Los aros olímpicos han visto de todo. También cancelaciones. Aunque nunca el enemigo había sido un virus capaz de atacar hasta el tuétano al espíritu olímpico. Los Juegos ya habían claudicado antes frente a la sinrazón humana; el ejemplo, esas dos guerras mundiales que devastaron medio mundo. Pero nunca había tenido que enfrentarse el deporte ni la humanidad ante un enemigo tan despiadado como invisible, tan voraz como internacional. La competición de competiciones, la lucha del ser humano por superarse cada cuatro años, ha intentado hasta última hora salvar contratos e ilusiones, estadios y medallas, entrenamientos y sueños. Pero esta vez el Citius, Altius, Fortius ha sido desbancado del podium por la salud.

Tiene también experiencia en estas lides Japón. No es la primera vez que el país del sol naciente ve como la llama olímpica no termina de alcanzar el archipiélago del Pacífico norte. Hace casi ochenta años los nipones ya se propusieron ser el primer país asiático que organizaba unos Juegos Olímpicos. Pero sus ansias expansivas y el clima prebélico que se extendía ya por todos los rincones del mundo en la década de los treinta del siglo pasado, impidieron la celebración de unos Juegos Olímpicos que finalmente la II Guerra Mundial se terminó llevando por delante. Poco antes, Japón había su objetivo inicial y en 1936 logró imponerse a Helsiniki como la sede de los Juegos Olímpicos 1940.

Una candidatura milenaria

Japón acudió a su larga tradición milenaria como uno de los pilares fundamentales de su candidatura. 1940 era un año marcado en rojo en la historia nipona. Ese año se cumplían los 2.600 años desde la entronización del emperador Jinmu, el legendario fundador de la dinastía imperial. Según Asato Ikeda la candidatura “era parte integrante de una diplomacia cultural internacional destinada a mejorar las relaciones con las democracias occidentales, en particular, con el Reino Unido y los Estados Unidos», según publicó en el Asia-Pacific Journal. Ya ven que los Juegos Olímpicos llevan siendo algo más que deporte desde hace muchos años. Entonces ya se intentaban alcanzar los sentimientos de los votantes, tocar el corazoncito de los miembros del COI, acudiendo a la resiliencia del pueblo nipón. Así lo explica David Goldblatt, autor de Historia de los Juegos Olímpicos, después de que Japón explicara que esa era la mejor forma de levantarse tras el devastador seísmo del que había sido víctima el país asiático en 1923.

“Los Juegos Olímpicos deben venir a Japón. Si no es el caso, la razón será forzosamente injusta”, afirmaba tajantemente Jigoro Kano, primer miembro nipón del COI y artífice de la candidatura de Tokio 1940. Y para ello valía de todo, incluso pactar con el propio Benito Mussolini, como destacan algunos estudiosos y expertos de los Juegos Olímpicos. Según estas fuentes la candidatura japonesa pactó con el dictador italiano Benito Mussolini para que el líder del fascismo italiano apoyara a Tokio en 1940 a cambio de que los japoneses respandaran a Roma en los siguientes Juegos, los de 1944. La estrategia les salió bien a los nipones: Tokio se llevó la elección por 37 votos a 26, imponiéndose así a Helsinki. Entonces también se adjudicaban los Juegos de Invierno a la par que los de verano y Japón, concretamente Sapporo, al norte del país, fue el elegido para celebrar la cita.

Cartel de los JJOO de Tokio 1940 obra de Wada Sanzo.

Pero la geopolítica se interpuso pronto en esa elección. La Sociedad de Naciones, el predecesor internacional de lo que luego sería la ONU, había rechazado la anexión de la Manchuria china por parte de Japón. Aquello había provocado la retirada de los nipones del organismo en 1933. Las complicaciones siguieron aumentando cuando Reino Unido y EE.UU. deslizaron un posible boicot ante la cita olímpica. El conflicto con China se hizo más cruento y el pueblo japonés se decantó por utilizar con fines militares el dinero reservado para la cita olímpica. Pero la candidatura había elaborado ya el programa de pruebas de unos Juegos Olímpicos que tenían fijada su ceremonia inaugural para el 21 de septiembre y la clausura prevista para el 6 de octubre. El estadio olímpico también estaba listo, se iba a utilizar el Estadio Meiji Jingu Gaien, el mismo que había sido sede de los Juegos del Lejano Oriente de 1930.

Ningún atleta llegó a poner un pie en él. Todo se precipitó desde el estallido de la II Guerra chino-japonesa en julio de 1937. El conflicto se extendió hasta 1945, enmarcado ya dentro de la II Guerra Mundial, pero es a madiados de 1938 cuando el Comité Olímpico japonés cedió ante las presiones externas e internas y renunció a la celebración de los Juegos el 16 de julio de 1938. “En las circunstancias presentes no había otro camino” explicaron desde Japón, donde señalaron las “insalvables diferencias con China” como uno de los principales motivos de la renuncia.

