Solamente recuerdo que era por la tarde y que ellas estaban allí, conmigo, mientras yo las miraba. Yo estaba sentado en el suelo, delante de la enorme pila de lavar donde a veces me metían a mi para intentar sacarme toda la arena de playa, que solía ser mucha, justo enfrente del jazmín que, por ser verano, estaba completamente lleno de flores blancas que impregnaban con su aroma todo el patio. Detrás del jazmín, en ese patio todo encalado, había una escalera que subía hasta la azotea donde yo, con las cajas de madera que me daba mi abuelo y con cajas de plástico de fruta de su tienda y con sábanas viejas y mantas, me había hecho una cabaña donde esconderme.

En esa cabaña, pensaba en Salgari y en Jim atravesando la empalizada y me encantaba cerrar la puerta hecha con un cartel de helados de Avidesa y pensar que estaba solo, que me encontraba a cientos de kilómetros de cualquier ser humano pero que iba a poder salir victorioso ante cualquier problema que se me presentase, pero ahora estaba abajo, sentado en el suelo con mis dos piernas dobladas hacia la derecha mientras en mi mano, también derecha tenía un pequeño soldado de plástico de aquellos que venían en bolsas y que me compraban para que esas tardes, tediosas para un niño inquieto como yo se me hiciesen eternas.

Pero yo en ese momento no estaba venciendo en ninguna batalla en el norte de África ni en centroeuropa, y a aquel soldado, solo lo tenía en mi mano mientras las miraba a ellas, que estaban a mi izquierda, en la cocina y que yo veía porque las puertas de hierro pintadas de negro estaban abiertas de par en par para intentar paliar el tórrido calor que, a pesar de que la tarde había avanzado bastante, no terminaba de irse y para eso, yo primero había refrescado el suelo con la manguera, que era lo mejor que me podían dar, mejor incluso que un sobre lleno de soldados de la Segunda Guerra Mundial, y yo lo había hecho porque quería sentarme allí a mirarlas.

Mi abuela estaba de pie, en la parte derecha, donde estaban los muebles de cocina, el fregadero y los fuegos y mientras trasteaba algo que yo no lograba ver y sin terminar de volverse por completo, le hablaba a mi madre que estaba a la izquierda de mi visión, sentada en una silla con un vestido, mirándola dulcemente, como una niña que quiere mucho a su madre, mientras yo las miraba a las dos, y en la radio Aiwa que nos habíamos traído de Melilla, enorme, de color negro y que olía a plástico nuevo, sonaba “Perdido amor”, el éxito de aquel verano, y nunca he sabido porqué aquel instante se me quedó tan clavado y lo sigo recordando vívidamente a través de los años, tal vez sea porque aquel instante, fue un instante de plena felicidad infantil, ese breve instante que todos queremos que nos dure toda la vida y que no se vaya nunca, pero que siempre es fugaz y dolorosamente breve, aunque tal vez no sea así, porque en días malos, cuando todo se tuerce, cuando nada sale bien, siempre pongo aquella canción y me imagino sentado de nuevo en el suelo verde de aquel patio, entre la pila y el jazmín, mientras las miro y entonces me siento mucho mejor y pienso que todo va a cambiar y que todo va a salir bien, porque ellas dos están allí.

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