Suelo regatear las críticas hasta que veo la película en cuestión. Con Parásitos ha sido complicado, al ser tema recurrente en todos los mentideros, con decisión unánime del senado cinéfilo.

El director no muestra un ápice de clemencia y realiza una sátira despiadada hacia la falta de identidad de su occidentalizado país. A Boong Joon-ho parece no gustarle la sumisión de sus compatriotas a los postulados yanquis y así lo hace saber a través de todos los estamentos de una sociedad que necesita más infusiones de ciruela. La película danza sin red sobre la delgada línea entre la cruda realidad y el esperpento.

Mensajes aparte, la grandeza de Parásitos reside en la forma de narrar. Habría que ver si fue antes el huevo o la gallina, pero es innegable que el coreano bebe de fuentes tarantinianas, momentos pies incluidos. Tras una leve introducción para conocer a los personajes, la historia desemboca en un galimatías lleno curvas, resaltos y badenes en los que no hay respiro entre carcajada y carcajada. Cuando más negra, violenta y disparatada se viste la tragicomedia, no puedo evitar teletransportarme a la pensión de «El día de la bestia», irónicamente dentro de una mansión de revista, con techos y ventanales infinitos.

Las aristas de los personajes, convertidos en chanantes andantes, contribuyen a este maravilloso caos. Cada detalle de cada personaje está hecho a conciencia, cada palabra tiene contenido, cada diálogo es un columpio asesino.

Parásitos es un exceso de todo en la que no sobra nada, salimos del cine con la serotonina disparada, recordándonos, unos a otros, momentos desternillantes de esta salvajada anfetamínica, con la sensación de que hemos volado a lomos del Liverpool de Klopp.

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