Habíamos preparado una bienvenida sencilla: teníamos contratada a la troupe de dos circos con perspectiva de género (paridad del 50% en todos los animales), una patrulla aérea iba a escribir su nombre en el cielo, AC/DC había dicho por fin que sí y los del bar de la esquina tenían reservados quince días para hacer tortillas de patatas (mitad con cebolla y mitad sin cebolla). Una cosa grande.

No hay mejor manera de saber lo que realmente vales que fijarte en la cantidad de gente que va a recibirte a un aeropuerto después de pasar un tiempo fuera. Aprovecha el mensaje que te ofrece la vida si cuando llegas con las maletas descubres que el único que te va a dar la bienvenida es el taxista mientras teclea en su móvil la dirección que le has dado.

Algo grande teníamos preparado, pues, para decirle, después de siete meses fuera, cuánto lo habíamos echado de menos. Tenían que haber sido más, pero en todo el mundo este año académico va a dar a luz antes de tiempo una añada de estudiantes prematuros que se va a pasar el resto del tiempo de gestación académica con Netflix, el móvil y la Play. Habíamos aplazado la decisión todo lo posible hasta que un mensaje del embajador instó a que todos los estudiantes salieran cuanto antes del país. Cuando un embajador te dice algo así, es mejor dejar la hamburguesa en el plato, mojar una última patata en kétchup, limpiarte la boca en una cortina y ponerte a hacer la maleta como quien le lanza trozos de carne desde la popa de un barco al gran tiburón hambriento que te persigue.

Cancelamos todos los preparativos y, de toda la familia, la única persona que fue a buscarlo fue su madre. Una lástima, porque también habíamos pedido presupuesto para colocar varias gradas, una pequeña plataforma para los discursos y, aprovechando el retraso de los Juegos Olímpicos de Tokio, trescientos voluntarios iban a hacer una coreografía que iba a terminar con su nombre representado en varios idiomas y dialectos. La madre, como decía: «Porque en tiempos turbulentos, es la figura que realmente te protege, como dejó bien claro Ginette Reno en Leolo«. Por eso es ella la que espera, sola, con mascarilla y guantes, a que salgan por la puerta los viajeros del vuelo de Londres.

El virus no solo acecha en la terminal. También ha entrado en el diccionario y está afectando a las palabras. En algunas provoca su inflamación, como en mascarilla, tos, cuarentena, pico o neumonía, que desbordan los límites de su definición para adquirir más sentido. Otras, por el contrario, van perdiendo sus características, como si el significado solo fuera la piel que deja la serpiente al mudarse. Así con bienvenida y despedida, por ejemplo, en esa especial atracción que el virus parece sentir por los antónimos.

Esta bienvenida, por ejemplo. Es una imagen extraña. Los que han venido están separados unos de otros como peones que dejaran una casilla entre ellos en un tablero en el que no hay alfiles, torres, caballos, reyes y reinas porque están repartidos por hospitales, residencias y morgues. Aunque no es tarde, hay un silencio de madrugada. Las tiendas y los bares están cerrados. El viaje es un mero trámite al que ya no se le pide que te lleve a la aventura, sino que te deposite lo más pronto posible en el punto mismo del que habías salido con la esperanza de que nada cambie. Si pudiéramos, haríamos un viaje en el tiempo para regresar a la vida de hace un mes. Solo un mes.

En las despedidas el virus también está siendo cruel, porque parte de su batalla también es psicológica. El panegírico del cura en el funeral es importante, pero a los más próximos siempre nos ayuda ver la comitiva en el cementerio para poder medir el vacío que alguien deja cuando muere. El dato de los presentes como marcador definitivo de una vida. Al desaparecer la solemnidad de ese acompañamiento, resulta imposible escribir las últimas páginas de los fallecidos, lo que obliga ahora a que vida y su narración terminen en el mismo punto.

Las sonrisas

En este recinto, en este momento, van apareciendo los quinceañeros sonrientes. Se les ha advertido de las medidas de seguridad en el avión, de la importancia de lavarse las manos, de la prohibición de dar besos al llegar. Todo, dicen, lo han cumplido, pero la descripción de lo que les espera no ha conseguido eliminar de ellos un optimismo que muestran son sus sonrisas. Ya se ven pocas así. Altos, desgarbados, con el cansancio de más de diez horas de vuelo, parecen un pequeño pelotón que viniera a traer algo de optimismo y buen humor a los que lo esperamos.

Ahí está él. Solo un abrazo rápido. El resto, cuando cumpla el protocolo al llegar a casa.

Para ponerlo al día de la situación, se le explica que ahora en Madrid es agosto en los años setenta, con todo cerrado, y que Hazard sigue lesionado. Como todos los días son iguales, puede elegir el que quiera, que no hace falta que le haga caso al calendario. La M-40 está vacía y desde varias ventanas gente cansada de Netflix estará contando los coches que ve pasar, imaginando hacia dónde van.

Su buen humor y su optimismo nos desbordan. Acepta divertido las reglas previas a los besos y los abrazos: ropa a la lavadora y él a la ducha, con mucho jabón. Mientras está en el baño, pensamos que éste no era el plan que habíamos previsto para su llegada. Habíamos hablado muchas veces de ir en metro hasta el centro y recorrerlo entero de tienda en tienda, solo por el placer de mezclarnos con la gente y de disfrutar de toda la oferta. La realidad es ahora un mago que ofrece su chistera para hacer desaparecer en ella cualquier cosa que le propongas: desde tu paciencia a una gran ciudad.

Nada por aquí, nada por allá.

La llegada del expatriado ha provocado un cambio en la fuerza. Lo que antes teníamos distribuido para tres, ahora tiene que ser compartido entre cuatro. La casa tiene menos metros cuadrados. La nevera es más pequeña. El tiempo que podemos aguantar con cada compra se ha reducido. Es un precio bajo por lo que, a cambio, vamos a recibir.

Cuando ya podemos abrazarnos, visita la que era su habitación. No sabemos cómo va a reaccionar, pero esa misma tarde ya está jugando en red con los auriculares, con las risas y sus comentarios traspasando la puerta cerrada. A su manera, esta generación ya venía preparándose para las futuras cuarentenas desde hace mucho tiempo.

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