Cartel conmemorativo de Tokio 1940.

En un intento por salvar los Juegos el COI activó rápidamente el Plan B. Helsinki, que había perdido en la votación con Tokyo, fue la elegida. Los finlandeses tenían por delante poco más de dos años para preparar la cita olímpica con el alojamiento como principal escollo. El número de hoteles y camas resultaba insuficiente para dar cobijo a los numerosos atletas y visitantes que iban a acudir a la cita. Se necesitaban 160.000 nuevas plazas por cubrir tanto en la capital como en las poblaciones próximas. El Gobierno finlandés concedió un crédito extraordinario de 200 millones de marcos finlandeses y el Ayuntamiento de la ciudad extendió una línea de crédito por valor de 100 millones. Con ellos se proyectó la Villa Olímpica que estaría formada por 37 edificios de tres pisos y con un total de 2.5000 habitaciones. Junto a estas otro edificio haría las veces de restaurante.

Los Juegos Olímpicos, víctima de la IIGM

Pese al clima prebélico que ya se respiraba en Europa a finales de 1938, Finlandia se apresuró en los preparativos. Incluso mandó las invitaciones a las naciones que competirían en la XII Olimpiada, China y Japón incluidas, tal y como nos confirma Fernando Arrechea, Doctor en Ciencias del Deporte y experto en Olimpismo: “Ambos eran comités olímpicos miembros del COI, además la República de China ya había enviado a un atleta a Los Ángeles 1932 y una gran delegación a Berlín 1936 (54 deportistas). Para ambos hubiera sido importante tener presencia en los Juegos por un aspecto propagandístico”. Aunque nunca llegó a hacerse público, Helsinki 1940 tenía elaborado el programa de pruebas deportivas, fecha de inauguración y clausura. La llama olímpica habría tenido que alumbrar a los deportistas desde el 20 de julio al 4 de agosto.

Sellos de correo conmemorativos de los JJOO de Helsinki 1940.

A principios de 1939 hasta sesenta naciones habían confirmado su presencia. Pero el estallido de la II Guerra Mundial y sobre todo la invasión de Finlandia en noviembre de 1939 por parte de la Unión Soviética (país ajeno al movimiento olímpico por entonces) acabaron con las últimas esperanzas. La onda expansiva de la suspensión también alcanzó a los juegos de invierno que tras la renuncia de Sapporo se iban a celebrar en Garmisch-Partenkirchen (Alemania). Fernando Arrechea no descarta que si la sede hubiera sido un país neutral o no beligerante “quizás los Juegos Olímpicos de 1940 se hubieran disputado, por increíble que parezca”.

Cartel de los Juegos Olímpicos de verano e invierno de 1940 tras la cancelación de Tokio.

Pero el conflicto golpeó tanto a las viejas potencias occidentales y se alargó tanto en el tiempo que se llevó por delante la siguiente cita olímpica. “Londres había ganado la elección de 1944 antes de la Guerra. Había derrotado a Roma, lo que supuso un gran enfado para Mussolini”, explica Arrechea aunque la capital británica volvió a imponerse en la siguiente elección una vez concluido el conflicto bélico: “No se concedió a Londres por decreto, hubo una nueva votación y se impuso a Lausana y otras cuatro ciudades norteamericanas”, recuerda Arrechea. Al igual que le pasó a Londres, tanto Helsinki (1952) como Tokyo (1964) pudieron albergar unos Juegos Olímpicos y de esta manera el COI salvó una deuda histórica con ambas ciudades.

La primera vez

La barbarie, no obstante, ya había golpeado a los Juegos Olímpicos con anterioridad. En 1916 la cita era en Berlín, pero el estallido de la Gran Guerra dos años antes había hecho saltar por los aires el evento. “Es cierto que los Juegos Olímpicos no tenían la dimensión global que han alcanzado hoy. España, por ejemplo, no había debutado aún oficialmente”, recuerda Fernando Arrechea. Por eso la cancelación fue inmediata, nada más declararse el conflicto, que además tenía a la organizadora, Alemania, como uno de los países beligerantes.

Poco importó que muchas de las instalaciones ya estuvieran construidas. El estadio olímpico, sin ir más lejos, se había inaugurado en 1913. El conflicto también provocó que el COI, con sede rotatoria hasta esa fecha, se trasladara a la neutral Suiza, a Lausana concretamente, para fijar allí su sede. Hasta el propio Pierre de Coubertin, creador de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna, se presentó voluntario a las Fuerzas Armadas francesas. Quizá el historiador y pedagogo francés entendió pronto una de las máximas del tiempo que le había tocado vivir, cuando las guerras no entendían de treguas deportivas. Todo lo contrario que ocurría en la antigua Grecia; allí cualquier tipo de combate se interrumpía cada vez que el calendario marcaba la celebración de unos Juegos Olímpicos. En la antigüedad el carácter espiritual de la cita estaba por encima de todo.

Hoy lo está la salud.

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