Puede que para la mayoría de los mortales sea una simple coincidencia. Solamente es una casualidad. Pero no para mí. Y tampoco para él. Se llama Julio y está conmigo desde siempre. Otra vez el 10. El 10 de noviembre nos fuimos de la Copa, el 10 de marzo nos quedamos sin Champions y el 10 de abril nos hemos quedado sin Liga. Demasiados dieces. Al menos para nosotros.

Siempre estuvo allí. A principios del año 2002 me regalaron por mi cumpleaños ser socio y abonado del Real Madrid. Era una abono discreto. En el fondo norte del estadio. Cuando fui a mi primer partido, ahí estaba. Llegaba con su hijo media hora antes del partido y comentaba la revista que el club deja en los asientos. Su hijo se llamaba Julio… por supuesto. Tendría unos 28 años y no faltaba a ningún partido. Siempre sentado al lado de su padre. Yo solía ir solo aunque cuando el dinero y las circunstancias me lo permitían llevaba a mi hijo mayor. Ocho años recién cumplidos tenía Jesús la primera vez que se vino conmigo. Julio y su hijo nos acogieron con cariño. Gritábamos los goles juntos. Nos metíamos con el contrario juntos. Y silbábamos a Guti juntos.

Nunca nos encontramos fuera del futbol. Era nuestra vía de escape. Éramos amigos de estadio. Nos abrazábamos como hermanos. Alguna vez, como cuando conseguimos clasificarnos para la final de la Novena, pude llevarme a Jesús. ¡Qué noche! Los dos Julios, Jesús y yo salimos tan excitados que apenas pudimos dormir. Aparte de su pasión poco más sabía de ellos. Vivían en Alcalá de Henares. Julio hijo estaba casado y a principios de 2003 tuvo a su primer hijo. Cuando el partido era aburrido nos dedicábamos a hablar de las inquietudes de los enanos: que si llora mucho; que si ha echado los dientes; que si Jesús había entrado en un equipo de futbol; que si el pequeño Julio empezaba a andar….

Y así seguimos partido tras partido, temporada tras temporada. Con la maravillosa volea de Zidane en la retina que los Julios, como los llamábamos cariñosamente, pudieron vivir en directo en Glasgow. ¡Qué recuerdos! Pero ninguno como la noche del 10 de marzo de 2004. Ese día había partido grande. Había que remontar un empate cosechado en el campo del Bayern. Solo hacia falta un gol y aguantar toda la presión del mundo por parte germana. El equipo necesitaba de una de esas mágicas noches europeas. Y nosotros pusimos todo de nuestra parte. Los cuatro con nuestra camiseta oficial, banderas, bufandas y trompetas. El Bernabéu no es precisamente un estadio animado pero al menos nosotros nos desgañitábamos como si fuéramos los únicos en el estadio.

En el minuto 32 Zidane remachaba un centro de Míchel Salgado y el estadio parecía venirse abajo. Tocaba sufrir. Quedaba mucho tiempo por delante y los alemanes apretaron. Fue un partido en el que nos comíamos las uñas pero al final conseguimos superar la eliminatoria. Los Julios solían salir antes de los partidos porque tenían un largo camino hasta casa. Pero aquella era una noche especial y aguantaron hasta el final. Nos despedimos como de costumbre. El sábado siguiente jugábamos contra el Zaragoza y como siempre quedamos en la cafetería Bríos para tomarnos unas cañas antes.

Al día siguiente todos sabemos cómo amaneció Madrid. La tristeza inundó la ciudad. Desde esa misma mañana una nube negra pareció cubrir el animo de todos los madrileños. Pero al siguiente sábado cumplí con mi rutina. Cogí mi bufanda y con el ánimo por los suelos fui al Bernabéu con el tiempo suficiente para cumplir con mis amigos. Llegué a Bríos, esperé y esperé pero ninguno de mis amigos apareció. Subí a mi asiento esperándolos pero tampoco aparecieron. El santuario blanco parecía un cementerio mientras la radio explicaba las consecuencias de la tragedia ocurrida tan solo ds días antes. El estadio estaba lleno pero ninguno de los 85.000 que allí estábamos atendíamos al partido. Ni siquiera los jugadores. Ganaron pero justo ahí empezó su tragedia.

No me gusta recordar el final de temporada de ese 2004. El Real Madrid se dejó recuperar una distancia histórica en Liga. Cayó eliminado en la siguiente ronda contra un equipo de segunda fila como el Mónaco y se vino abajo por completo. Pero yo no podía quitarme de la cabeza a mis amigos, los Julios. Esos dos asientos se quedaron vacíos el resto de la temporada. Yo iba cada 15 días pero siempre me encontraba esas butacas vacías. No quería creerlo pero no podía evitar pensar en ello. Terminó la temporada desastrosamente y el club trato de revitalizar la ilusión con la contratación de José Antonio Camacho. Una llamada a los valores históricos del Real Madrid. En el primer partido de la temporada, el de mayor ilusión, vi aparecer a Julio otra vez por el vomitorio.

