En Inglaterra se le llamó el “partido fantasma” y en España ni siquiera se le puso nombre. Quedó como un mal recuerdo, aunque fue mucho más que eso. Fue el primer partido de competición europea que se jugó a puerta cerrada. Lo disputaron el West Ham y el Castilla el 1 de octubre de 1980, primera ronda de la Recopa. Un mínimo inciso para decir que el Castilla era el equipo de moda en España. Debutaba en Europa después de haber sido subcampeón de la Copa del Rey. Dado que el Real Madrid, el campeón, había ganado también la Liga, el filial madridista completaba su año mágico con su estreno internacional. Otro inciso más para apuntar algo menos conocido: el West Ham también era un equipo de segunda división. Había ganado la FA Cup al Arsenal (1-0) y tardaría un año en ascender.

En el partido de ida, el 17 de septiembre, la ciudad de Madrid sufrió en carne propia eso que una década antes se había dado en llamar “hooliganismo”. Hasta entonces era una enfermedad británica circunscrita a las islas; un virus ajeno, permitan el comentario en estos tiempos turbulentos. Faltaban ocho años para Heysel.

Antes del partido se registraron los primeros incidentes. Durante el encuentro, los ultras del West Ham se dedicaron a orinar desde el primer anfiteatro sobre los espectadores de la grada de preferencia. Finalizado el choque, y quién sabe si más alterados aún por la derrota (3-1), prosiguió la batalla campal en los alrededores del estadio Bernabéu. A los destrozos materiales se sumaron 50 detenidos y un muerto, un seguidor inglés atropellado por un autobús.

La UEFA tomó cartas en el asunto y anunció medidas ejemplares. En una primera decisión determinó la clausura del estadio del West Ham durante dos partidos de competición europea y una multa de 7.750 libras. El club inglés tendría que buscar un campo alternativo a no menos de 300 kilómetros de Londres. El Sunderland propuso su estadio y el ofrecimiento fue aceptado.

El West Ham apeló y su recurso enfureció a la UEFA, que endureció la sanción. El equipo debía jugar finalmente a puerta cerrada en su propio estadio, Upton Park. El club perdía así el ingreso de la recaudación, superior a la sanción económica estimada en principio, y los aficionados no tendrían la posibilidad de ver a su equipo, aunque fuera cerca de Escocia.

En la historia de las competiciones europeas nunca se había organizado un partido a puerta cerrada, de modo que hubo que definir las condiciones. Sólo podían acceder al estadio jugadores y equipos técnicos, árbitros, directivos, personal administrativo, policía y periodistas. En total, 262 personas.

Únicamente quedaba un asunto por resolver, la televisión. La BBC lo tenía todo preparado para retransmitir el partido, pero la UEFA se opuso: “A puerta cerrada significa a puerta cerrada”. El West Ham barajó entonces la posibilidad de ofrecer el partido por circuito cerrado y proyectarlo en algunos cines de la zona. También eso fue prohibido. Nadie vería el partido salvo los 262 testigos autorizados.

Y así se jugó. El encuentro fue tan extraño que no se mostraron tarjetas a pesar de lo dramático de la eliminatoria. Se dice que ni un solo jugador fingió una falta. Ningún futbolista protestó al árbitro, quizá cohibidos todos por el silencio general. Cuentan que desde el campo se escuchaba un transistor encendido.

La tensión debió ser máxima. Bernal forzó la prórroga con un tiro desde 30 metros (63’) y en el tiempo extra se desmoronó el Castilla (5-1).

Por cierto, el West Ham vestía de blanco.

Fuera del estadio los aficionados festejaron la clasificación y proclamaron héroe a David Cross, autor de tres goles, dos en la prórroga. Ghosts of Glory, tituló un periódico. Nadie titula como los ingleses.

En España corrimos un tupido velo. En plena construcción del mito de las remontadas europeas del Real Madrid, el traspié del filial se archivó como una anécdota. Pero no lo fue. Fue un precedente que estos días, tristemente, se transformará en costumbre.  

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