A las siete de la mañana del sábado le levantaron a él: mi hermano. 

—¿Puedes venir antes al hospital que estamos desbordados? 

Tenía un turno leve de sábado como le corresponde un fin de semana de cada tres. Pero no cabe duda de que fue una mañana durísima, un paciente tras otro, sin descanso, como si se tratase de una cadena de alimentación.

Felipe lleva desde el año 97 en la medicina, cuando arrancó la especialidad en el hospital Doce de Octubre y nunca había visto nada igual. Cuando hablé con él a las siete de la tarde las preguntas sobraban. El cansancio no se disimulaba en sus respuestas. El precio de una semana y de lo que vendrá. El precio de una vocación en la que uno entiende que, si un chaval no te dice que quiere estudiar algo relacionado con la salud, tú no se lo debes proponer: la vocación existe o no existe. La vocación es innegociable.

A la noche, desde los balcones de toda España, mi hermano pudo ser uno de esos sanitarios a los que la ciudadanía entregó una mayúscula ovación. Uno de esos miles de héroes anónimos de los que enorgullecerse en estos días que algún día pasarán. Pero siempre nos quedará un recuerdo como ése: las fotografías y los vídeos de esos balcones incapaces de renunciar a la emoción. Un aplauso infinitamente más necesario que el que acompaña a un gol por la escuadra. Uno de esos días, en definitiva, que provocaron que Gabriel, un vecino cuya mujer es enfermera y cuya hija es médico, se encargase de recordárnoslo durante toda la tarde por Whatsapp: 
—A las 10 no se os olvide salir al balcón. 

Él lo vive en casa. 

Y nosotros salimos al balcón. Y nuestros aplausos viajaron en busca de su mujer y de su hija. Y de mi hermano. Y de miles de sanitarios que no conocemos, como Noel, que trabaja en la secretaria del Hospital de La Princesa donde siempre hay faena. O como Juan Antonio, que a esas horas estaba con la ambulancia del SAMUR en cualquier barrio de Madrid. No le quise molestar. Pero yo me acordé de él porque el atletismo, como a Noel, me permitió conocerle hace años. Y es un buen tipo que también anda por ahí estos días arriesgando su salud. Y eso no tiene precio. No se puede pensar en ellos sin enorgullecerse y en mi caso viajar a aquellos libros de anatomía que en nuestra juventud andaban por nuestra habitación y que a mí me parecían infranqueables. Eran los de mi hermano. 

El sábado uno no podía cansarse de aplaudir. No hubiera sido justo. Es más, no me parecía justo escribir hoy de deporte estando como estamos. Por eso intuí que debía escribir de esto, que quería escribir de esto. Pero justo esta mañana, paseando por las redes sociales, he leído a Roberto, un guardia civil de Laredo cuya mujer trabaja en un supermercado escribir una dedicatoria hacia ella y hacia su brutal esfuerzo en estos días, como el de toda la gente que trabaja en los supermercados. Y la diferencia es que ésa no es una profesión vocacional. Y nadie ha pedido una ovación para ellos, que siempre están ahí manejando dinero, cargando peso, trabajando con unas medidas de seguridad muy leves, expuestos durante horas a este maldito virus que se ha presentado como un tiburón en la orilla de una playa. Y por eso Roberto escribía así de su mujer desde Laredo: 

—Hoy, ella se ha ido a trabajar tan voluntariosamente como siempre, implicada como nadie y sonriendo frente a la tormenta. 

Y, si a ustedes no les parece mal, yo también pido una ovación para ella y para todos los empleados de supermercados que, durante esta semana, me parece que  nos han dado mil y un motivos para reservar un momento para ellos. Y para ponernos en su lugar. Y para aprender de su paciencia. Y para entender su cansancio tantas horas de pie. Y, por supuesto, para aplaudirles como sólo se aplaude a los héroes en tiempos tan duros como estos. 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here