Llegó solo y cabizbajo a su asiento. Pareció no reparar en mi presencia, pero enseguida llamé su atención. Me miró melancólico y quiso de saludarme, pero su garganta parecía ahogada. No pude reprimir el abrazo en el que nos fundimos. Entonces sí descargó su frustración. «Me cuesta venir aquí. Es demasiado difícil. Si te digo la verdad amigo, una de las cosas que me ayudaron a volver era poder saludarte de nuevo», trató de justificarse.

«Lo siento amigo. Nada de lo que te diga creo que pueda ayudarte, pero aquí estaré para lo que quieras». Apenas recuerdo aquel partido. Julio no hacía más que mirar al asiento vacío de su hijo. Y yo, sinceramente, estaba más atento de su estado de ánimo que de lo que ocurría sobre el verde.  A los 10 minutos de iniciarse la segunda parte Julio comenzó a recoger sus cosas. Lo miré sin decir nada. Y el sin levantar la mirada de sus ocupaciones me dijo: «Lo siento Juanma, no puedo seguir aquí. No sé cuándo nos volveremos a ver, pero si sigues por aquí estoy seguro de que lo haremos». Ninguno de los dos pudo evitar el nudo en el estomago. Esa sensación de impotencia que lo único que conseguía era hacernos llorar como niños. Esa melancolía que desde hacia meses parecía inundar la ciudad.

Tardó tiempo en volver. En ocasiones algún familiar ocupaba sus asientos. Otras veces venía él con algún amigo, pero no era capaz de fijarse en el partido. Parecía ido. Hablaba de cualquier cosa menos del juego. Era como si no quisiera mirar. Su ilusión había volado por los aires como todas sus esperanzas después de aquella mañana de marzo de 2004. Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Alguna Copa que otra, pero no conseguía recordar a ese Julio que me recibió como un igual años atrás. Se ganaron Ligas pero la ilusión seguía enterrada, al menos en su mirada. El recuerdo de las mágicas noches europeas estaba demasiado grabado en su corazón.

Año tras año volvíamos a tropezar. Como si ese 10 de marzo de 2004 se hubiera sepultado cualquier esperanza. Medio en serio, medio en broma alguna vez me dijo: «Esto parece una maldición. Es como si mi hijo nos impidiera llegar más lejos. Como si estuviera enfadado con el mundo. Como una venganza…». Luego esbozaba una media sonrisa, pero en el fondo parecía que ese resquemor seguía dentro de él. No volví a ver ese brillo de ilusión en sus ojos hasta el primer partido de esta temporada.

Con las noticias y escándalos generados por el Madrid en el año anterior, solo una persona parecía capaz de renovar la ilusión: Florentino Pérez. Se presentó como único candidato y renovó el equipo con las estrellas más rutilantes: Cristiano Ronaldo y Kaká. El madridismo parecía excitado pero mi ilusión seguía pendiente de confirmarse hasta que no volviera a ver a mi amigo. Y llegó el primer partido. Habíamos perdido ya la costumbre de quedar en un bar antes de entrar, así que Jesús y yo nos fuimos directamente a nuestros asientos. ¿Cuál fue mi sorpresa al aparecer por el vomitorio y ver a Julio con un niño de apenas 10 añitos? Mi hijo Jesús era un preadolescente al que ya le asomaban el caminillo de hormigas debajo del bigote y relacionando aquel mozalbete que acompañaba a Julio sólo podía ser…

—Hola Juanma, ¿qué tal estais? Aquí os presento a Julio junior. Mi nieto.

Entonces, por un momento, me pareció volver a ver resplandecer ese brillo en sus ojos.

Parece que ha recobrado la ilusión. No se pierde un solo partido. Llueva o nieve. Por la tarde o por la noche. A diario o en fin de semana. Ninguno de los dos ha faltado este año. Ni siquiera después del Alcorconazo. Ahí estaban. Guardándome el asiento cada vez que las luces del estadio iluminaban mi rostro. Pero esta temporada en la que he podido recuperar a mi amigo, parece que el destino se empeña en recordarle el pasado. Tres veces nos hemos quedado sin aspiraciones este año. Tres veces nos han dejado en la cuneta en las únicas tres competiciones que disputábamos. Y las tres en día 10. Pero siguen viniendo y con la misma ilusión. No creo que haya mucha gente a la que el día 10 le traiga tantos recuerdos. Se merecen tener por fin una noche de gloria. Una noche para volver a tener esperanza. Para que haga las paces consigo mismo y con su hijo. Tengo mas ilusión por celebrar una noche así con él y con su nieto que por el hecho de pasar a cuartos. Necesito volver a verle sonreír como entonces. Su nieto lo necesita. Y antes o después sé que volveré a compartir con el esas noches mágicas. Seguro.

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