Faltaban pocos minutos para que empezara el partido y solamente Jorge estaba en su puesto. Ana y Rubén mataban el tiempo fuera apurando el último cigarrillo y el café recién hecho que Ana trajo en un termo. Aquella iba a ser una noche bastante larga porque el partido no solo terminaría tarde, lo peor llegaría después: cubrir los festejos del campeón, hacer las conexiones con Barcelona o Bilbao, mostrar la alegría y la decepción, recoger todo el operativo una vez terminado.

Jorge bramó desde dentro de la unidad móvil: «Está a punto de llegar el Rey». Ana y Rubén entraron en un suspiro y se sentaron frente a la multitud de pantallas. En una se veía a la afición del Athletic, en otra a la azulgrana, una tercera mostraba la visión general del campo. Había tres pantallas más que reflejaban el palco de autoridades, el túnel de vestuarios y por último la imagen sobre la que se haría la retransmisión del partido.

Salieron los jugadores al césped acompañados de un gran estruendo, las trompetas, pitos y clarines retumbaban en el cemento de Mestalla. Juan Carlos I hizo acto de presencia segundos después, su llegada fue recibida con una sonora pitada por parte de todo el estadio. A Jorge ya le habían avisado de lo que iba a ocurrir, así, instantes antes de que apareciera el monarca, cortó la transmisión para ir a publicidad. Cuando la imagen en tiempo real volvió a las pantallas, los silbidos habían amainado y el Rey con cara de circunstancias esperaba de pie a que sonara el Himno Nacional.

Jorge ordenó a Ana pinchar la cámara que iría mostrando a los jugadores de ambos equipos mientras sonaba el himno. Mientras en los televisores aparecía la imagen de Iraola, los primeros compases de la marcha nacional atronaron en el recinto. Jorge le dijo a Rubén que ajustara el volumen de la retransmisión, el himno lo habían puesto a un volumen desproporcionado para evitar que ambas aficiones lo boicotearan.

Una vez terminado el himno y mientras los jugadores se saludaban. Jorge fue indicando a Ana las imágenes que tenía que pinchar. Los saludos de los futbolistas, las caras de circunstancias en el palco de autoridades, Guardiola colocándose la corbata y Caparrós mascando chicle compulsivamente. Cuando la imagen volvió al plano general, los equipos estaban cada uno en su campo y los jugadores dispuestos a iniciar el choque. Aquella noche iban a hacer buena audiencia, era la fiesta del fútbol español, la final de la Copa del Rey. En la reunión de la mañana para concretar los últimos detalles, Eduardo, el jefe de Jorge, hizo un aparte con el realizador para decirle que tenían que asegurarse la audiencia durante todo el partido fuese como fuese. «Si tienes que utilizarlo no dudes en hacerlo. Tenemos que dar la talla y estoy dispuesto a hacer lo que sea. Lo que sea». A Jorge, como a casi todo el mundo, no le caía muy bien su jefe. Era el típico trepa que en tres años había pasado de hacer fotocopias a convertirse en el jefe de programación de la productora, y no precisamente con buenas artes.

Comenzó el partido. Todo iba sobre ruedas. Las aficiones daban color y calor a la noche. Jorge se limitaba a indicarle a Ana las cámaras que tenía que pinchar. Rubén preparaba las repeticiones de las jugadas; cuando las tenía listas avisaba a Jorge, que aprovechaba cualquier interrupción del juego para meterlas. El partido se jugaba únicamente en el campo del Athletic, los blaugrana parecían tener prisa por marcar, querían hacerlo pronto para evitar el cansancio que seguramente notarían en los últimos minutos tras la acumulación de partidos que llevaban esa temporada.

A los cinco minutos llego el primer gol. Xavi hizo una pared con Messi en la frontal del área que dejó solo al capitán culé delante de Gorka Iraizoz. El centrocampista solo tuvo que picar la pelota por encima del meta para conseguir adelantarse en el marcador. La mitad del estadio estalló y se llenó de banderas azulgrana. Mientras Rubén preparaba la repetición del gol, Ana iba pinchando la celebración de los jugadores, la emoción de la afición culé y el sufrimiento de la rojiblanca. «Ya está esto», masculló Ruben. Jorge tocando el hombro de Ana dijo «dale» y pusieron la primera repetición mientras veían distintas imágenes desde otros ángulos: «Quiero que pongas las de la cámara cenital, la de detrás del portero, luego metes la reacción del banquillo del Barça y por último la que seguía a Xavi durante toda la jugada».

