En los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, el joven Yoshinori Sakai tuvo el honor de encender el pebetero. Aunque atleta, su mérito no era deportivo (jamás participó en unos Juegos). Su elección era un símbolo. Sakai había nacido en Hiroshima el mismo día que Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica sobre Japón: el 6 de agosto de 1945.

Si empiezo por el Bebé de Hiroshima no es para hablar de guerra, sino de rendición. O más concretamente, de la resistencia a la rendición. Y para el siguiente ejemplo no me muevo de los Juegos de Tokio de 1964. El japonés Kokichi Tsuburaya fue bronce en el maratón. Desde ese mismo instante se convirtió en la esperanza de su país para ser campeón olímpico en los siguientes Juegos, los de México. Víctima de las lesiones y de la presión, Tsuburaya se hizo el harakiri en 1968, meses antes de la inauguración. En un mano tenía su medalla de bronce. Junto a él, una nota: «No puedo correr más».

La resistencia a la rendición de los japoneses, justificación militar (y moral) del ataque atómico, forma parte del Bushido, un código ético por el que ya se regían los samuráis. Resumido en siete virtudes, la que se refiere al honor indica que la única manera de restablecer el honor mancillado es el sepukku o suicidio ritual. El bushido sirve para explicar la crueldad de los soldados japoneses con los enemigos que se rendían y, por extensión, las unidades kamikaze de la aviación nipona.

La historia de Hiro Onoda también es conocida: oficial del ejército japonés, no se rindió hasta 1974 después de pasar casi treinta años en una selva filipina. Teruo Nakamura resistió algunos meses más en una isla de Indonesia, pero para su desgracia sólo era un soldado raso.

La resistencia a la rendición puede estar en el origen de la obstinación japonesa por mantener los Juegos de Tokio a pesar de la pandemia del coronavirus. En apariencia, todo marcha según lo previsto (menos el mundo): el viernes llegó la antorcha a Japón. El campeón de judo Tadahiro Nomura y la luchadora Saori Yoshida fueron los encargados de recoger la antorcha (sin mascarillas) y entregársela a Yoshiro Mori, el presidente del Comité Organizador. Durante el acto protocolario, Mori, de 82 años, tuvo palabras de ánimo para los países europeos que sufren la pandemia y recordó que el relevo «empezará en Fukushima y recorrerá todo el país».

No sé si recuerdan Fukushima: en 2011, un tsunami dañó la planta nuclear de la ciudad y generó una contaminación radiactiva que mató a 130 personas directamente y a otras 1.200 de forma colateral. Japón tampoco se rindió entonces. Nueve años después, Fukushima es un ejemplar centro de energías renovables que pretender ser promocionado con la antorcha olímpica.

En Fukushima comenzará el 26 de marzo un recorrido de 121 días por diferentes ciudades japonesas en lo que debe ser una celebración poco bulliciosa por estricta indicación gubernamental: no están permitidas las aglomeraciones de público al paso de la antorcha. Y es que el coronavirus también está presente en Japón, aunque su gestión de la crisis sea modélica. A esta hora, en el país se han detectado 963 contagiados y han muerto 33 personas, lo que debe considerarse un éxito en una población de 127 millones de habitantes.

Sin embargo, la presión sobre los organizadores empieza a ser similar a la que tuvo el honorable Tsuburaya. El presidente del Comité Olímpico Internacional, el alemán Thomas Bach, ya ha admitido que manejan «distintos escenarios» para los Juegos, aunque las fechas previstas (24 de julio-9 de agosto) se mantienen a cuatro meses de la inauguración. «Sería irresponsable tomar ahora una decisión».

Entretanto, la Federación de Natación de Estados Unidos ha pedido al Comité Olímpico de Estados Unidos que exija el aplazamiento de los Juegos. «Nuestros nadadores de clase mundial siempre están dispuestos a competir con cualquiera, en cualquier momento y en cualquier lugar. Sin embargo, seguir adelante en medio de la crisis sanitaria mundial este verano no es la respuesta. Todo el mundo ha experimentado perturbaciones inimaginables, apenas unos meses antes de los Juegos Olímpicos, lo que pone en tela de juicio la autenticidad de un campo de juego igual para todos».

Y el Comité Olímpico de Estados Unidos no ha tardado en responder: no habrá atletas estadounidenses si no reciben por parte de las autoridades correspondientes la más completa seguridad para la salud de los participantes.

A la petición americana se ha sumado el Comité Olímpico Noruego y se espera que se vayan sumando otros Comités en las próximas horas: «Basándonos en la situación poco clara en Noruega y en gran parte del mundo no es defendible ni deseable enviar a deportistas noruegos a los Juegos de Tokio antes de que la sociedad mundial haya superado esta pandemia».

Ni siquiera en Japón lo ven claro. Según informa Efe, «siete de cada diez no creen posible que los Juegos Olímpicos se celebren entre el 24 de julio y el 9 de agosto», según una encuesta publicada por la agencia local Kyodo. Ya hay quien propone unos Juegos en octubre, como en 1964.

Otros conciudadanos, sin embargo, se agarran a las palabras del primer ministro Shinzo Abe: «Celebrar los Juegos es una prueba de que la humanidad puede vencer al coronavirus». Y, de paso, otra demostración, la enésima, de que Japón nunca se rinde.

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