«El infierno es muy parecido a Londres: una ciudad populosa y llena de humo». P. B. Shelly

Era el invierno de 1952. Las temperaturas descendieron más de lo esperado en Londres y el carbón, que se usaba como calefacción, ardía con frenesí. Las luces de los autobuses ya se usaban como linterna callejera y a las parejas que paseaban por la tarde las abrazaba una tercera en discordia. Ya en 1885, el mismísimo Sherlock Holmes permaneció confinado en casa debido a “unos remolinos pardos y grasientos que se condensaban como gotas de aceite en las ventanas”. Charles Dickens definió la niebla londinense como pea-souper (sopa de guisantes), por su color amarillento. Claude Monet decía que la ciudad no sería tan hermosa sin su niebla.

En la capital británica la niebla (o fog) ha sido, es y será un fenómeno muy habitual, pero aquella vez la costumbre se volvió más lúgubre de lo habitual. La niebla lo devoraba todo, incluidos a los londinenses. El tópico que envolvía Londres sesgaba ahora las vidas de sus habitantes. Ya no era Jack el Destripador el que esperaba a sus víctimas tras el manto blanco. Era el miedo.

La Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII generó que mucha gente se trasladara de los pueblos de alrededor hasta Londres, disparando el smog durante los meses de invierno. Además, la modernización hizo que se cambiase la leña por el carbón. Aquel frío inusual en los primeros días de diciembre de 1952 obligó a quemar más carbón para mantener las calefacciones en funcionamiento, y los humos de las fábricas, de los vehículos y de las casas se acumularon sobre el cielo londinense ante la ausencia de viento que moviese la nube. Más de medio medio millón de hogares utilizaban carbón como energía a pleno pulmón y se produjo una inversión térmica que hizo que dentro de la niebla se originase una peligrosa combinación de contaminantes. 

Del 4 al 9 de diciembre las escuelas suspendieron clases, los conciertos y espectáculos se cancelaron, una representación de la ópera La traviata en el Sadler’s Wells Theater se canceló porque desde el patio de butacas no se podía ver el escenario. Los coches dejaron de circular por las calles debido a la reducción de visibilidad en toda la ciudad. Pasaban los días, y la niebla no remitía, se hacía cada vez más intensa. Londres quedó paralizada salvo por el estricto cumplimiento de una de sus costumbres más arraigadas: la carrera de campo a través entre los equipos de Oxford y Cambridge en Wimbledon. Solo el griterío de los jueces consiguió guiar a los confusos corredores con mascarilla en medio de los gases tóxicos: «¡Por aquí, por aquí!».

2 de enero de 1954: el portero del Arsenal, Jack Kelsey, busca de la pelota entre la niebla. La niebla era tan espesa que el partido tuvo que suspenderse.

La oscuridad siempre atrae a los monstruos. Se produjo un aumento de los actos vandálicos y criminales. Hubo saqueos, robos y agresiones. Pero lo peor fueron los muertos que la niebla dejó a su paso. Cuando se disipó el 9 de diciembre, la cifra de fallecidos era de al menos 4.000 y más de 150.000 personas fueron hospitalizadas. Hoy, recientes estudios británicos señalan que la cifra de víctimas mortales estuvo alrededor de 12.000. Como en los días aciagos que vivimos estos días, los niños, pero sobre todo, un gran número de ancianos, perecieron debido a infecciones en los pulmones u obstrucción de las vías respiratorias.

El infierno duró cuatro días, pero las consecuencias entraron en la historia. El fuerte viento que arreció en Londres el 9 de diciembre barrió la Gran Niebla y la ciudad empezó a respirar. Ante el desastre medioambiental, el parlamento británico aprobó la Ley de Aire Limpio (Clean Air Act) en 1956, con la que se limitó el uso del carbón para procesos industriales y se tomaron una serie de medidas que buscaban apostar por el uso de energías más limpias.

El corresponsal del ABC describió de esta manera lo que ocurrió durante aquellos fatídicos días nublados:

«Estas nieblas espesas, casi sólidas, que se comen a los autobuses precedidos por un hombre de a pie con un hachón de resina en la mano; que apagan el sonido; que obligan a los cines a anunciar al público que la visibilidad de la pantalla no pasa de la cuarta fila; que suspende, como ocurrió el 8 de diciembre último una representación de La Traviata por laringitis súbita del tenor y de las dos sopranos y porque los coros no alcanzaban a divisar la batuta del maestro; que entra también en las casas y en los pulmones; que ensucia los muebles y ennegrece las ropas y la saliva, que se pega a los vidrios, a las cortinas y a los cuadros, es el azote de los cardíacos, de los asmáticos y de los que tienen los bronquios en la miseria y mueren. Mueren sin asistencia, en ocasiones, porque el médico no puede llegar a tiempo a través de la manta que reduce el horizonte a dos yardas».

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