Cuando volvieron al directo, Messi se escapaba solo hacia la portería mientras que Juan Carlos Rivero se regocijaba en el gran pase que le había dado Dani Alves al argentino: «¡¡¡Mierda!!!!», espetó Jorge. «Mira que me jode que pase esto cuando estamos repitiendo algo… Rápido Ana pincha la general y tú búscame el inicio de la jugada y prepárame una repetición con el material que tengamos», dijo a Rubén.

Mientras intentaba volver a la normalidad, Messi se había escapado de Koikili y se adentraba en el área dispuesto a sentenciar el partido y la final, pero en lugar de marcar cedió el balón a Eto’o para que éste solamente la empujara. Volvió el griterío y la algarabía. «Ya tengo la repetición. No he podido rescatar mucho pero al menos tengo el inicio de la jugada. Mira». Ruben le mostraba en la pantalla a su jefe como Valdés sacaba de puerta para Alves y este a su vez metía el balón al hueco para la carrera de Messi. «Perfecto, ponla desde el principio. Ana no pierdas detalle de la celebración de los jugadores que ahora mismo buscamos la reacción del banquillo para pincharla». Parecía que al menos el partido terminaría a su hora y no iban a tener que llegar a los penaltis. Un gran alivio para los tres porque de llegar a los once metros todo se habría retrasado al menos un par de horas….

No habían pasado ni 10 minutos del partido y el Barcelona ya tenía encarrilada la final. Jorge dio un respingo de repente: «¡¡¡Joder!!! nunca me acuerdo que tengo el móvil en vibrador y me pego unos sustos…». La pantalla mostraba EDU PRODU. «El que faltaba», protestó. Nada más descolgar Eduardo, su jefe, bastante acalorado y nervioso le gritó: «Pero, ¿qué cojones está pasando? ¿Sabes que se nos está cayendo la audiencia? ¡Como no cambie esto nos la vamos a pegar!»

—Pero, ¿qué culpa tengo yo de que unos sean muy buenos y los otros muy malos?

—Ya sé que no es culpa tuya, imbécil. Aunque no sé si decir lo mismo de la retransmisión en el segundo gol.

—Lo sé, lo sé, pero tampoco podía preverlo, sabes que son cosas que pasan….

—Ya no, las cosas no «pasan» porque sí. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.

—No, Eduardo, eso no puedo hacerlo. Si nos descubren se puede liar una muy gorda.

—Me la suda. Ya nos ha costado dinero, nos está costando ahora y no quiero perder más pasta. Hazlo. ¡¡¡Ya!!!». Y colgó.

«Controla la retransmisión Ana y tú dile al cámara 3 que siga al árbitro por todo el campo. De cintura para arriba». Jorge fue a su bolsa de trabajo y sacó de ella un walkie. «Canal 66. Acuérdate», se repetía a sí mismo. Se secó el sudor de las manos y bebió un trago de agua, los nervios le secaban la garganta. Antes de encender el walkie comento: «Parecemos espías de la T.I.A. Esto es humillante… y todo por la puta audiencia».

Pero ni Rubén ni Ana parecían haberle oído. Ana trataba de que no se le escapara ningún detalle y Rubén parecía ensimismado mirando la imagen de Medina Cantalejo en el monitor. Jorge seleccionó el canal y encendió el walkie. Justo en ese momento el árbitro se llevó la mano a la oreja con una visible expresión de molestia. «Al árbitro le ha pasado algo con el pinganillo», dijo Rubén. «Lo sé», respondió Jorge tapando el micrófono del walkie. «Necesito silencio absoluto». A través del comunicador dijo: «Villarato». La expresión del colegiado cambió por completo. «Si me oye bien rásquese la escarapela de Fair Play del brazo».

