Para los amantes de las conspiraciones: el papel higiénico es un invento chino. El asunto no debería resultarnos tan extraño si pensamos que los chinos inventaron el papel a secas (nunca mejor dicho). Ellos fueron los primeros que le dieron a la celulosa un uso higiénico, cuestión que llamó la atención de los viajeros occidentales. En lugar de asearse con agua, piedras, lechugas o, como hacían griegos y judíos, con pedazos de porcelana rota, los chinos usaban papel. El emperador Hongwu (siglo XIV) alcanzó el mayor de los refinamientos al utilizar un tipo de papel suave y perfumado que era exclusivo de la familia real y sus magnas posaderas.

Curiosamente, el papel higiénico de los chinos no se extendió por el mundo en la misma medida que lo hicieron los tallarines o los fuegos artificiales. En Europa no se negaba la utilidad limpiadora del papel, pero quedaba reservado para las emergencias. Lord Chesterfield animaba al uso de periódicos o libros, después, eso sí, de la atenta lectura de sus páginas (aquí el orden es importante).

Joseph C. Gayetty, vecino de Nueva York, argumentó contra los perversos efectos de la tinta en zona tan sensible y en diciembre de 1857 vendió el primer papel de uso higiénico y medicinal para cubrir lo que él mismo denominó como “la mayor necesidad de nuestra era”. En cada hoja, lubricada con aloe, aparecía estampado su nombre (JC Gayetty NY) con una marca de agua, en lo que podría considerarse una dudosa estrategia de marketing.

Seth Wheeler, otro estadounidense, aportó a la humanidad el primer rolllo de papel higiénico, aunque los ingleses reivindican para tal mérito el nombre de Walter Alcock. No es importante. Ninguno de los dos consiguió que la Reina Victoria se limpiara con el tisú enrollable. Su Majestad seguía prefiriendo las aterciopeladas páginas del Times.

Los hermanos Scott de Philadelphia (Irving y Clarence) aprovecharon el conocimiento anterior para comercializar el primer rollo de papel higiénico y constituir lo que terminó por ser un gigante empresarial: la Scott Paper Company, adquirida (incluido el perro Scottex) por Kimberly-Clark en 1995.

Pero no corramos tanto. La Segunda Guerra Mundial fue clave en la extensión del papel higiénico. A los soldados británicos se les daban tres hojas al día y a los estadounidenses 22, lo que da muestra del fluido tracto intestinal de los americanos. El humor británico en tiempos de guerra ha quedado de manifiesto en un rollo de papel higiénico de la época subastado en 2019 por 160 libras. En él, junto a otras figuras del régimen nazi, aparece Hitler con la siguiente la leyenda: “Ahora lo tengo todo tan marrón como la camisa”.

Hilter en rollo.

En nuestro país, el papel higiénico entró en los años 50 del pasado siglo a partir de la producción de la Papelera Española. Hasta entonces, se utilizaban cuartillas de papel o periódico disponibles en un gancho clavado en la pared. Al nuevo papel higiénico se le llamó Elefante, aunque el nombre no figuraba en el celofán que envolvía los rollos. Lo que sí estaba impreso era un enorme elefante rojo que parecía decirnos que el papel había sido testado en los traseros más prominentes. Hasta bien entrados los años 80, el papel Elefante sobrevivió en cuartos de baños por los que no pasaba el tiempo ni la desinfección.

El papel Elefante, ahora convertido en mito y a la venta en Wallapop, era de color marrón (o camuflaje), satinado por una cara y áspero por la otra, sin que nadie tuviera claro cuál era mejor utilizar, si la cara resbaladiza o la que favorecía el peeling rectal.

Queda claro, por tanto, que el afán de los ciudadanos por hacer acopio de papel higiénico en estos tiempos de crisis no es un impulso atávico, sino un hábito casi recién adquirido. Los japoneses la superaron hace décadas instalando en sus retretes un sistema de chorros acuáticos similar a las fuentes del Bellagio. En su caso, el papel higiénico ha quedado como instrumento decorativo sometido al toilegami, que consiste en doblar los primeros cuadrados al modo de la papiroflexia. Los japoneses son seres superiores.

Y para finalizar, un dato. La producción mundial de papel higiénico consume 27.000 árboles al día, con los estadounidenses a la cabeza del arboricidio: 23’6 rollos por persona al año.

Y luego nos preguntaremos, cándidos, por qué nos ataca la naturaleza.

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