Lloré. Lloré porque no había más remedio, porque la ciudad era profundamente hermosa y el cielo increíblemente gris. Lloré porque la tarde lo indicaba, porque esto era la tercera vez que pasaba en cinco años y eso, pensaba, sólo sucedía en mis mejores sueños. Lloré. Sí, lloré de alegría y porque no me supe contener. Lloré como un crío, como un niño que se deslumbra ante la belleza del mundo o como el adolescente al que la chica deja por primera vez. Lloré y, aunque me esfuerzo por ocultarlo, mis lágrimas siguen cayendo todavía.

Y me veo ahí, tirado en el piso y con las manos junto a los pies. Sin articular palabra, con el pecho en alto y sin la frente marchita. Qué belleza, qué patada tan perfecta. La gente seguirá hablando de ese instante en el que el mundo se detuvo y después enmudeció. Mi padre solía decir que había visto jugar a Di Stéfano y al Cañoncito; yo podré decir que vi a dios ejecutar una de sus obras maestras. Y no cabe duda de que, como toda obra maestra, es cruel y bella a un tiempo. Cruel por que los otros se habían esforzado, porque realizaron una temporada increíble y no se merecían ese final infame: sin Liga, sin Copa, sin Champions League. Pero hay que verlo siempre desde el otro lado: tuvieron la suerte de estar en el campo cuando aquella vaselina se ejecutó.

Dirán —para llevar la contraria— que la estética es algo ruin e injusta. Sí, puede que sea cierto. Pero en nuestra defensa hay que decir que las cosas bellas no están hechas para ser justas. Al contrario, todas las cosas hermosas de este planeta son mortíferas. Pensemos en las rosas, tan guapas, tan rojas y tan llenas de espinas. El sol, rubio, alto e inalcanzable, te provoca, si le dejas, cáncer y ceguera. Incluso a algo tan plácido como el mar es necesario que le guardemos respeto. Y si admiramos su belleza es porque está ahí para algo: para matar, para hacer daño. Es bello, finalmente, porque es cruel. Y así ha sido ese acto de dios, esa parábola perfecta, ese regalo de la mitología gala.

Y qué decir. Estoy del lado de los que siempre son culpables porque son los que últimamente ganan. No me importó nada gritar como un poseso y a duras penas y sentí lastima por los otros. Que se jodan, pensé; pero después leí la pregunta, la crucial pregunta del entrenador contrario: ¿Cuál es el dios cruel que nos castiga? Y no me quedó más remedio que sonreír, que verme a mi mismo frente al espejo y decir:

—Zidane. Tu respuesta Topmöller es Zidane.

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