Entonces Rubén sí que se giró. Sus ojos mostraban la incredulidad propia del momento. Jorge no perdía de vista la pantalla sobre la que se reflejaba la imagen del colegiado. Rubén acompañó su mirada y ambos vieron cómo Medina se llevaba la mano a su brazo izquierdo y se rascaba el parche del Fair Play. «Bien. Perfecto. Ya sabe lo que tiene que hacer. Necesitamos levantar esto porque se nos esta hundiendo la audiencia y ¡¡¡rápido!!!».

Pero que coj…..», comenzó a decir Rubén sorprendido. «Es mejor que no sepas nada más compañero», le contestó Jorge.

—No me lo puedo creer. ¿Habéis comprado al árbitro?

—Yo no he comprado a nadie. Me limito a cumplir con lo que me dicen, y prefiero no saber nada más.

—Pero ¿Por qué? ¿para qué?

—Ya lo has oído, las audiencias. Eduardo está obsesionado con las audiencias de este partido y parece más que evidente que no va a dejar que se caigan.

Al mismo tiempo que Jorge terminaba su frase, Ana, sin perder de vista las pantallas pero también sin dejar de prestar atención a lo que estaba sucediendo dentro de la furgoneta, comentó: «Me parece que ya ha empezado. Acaba de pitar penalti en contra del Barcelona». Tanto Jorge como Rubén se tiraron de cabeza a devorar las repeticiones. Seleccionaron hasta cuatro. En ninguna de ellas se podía asegurar con certeza que Piqué hubiese tocado la pelota con la mano pero Yeste ya estaba esperando que el colegiado diera su consentimiento para ejecutar la pena máxima. El jugador del Athletic pateó el balón y redujo la diferencia en el marcador. 2-1. Minuto 32.

A falta de cinco minutos para el descanso, Jorge volvió a sentir el móvil vibrando en el bolsillo. «Muy bien, muy bien veo que lo has entendido». Al otro lado de la línea Eduardo parecía conforme: «Pero necesitamos un poco más de intriga. Llámalo de nuevo».

—No pienso hacerlo. Ya hemos influido lo suficiente.

—¡¡¡Jorge, es una orden!!! O lo llamas o ya te puedes ir despidiendo del trabajo

—Haz lo que creas que debes hacer, Eduardo, pero no pienso llamarlo otra vez, si quieres echar más mierda a esto, hazlo tú mismo.

Y colgó.

La primera parte terminó sin más incidencias. Mientras el partido estaba en el descanso los tres compañeros aprovecharon para hacer acopio de fuerzas con los bocatas que habían comprado en uno de los puestos cercanos al estadio. En el ambiente todavía rezumaba el desplante de Jorge a Eduardo, pero la segunda parte estaba a punto de empezar. Ana pinchaba las imágenes de aficionados ataviados para la ocasión: Bufandas al aire, caras pintadas y banderas al viento mientras devoraban sus tentempiés. Los equipos salieron de los vestuarios acompañados del trío arbitral, con Medina Cantalejo a la cabeza y una cierta preocupación en su rostro.

Comenzó la segunda parte y volvió a llevar el mando del partido el Barça. Jorge, Rubén y Ana seguían haciendo su trabajo como autómatas. No veían un partido, se limitaban a ordenar imágenes y servírselas al espectador. La rutina saltó por los aires con tres golpes secos en la puerta de la unidad móvil. Jorge abrió la puerta de la furgoneta y sus ojos se encontraron con la mirada de Eduardo inyectada en sangre: «¿Qué haces aquí?», preguntó Jorge temiéndose la respuesta

—¿Que qué hago aquí? Lo que tú me has sugerido. Si quieres que algo salga bien tienes que hacerlo tú mismo. Y tú ya puedes ir recogiendo tus cosas mañana de la productora porque estás en la calle.

—No puedes hacerlo. No me puedes echar y no puedes entrar aquí.

—¿Cómo que no puedo entrar? Esta furgoneta es mía y todo lo que hay dentro también. ¿Dónde cojones has metido el walkie?»

