Parece casi anecdótico. Mientras que por culpa de la pandemia que azota nuestro país el gobierno se ha visto obligado a pedirnos que nos confinemos en nuestras respectivas casas, el precio del combustible, uno de mayores gastos a los que se enfrentaban recurrentemente las familias, parece haberse desplomado justo ahora que las familias no pueden beneficiarse de ello.

La Agencia Internacional de La Energía (AIE) ya vaticinaba caídas próximas a los 730.000 barriles al día y eso (aunque bien es cierto que el mercado del petróleo no responde directamente a las leyes de la oferta y la demanda debido al control que cárteles como la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ejercen sobre los precios), indudablemente, ha contribuido a que el precio del barril de petróleo haya caído a cerca de un tercio de su valor en apenas 3 meses.

Concluir que el precio del barril ha experimentado esta caída debido únicamente a la reducción de la demanda es interpretar la realidad con un enfoque demasiado simplista. Si este fuera el problema la solución sería evidente. ¿Por qué la OPEP, organización creada para regular los precios del petróleo no reduce su producción de crudo hasta niveles que permitan mantener el precio del barril por encima de los 60 euros como venía sucediendo hasta ahora? Para responder a esto hay que entender las dinámicas que se dan en esta organización.

La OPEP ya había previsto caídas de la demanda similares a las que vaticinaba la AIE y, por ello, decidieron, de acuerdo con el analista Craig Erlam¸reunirse con Rusia para limitar la extracción de barriles de petróleo en cerca del millón de barriles diarios, lo que les permitiría ajustar las cuotas de producción para mantener estable el precio.

Rusia, consciente de que reducir su producción podría suponer un golpe más a su cada vez más débil economía y de que los precios altos de petróleo favorecen el desarrollo del fracking, (tecnología empleada por su rival Estados Unidos, en la extracción de petróleo), decidieron desoír las recomendaciones de los 14 países que conforman la OPEP y aumentar su producción de petróleo, esperanzado de que la OPEP se viera obligada a absorber esa reducción de precios, permitiéndole a Rusia mantener su margen de beneficio intacto.

Pragmáticamente, la decisión rusa pudo ser acertada, pero Arabia Saudita, consecuente con su plan de reducir su dependencia del petróleo (que los llevó a la privatización del 5% de la petrolera estatal Saudi Aramco a finales de 2016) y conscientes de su ventaja en los márgenes de beneficio por barril, decidió inundar el mercado con petróleo barato, lo que empujó el precio a los niveles actuales.

Las consecuencias de esta decisión pueden ser catastróficas para muchos países. Reino Unido, Canadá, Estados Unidos o Noruega van a ver su actividad petrolera reducida enormemente porque, simplemente, los precios de extracción de sus barriles de petróleo son demasiado elevados. Venezuela y otros países «petro-dependientes» en vías de desarrollo van a ver más asediada aún su economía, lo que los llevará a incurrir en déficits públicos muy elevados y, probablemente, hiperinflación. Arabia Saudí puede ver como su economía (que no pasa por sus mejores momentos) continúa registrando déficits y como su rival político Irán consigue hacerse con parte de la cuota de mercado gracias a sus bajos precios de extracción.

En cambio, nosotros, el consumidor medio, solo podemos esperar a que el riesgo de contagio se reduzca para disfrutar de depósitos cuyo precio bajará, a menudo, de los 55 euros.

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