de cuando en una escapada al Carrefour con mi hijo nos encontramos con zonas delimitadas por cinta a las que estaba el acceso prohibido. Sí podías comprarte una cerveza artesanal elaborada por una multinacional pero no podías llevarte un juego de la PS4, sí podías comprar una funda para el móvil pero no unas camisetas que se vayan adaptando a la suave pendiente de tu nueva tripa. El concepto de necesario establecido a golpe de real decreto.

¿Pero cómo que un juego de la Play no es un artículo necesario? ¿Cómo pretenden que pases la cuarentena con tu hijo de quince años? ¿Hablando con él? ¿Compartiendo películas en Netflix? ¿Aprendiendo nuevos platos en la cocina? ¿Recomendándole libros interesantes? ¿Es que nos hemos vuelto locos? Un juego de la Play es un artículo de primera necesidad. 

Y ahí están, en un expositor, ordenados. Lo único que nos separa de ellos es una cinta con menos autoridad que un árbol de Navidad en julio. Una dependienta, al otro lado de la frontera, parece hacer más espacio para material de dibujo. Charles Aznavour me susurra La Mamma, otro de sus temas, para darme valor. Bastaría con señalarle un juego a la dependienta  —“Death Stranding”, por ejemplo— y ofrecerle con elegancia un billete doblado. 

Lo del billete doblado lo hacía mi abuelo con los porteros que controlaban los accesos al Bernabéu cuando yo era pequeño. Debía considerar que, en esas gradas en las que había que estar de pie, rodeado de tipos más altos, apenas iba a ver nada y que no merecía la pena pagar la entrada. No le faltaba razón. Pero nunca ha brillado tanto ese césped como cuando lo veía al subir las escaleras y me detenía unos segundos antes de colocarme delante de esas barras que te protegían de las avalanchas que se producían al meter un gol, como si todos quisieran comprobar que, efectivamente, el balón estaba dentro. Todo esto para decir que ese comportamiento delictivo lo tengo codificado en los genes.

Sin embargo, no doy con el gen apropiado y me quedo con las manos en los bolsillos. No es solo que nos quedemos sin el juego, es que le estoy quitando a mi hijo la posibilidad de rememorar este momento cuando dentro de unos años ellos tengan su propia pandemia y quiera escribir sobre un momento importante de su pasado aprovechando el tiempo libre de su cuarentena. 

Intento no mortificarme porque ese texto, en cualquier caso, no tendría mucha épica. No es lo mismo imaginarte tu cara en carteles pegados en las farolas del aparcamiento del Carrefour con un “Fuera de la ley” a un “Fuera del Real Decreto”. Es la distancia que hay entre el John Wayne de Centauros del desierto y el Chiquito de Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera.

Nuestra única forma de quejarnos es llenar una cesta con patatas fritas, chocolates, bollería, cereales, galletas. Todo lo que sea prescindible, accesorio, poco sano, lleno de calorías. Nos da por ahí. Hay que ver la determinación con la que dejamos la cesta encima de la cinta que nos asignan. Sin tonterías. Dejando claro que vamos en serio.

Esta noche, cuando todo esté en silencio, me serviré en un vaso dos dedos de leche soja, sin hielo y sin agua. Lo apuraré de dos tragos y bajaré con una tijera de puntas redondeadas a cortar esa cinta. Hay cosas que un hombre tiene que hacer, aunque sea al otro lado del Real Decreto.

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