El día que por fin ví Emmanuelle después de haberla imaginado innumerables veces durante mi adolescencia, me sentí tan decepcionado como cuando comprendí que Frank Rikjaard no había llegado al Zaragoza por amor a los colores ni por despecho de seguir demostrando que era uno de los grandes. Sylvia Kristel era bellísima, pero de una tierna inocencia cuasi monacal, y el trasiego carnal del filme no superaba al del más recatado anuncio de colonia viril.

He dicho vi y con ello he sido inexacto. No pude acabar de verla. La trama argumental, que tampoco recuerdo, no daba para demasiado, y el doblaje inducía más a la risa que a la lubricidad. Así que retomo al Zaragoza. No es que sea mi equipo, pero ha sido el equipo de la ciudad dónde he pasado más de media vida. Y la Romareda ha sido un frecuente lugar de peregrinación futbolística y también musical (Mecano, El último de la Fila, Maná, Dire Straits, Tina Turner, Sting…). Al Zaragoza solo lo había visto en Huesca, cuando el Huesca era lo que fue, un equipo de la España vacía que peregrinaba por esas categorías anónimas de rivalidades intercomarcales. Y por allí desfilaron Violeta, Nieves, Diarte o Arrúa, pero no sé bien por qué al que mejor recuerdo es a Jordao, un fugaz mercenario luso de la plantilla.

Años después, ya en la capital aragonesa, con rendida reverencia y cuando la exigua renta de estudiante o precario currela lo permitía, me acercaba a ese ahora vetusto campo, entonces moderno y recién remodelado tras el festín de naranjito, con dos grandes pantallas digitales en los fondos. Vibraba de energía la grada, en la zona norte la gente más bullanguera, el resto del aforo algo más circunspecto, de boca fina futbolera, exigente, intransigentes en los malos momentos, imagino que como cualquier afición que ha visto grandes cosas, y por allí corretearon no uno ni dos ni tres sino cinco magníficos al alimón. Con el tiempo, allí he visto muchos partidos, pero me quedo con la sensación de magia de las primeras veces, derivada del paso del modesto escenario de gradas despobladas de duro hormigón  del Alcoraz, al ciclópeo de esa Romareda soleada en tarde de domingo, donde la pelota era tratada con reverencia por los protagonistas que la desplazaban con estilo y dulzura. Y esa pelota que suponía esquiva y traviesa, allí, sobre esa alfombra impoluta, se mostraba obediente y complacida.

También me admiraba esa fe berroqueña y aparentemente cándida de la afición maña que terminaba por inducir al equipo y, a la ahora sí, traviesa pelota, a conseguir goles imposibles. Esa conexión mística entre un equipo y su afición, que seguro ocurre en tantos otros lugares, pero que a orillas del Ebro parece siempre atribuible al tráfico de influencias celestiales de su patrona. En La Romareda me hice un hombre futbolísticamente y eso no se olvida. Luego el hábito hizo que el paladar se acomodara y que hubiera de padecer, con cierta asiduidad, la sensación de gatillazo balompédico, partidos que prometían homéricas venturas en los papeles gráficos y finalizaban con el amargo regusto del desencanto. Pero, como ocurriera con Sylvia Kristel, la decepción se hizo carne solo cuando su ingenua y dulce tersura era comparada con la explícita, prosaica y atlética exuberancia de lustros venideros. Porque Sylvia Krystel era la memoria, más aún, era la memoria de la memoria, y era el trasunto de nuestra primera juventud, carente de bagajes pero plena de expectativas. 

Por ello, las veloces diagonales de Rubén Sosa que acababan en fulminantes directos al mentón de la portería, los controles orientados de Señor bailando entre lobos rivales o las travesuras de Pardeza, el niño desheredado de la famosa quinta, quedaron impresas lozanamente en la memoria como esa indumentaria negra de Iríbar o azul y negra del ogro Sepp Maier, precursor de otros ogros nibelungos como Schumacher o Kanh. Era un mundo de gigantes que nunca defraudaban hasta que uno se dio cuenta que Emmanuelle hoy sería una mojigata.

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