Los recuerdos ligados a un sitio específico son algo peligroso. Son abrir la caja de Pandora y desatar todo un infierno para quien lo hace. En cierta medida, implica quedar atados a un pasado, no poder disfrutar de un presente que se vislumbra memorable. Pero en cierto modo, la memoria también es algo humano e importante. Nos indica quiénes somos y de dónde venimos. Somos en la medida en que hemos sido y lo que fuimos está presente hasta en la más raquítica célula de nuestro ser. Así que, henos aquí: en la ciudad escocesa, en la ciudad que vio que el fútbol podía ser una cosa bella, fantástica. Y estar aquí es rendir honor a quien honor merece. Es recordar y recordar, por supuesto, es ganar.

El fútbol me gusta quizá más que la vida, solía decir el Cañoncito Pum. La belleza del juego, la simplicidad con que se manejan cada una de las opciones que se presentan, las camaradería entre quienes lo practican, la terrible alegría que produce marcar un gol; por todo eso, quizá sea mejor que la vida. Pero al igual que ésta, el fútbol también es cruel. Me explico: un jugador como el Cañoncito, quizá el más grande delantero que el mundo ha visto, también es mortal. Tarde o temprano, más lo último que lo primero, colgó las botas. Ahora, enfermo de Alzheimer, mira el césped y suspira: es probable que no recuerde nada. Ni siquiera esa gloriosa tarde en una ciudad de Escocia. Ha sido el partido que muchos catalogan como el mejor del siglo, aún por encima del que dentro de unos años protagonizarían Italia y Alemania en el Mundial de México. Y él, aquel día, anotó cuatro goles. Eso es crueldad, no poder recordarlo, no poder compartir sus recuerdos, no ya con la prensa, pero sí con sus nietos y sus seres queridos. 

Fue una tarde gris, de esas típicas de las islas. El partido lo dieron por televisión a blanco y negro. Jugó una alineación que desde entonces medio continente cita de memoria y con admiración y miedo: Domínguez, Marquitos, Santamaría, Pachín, Vidal, Zárraga, Canario, Del Sol, Di Stéfano, el Cañoncito y Gento. Empezaron ganando los otros, pero eso ya nadie lo recuerda. Lo que ha quedado en la memoria colectiva es aquel pase de tacón del dios Di Stéfano al Cañoncito. Qué belleza, señores. El estadio de pie, aplaudiendo como se aplaudía al gladiador más fiero y más noble. Hampden Park, sí señor.

Y ahora el equipo regresa a esa ciudad, a la buena Escocia que no es y no será nunca Inglaterra. Y el Cañoncito, ya más viejo que un árbol, no está para saltar al terreno de juego. ¿Y si le llevaran al partido, a ver el estadio, a las gentes que todavía le recuerdan con una sonrisa en los labios ? En un día como ese, seguro que su presencia infunde confianza. Será una tarde de recuerdo, de épica. Habrá otros jugadores, quizá otro equipo al que la Europa futura mirará con admiración y miedo: César, Salgado, Hierro, Helguera, Roberto Carlos, Solari, Makelele, Figo, Zidane, Raúl y Guti. La gente podrá recordar cómo el dios Zidane ganó, por fin, una Copa de Europa; pero no habrá ningún Cañoncito que marque cuatro goles ni uno que anote a pase de tacón. No habrá ese jugador hermoso que rompía postes con sólo chutar. No habrá quien se vista de gloria ni quien reciba esa Copa con lágrimas en los ojos. El partido será o no será, Hampden Park permanecerá quieto y se mirará en un espejo de cuarenta y dos años de edad. A lo lejos, una ciudad se levantará y volverá a caer. Habrá camaradería y crueldad, terrible alegría y simplicidad compartida. Habrá pues fútbol. Pero no habrá eso, ese mirar al infinito, a la línea del campo y ese decir lloreante y con mocos. No habrá ese viento frío que agitará la cabellera a modo de estandarte y que se llevará esas palabras gritadas a todo pulmón por una hinchada delirante y completamente entregada:

El fútbol nos gusta más que la vida. Más que nuestras vidas.

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