Joaquín Peiró fue un crack de verdad. De esos que cuestan mucho dinero. Dejó el Atlético de Madrid para irse al Torino por 22 millones de pesetas, me contaba hoy Petón, biblia, enciclopedia atlética y fan del Torino. Una cifra de fichaje de fuste, de estrella para jugar entonces en una Liga donde los salarios eran superiores a los españoles en los inicios de los años 60. 

Peiró fue uno de los grandes descubrimientos para la generación que no tuvimos la suerte de verle en directo. Su larga zancada llamaba la atención. Lo descubrimos hace unos años cuando Telecinco emitió partidos de época dorada del gran Inter. Con los ojos como platos, pudimos ver por fin a Joaquín Peiró y descubrir que era cierto, que era diferente. Un futbolista que habría aguantado el tipo en el fútbol del siglo XXI. 

Idolo de la gente que acudía al antiguo Metropolitano en Cuatro Caminos, en Milán fue una estrella de película. Cada vez que hay un homenaje de verdad, un aniversario de enjundia, Peiró saltaba al césped de San Siro junto a Luis Suárez. El Inter le invitaba siempre a los fastos del club. 

Aquel Inter de Luis Suárez de Mazzola, de Corso, de Fachetti era el Inter de Peiró. Hace unos años, para ilustrar el poder de Luis Suárez en Italia, el ya fallecido Gustavo Biosca, ex capitán del FC Barcelona, me contaba en una tertulia que al retirarse del fútbol montó una tienda de electrodomésticos. Para conseguir una mejor distribución del producto, viajó un buen día a una fábrica a Italia y fue acompañado de Luis Suárez. La fábrica paró la producción, con todos los empleados de pie aplaudiendo al ver a Luis Suárez. Ese era el famoso Inter de Luis Suárez y de Peiró, un equipo que desde hoy tiene una leyenda menos con vida. Peiró ya está en su hall of fame.

El Inter, en la final de la Copa de Europa de 1965. Sarti, Fachetti, Bedin, Burgnich, Guarneri y Picchi; Jair, Mazzola, Peiró, Luis Suárez y Corso.

El Málaga fue el gran altavoz de Peiró en Primera División como entrenador. Lo llevó a la UEFA y construyó un equipo revelación. Pero hay un tránsito de su vida deportiva escondido, que es urgente poner de relieve. Los buenos entrenadores son los que dejan legado. Y Peiró, en 1980 se inventó un equipo maravilloso que ha quedado relegado en la memoria de forma injusta en el fútbol español.

Pedro Pablo, Pedraza y Villa. Delantera eléctrica. Con Prado, Julio Prieto, Mínguez, Marina, en el medio del campo. Muy buenos futbolistas, que les gustaba como a Peiró el buen fútbol, el de toque, y el de transición con vértigo. 

Todos aquellos chicos del Atlético Madrileño que dirigía Peiró fueron profesionales, internacionales algunos. Otros como Pradito, enorme en la conducción pero de corta estatura y que su físico no le permitió ser futbolista de élite. Merecieron primer equipo Prado o Juanín, igual que sí lo disfrutaron Mejías, el portero; Clemente o Marina. 

Cuenta Juan Carlos Pedraza, que él fue futbolista gracias a aquel novel Joaquín Peiró entrenador. Les enseñó fútbol y urbanidad. Les mostró la importancia de vestir bien. Peiró era para aquellos chicos en el vestuario el gentleman. Pedraza aprendió a presionar y a regatear menos. Eso le sirvió para ser luego internacional absoluto. Y aprendió, como el resto, a comer spaghetti con cuchara. Peiró regresó a España con su abanico de costumbres italianas, que calaron en aquel vestuario de chavales con hambre de gloria. 

Falleció Joaquín Peiró. El alzheimer le quitó a última hora historias de su vida, pero su fútbol, ser estrella en el Calcio y sacar jóvenes para su club, en un momento de penuria económica, jamás se olvidarán. El Galgo es más leyenda ahora en el nuevo Metropolitano, el Wanda.

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