Por si no nos vemos luego… Buenos días, buenas tardes, y buenas noches”. Truman Burbank, perfectamente peinado, con una sonrisa brillante y su ropa recién planchada, saludaba cada mañana a sus vecinos con esta muletilla. El protagonista de la película El show de Truman pasaba por ser ante todo un hombre educado, correcto, de los que temen mucho más defraudar a los demás que a sí mismos. La rueda en la que, como una cobaya, fue introducido de muy niño por su “creador”, el productor televiso Christof, le llevó a no plantearse jamás quién era, más allá de su vida falsa y perfecta, el auténtico Truman. Tuvo que ir descubriendo poco a poco que no solo podía ser amable, candoroso e ingenuo, sino también grosero, imprevisible y (divertidamente) loco. Pero hasta entonces lo normal fue que Truman buscase amparo como un niño bajo el paraguas de la rutina y la educada fórmula del: “Por si no nos vemos luego…”.

Durante una buena parte de su larga carrera (el único baloncestista en pisar parqué en cuatro décadas distintas), Vince Carter fue todo lo contrario del bueno de Truman Burbank: una bestia parda, un macarrilla que gozaba regalando pósteres a sus rivales gracias a unos muelles como pocas veces se han visto en la NBA (que se lo digan al 2’18 francés Frederic Weis, víctima y privilegiado espectador del mejor mate de todos los tiempos). Al principio, como prometedor jovenzuelo que era (selección número cinco del draft del 98), Carter básicamente jugaba para enamorarse a sí mismo. Lo que nadie se esperaba es que acabase conquistando, él solito, a un país entero. Aunque nacido en el soleado estado de Florida, por un giro de guión propio del demiurgo Christof, Vince Carter se hizo inmortal en la enorme Canadá. Entre las calles subterráneas que sirven de refugio del frío en Toronto aún se pueden escuchar ecos de los cánticos que, noche tras noche, los entregados fans de los Raptors le dedicaban a Vinsanity, a Air Canada, a inVinceable. Lo mejor de todo es que Vince Carter dejó Toronto, pero el baloncesto, gracias a él, nunca se marchó de la ciudad ni del país.

 El drama del coronavirus ha entrado con fuerza en los Estados Unidos, precisamente empleando la puerta gigante de la NBA. Si bien desde hace días ya se estaban empezando a tomar medidas preventivas como aplazar algunos partidos y jugar otros a puerta cerrada, la confirmación de que el jugador de los Utah Jazz, Rudy Gobert, padece el virus conllevó la fulminante suspensión indefinida de toda la competición. Hay diez equipos en cuarentena. Se desconoce si podrá retomarse la competición (esa es la intención de Adam Silver, el jefe de la NBA) o la 2019/2020 pasará a la historia como una temporada nula. Y como consecuencia de esta complicada situación nos damos de bruces con la posibilidad de que no volvamos a ver jugar al baloncesto a don Vince Carter. Antes de comenzar este curso, el jugador de 43 años (¡43!) anunció que sería el último. Se prometían noches de confeti para despedir a una leyenda con 22 temporadas en la élite. Ocho equipos. Ocho veces All Star. Rookie del año de la NBA. Campeón del concurso de mates en el 2000 y campeón olímpico en Sidney ese mismo año. King in the north. A Don Vicente, como le conocemos por estas latitudes, solo le faltó ganar un anillo. Y puede que le vaya a faltar una despedida con todo el lustre y la pompa que merece, aunque parece que a él eso no es lo que mas le preocupa: ya ha dicho que el baloncesto, y los aficionados, le han regalado todo lo que necesitaba.

El buen protagonista de una buena novela o película tiene siempre lo que se llama un “arco”. Esto quiere decir que si el punto A es el protagonista al comienzo de la historia y el punto B lo es al final de ella, con un buen arco estos dos puntos jamás de los jamases son iguales. Truman Burbank y su arco son como Robin Hood: infalibles. El ingenuo vendedor de seguros acaba convertido en un grano en el culo para el todopoderoso Christof, que observa desde las alturas como Truman patalea, se revuelve, grita, escupe y blasfema; mientras, el espectador no puede hacer otra cosa sino rendirse ante él. Por el contrario, el arco de la vida y milagros de Don Vicente se nos presenta muy diferente, aunque igual de exitoso. El paso de los años ha ido tallando hasta nuestros días al exuberante rookie que alumbró el basket en Canadá y lo hizo casi religión. El último Vince Carter, el de esta extrañísima temporada, es un jugador que, aparte de su enorme talento, inteligentemente adaptado a estos tiempos, transpira sabiduría y saber estar. Es emocionante ver el respeto que le tienen los (muchos) jugadores que podrían ser sus hijos. Porque hoy, Vince Carter tiene algo del carácter bonachón de Truman Burbank y mucho de su prudencia, de ese “no querer defraudar a los demás”. Y es muy fácil imaginárselo a él, con esta prudencia adquirida a base de canas y después del que pudo ser su último partido, despidiéndose uno a uno de sus rivales y de sus compañeros y diciéndoles eso de : “Por si no nos vemos luego…”.

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