Jorge lo tenía guardado en su bolsa pero no tenía la menor intención de dárselo. «Lo he dejado en uno de esos cajones, creo…». Mientras Eduardo buscaba enérgicamente el walkie, Jorge se acercó a su bolsa y lo cogió. «Pues por aquí no lo veo, ¿dónde lo has metido? ¿No lo estarás escondiendo? Antes o después lo encontraré, de ti depende que el partido se alargue más… ¿Te quieres ir mas tarde a casa?».

Jorge, resignado, le entregó el aparato a su jefe no sin antes desintonizar el canal. Mientras Eduardo buscaba el canal 66, Jorge pidió a sus dos compañeros que se mantuvieran en silencio y por medio de señas le indicó a Rubén que pinchase el audio de la furgoneta al de la retransmisión de TVE.

«Tú, ponme al árbitro en pantalla», le dijo Eduardo a Ana. Una vez elegido el canal, Eduardo encendió el walkie y los cuatro pudieron ver cómo Medina se echaba la mano al oído. Juan Carlos Rivero comentaba con Emilio Butragueño la falta que acababan de pitar en contra del Athletic «Parece que le toca en el pie de apo…». La imagen en TVE seguía pero no se oía nada hasta que el silencio lo rompió la voz de un desconocido. «Villarato». «Luis ¿me oyes? Si me oyes tócate el escudo de la FIFA». En la imagen que estaba mostrando la cadena pública se podía ver a Alves junto a Xavi esperando que Medina Cantalejo, a su lado, le diera permiso para sacar la falta. Esta vez no eran solo cuatro. Sino más de cuatro millones los que estaban viendo cómo Medina Cantalejo se tocaba la insignia en la parte izquierda de su camiseta. «Necesitamos otro empujoncito, un poco más de emoción. Al menos que entremos en la última media hora empatados».

«¿Ves óomo no era tan difícil? Ahora si no es mucho pedir termina dignamente la retransmisión de esta noche y mañana recoge tus cosas, no te quiero volver a ver por la productora», le soltó a Jorge mientras cerraba la puerta de la furgoneta a sus espaldas.

La final seguía su curso, con el Athletic al ataque. Susaeta trataba de escaparse de Silvinho en la banda, pero el brasileño le frenó en falta. Yeste se disponía a sacar la falta cuando un ligero murmullo empezó a apoderarse del graderío. Silvinho había derribado a Susaeta casi sobre la misma linea de fondo, la falta era casi un córner. El capitán del Athletic botó la falta y cuando el balón sobrevolaba el área barcelonista un pitido dejó a todos los jugadores quietos. Medina Cantalejo había pitado penalti por un supuesto empujón a Fernando Llorente. Rápidamente Rubén buscó la repetición de la jugada y los tres contemplaron concienzudamente la escena, casi fotograma a fotograma para advertir que el penalti no era tal, un leve contacto de los que hay miles en este tipo de jugadas. El murmullo en la grada iba in crescendo mientras los jugadores barcelonistas protestaban al árbitro. A continuación Yeste colocó el balón para ejecutar el penalti, mientras un clamor recorría el estadio. Los gritos de «¡Fuera, Fuera!» no entendían de colores. Ambas aficiones cantaban «¡Villar dimisión!».

Jorge pidió a Ana que le pinchase la cámara que enfocaba al palco de autoridades. Allí el Rey le preguntaba a Ángel María Villar por lo sucedido. El presidente de la Federación se encogió de hombros. La confusión reinaba en el palco, del antepalco salió un tipo pequeño con gafas y el pelo ralo a la carrera, bajando los escalones del palco de tres en tres, agobiado. Se acercó a Villar y le dijo algo al oído. En los labios del presidente de la RFEF tanto los tres compañeros como los millones de espectadores pudieron leer perfectamente: «¡Qué hijos de puta!».

Las carcajadas de los tres en la furgoneta casi les hacen perder la vertical. En ese momento el pantalón de Jorge vibró de nuevo. Todavía sin poder contener la risa descolgó. Eduardo estaba hecho un basilisco: «Eres un hijo de puta, Jorge. Te voy a matar. Te voy a hacer la vida imposible. Despídete de volver a trabajar en cualquier medio de este país. Eres historia». «Sí. A mí también me jodería».

Y colgó mientras trataba de contener la risa.

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