Se habla mucho estos días de la creatividad que está brotando de esta inusitada situación de cuarentena que vivimos todos los españoles (solo 4 días de momento). Es cierto que el confinamiento es un vergel para la creatividad. El filósofo Antonio Escohotado vislumbró en la cárcel su loada Historia General de las Drogas y Miguel de Cervantes dio vida a la primera parte del Quijote en prisión.

Esto es una noticia positiva para todos, aunque nuestra situación dista mucho de ser la misma que la de un encarcelado. Hay otros que sí pueden llegar a sentirse como en una prisión en estos momentos y no son otros que los más vulnerables en esta guerra contra la pandemia, las personas mayores, aquellos gracias a los cuales hoy somos lo que somos.

Quizá peco algo de yoismo, pero opino que la situación lo merece. La primera persona en la que pensé cuando se decretó el Estado de Alarma fue en mi abuelo B. Mi abuelo padece demencia y sufrió un ictus hace escasos meses. Desde entonces pasa los días en una residencia donde le brindan todos los cuidados que necesita, y donde los profesionales sanitarios y de servicios sociales se preocupan cada día de que se sienta como en casa.

El problema es que B. no sabe cómo es su casa desde hace tiempo, no la recuerda, ni sabe la dirección. Mi abuelo se agarra al instante presente como mejor puede, pero enseguida se desvanece entre sus dedos, muy a su pesar. Confuso, desorientado, le gustaría saber, pero no es posible. Es una lucha contra la nada, pero siento que él sigue luchando. Su mirada es triste y solo algún destello consigue cambiar su rictus. Quedarse sin recuerdos es de la peor de las suertes. Es un mazazo para el que ninguno estamos preparados.

La residencia de B. no permite ninguna visita desde que estallase la pandemia, para evitar posibles contagios entre los residentes, personas muy vulnerables. Este cierre (comprensible) durará, al menos, 14 días. Son 14 días en los que B., que no sabe lo que está pasando fuera, que no puede comprender lo que es el coronavirus, simplemente verá que nadie va a verle.

Estará solo, solo de verdad, un día tras otro. Es una de las situaciones más crueles que podrían ocurrir. Me aterra pensar que pueda llegar a creer que le hemos olvidado, que estará ya allí sin compañía para lo que quede. Es una injusticia que esas personas que tanto se sacrificaron, que vivieron una posguerra terrible, que saben lo que es el hambre y el confinamiento que de la pobreza tengan que pasar ahora por un segundo aislamiento, también forzado, ahora que son vulnerables y necesitan más que nunca el cariño de los demás.

¿Saben? De momento no llevo mal el Estado de Alarma, pero deseo con toda mi alma que pase para volver a dar un abrazo a aquellos que más lo necesitan. A B., al que se le volverá a iluminar el rostro cuando todo esto pase y estemos al lado suyo, cuando le acariciemos y vea que siempre hemos estado con él, aun en la distancia. Ojalá sea más pronto que tarde.

Ojalá todos reconozcamos a estas personas, a los que la vida ha tratado con peor suerte que a nosotros. Ojalá la soledad no les haga sentirse prisioneros. Ojalá nuestra generación siga su ejemplo de entereza y valentía y afronte este reto como ellos afrontaron el suyo, en tiempos peores.

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