La vida es demasiado corta para no hacer lo que te gusta. Para no desmelenarte y hacer locuras. Para no disfrutar de los pequeños placeres. La vida es demasiado corta como para desaprovecharla en cuestiones monótonas, insulsas e insípidas. Que se lo digan a Piero Manzoni, con su Merde dArtista, que solo buscaba un aspecto de la realidad, extendido como verdad irrefutable, para desmantelarlo y dejar en evidencia a todo aquel que creyó en aquello.

Al concepto de wrestling se le achaca, pues, el síndrome de la Merde dArtista. La lucha libre es falsa, es de mentira, no es real. Por si hay algún despistado, la obra de Manzoni tampoco lo era.

El wrestling es una bobada. Es divertimento, es absurdo, es nimio. Por si hay algún despistado, la obra de Manzoni también lo era. El propio Manzoni nos ofreció, pues, una nueva lección: no hace falta que algo sea tangible, factible y hacedero para que tenga valor por sí mismo. De hecho, ni siquiera hace falta que sea real.

El wrestling es cosa de niños. Sí, de niños. Y yo me pregunto: ¿por qué a un niño se le puede explicar una ilustración cualquiera, pero no un cuadro de Pollock? Porque ahí es dónde reside la magia. En lo inefable. En lo inexplicable. En lo obtuso. En lo inentendible.

El ser humano tiende a rechazar aquello que no conoce, aquello que cree que no se adecua al comportamiento habitual del ciudadano medio. Si no entra dentro de mi zona de confort, lo deshecho. Si se desvía mínimamente de la convención, lo deshecho. Si no está en la línea de la corrección política, lo deshecho. Y eso es lo que te encierra en esas paredes monótonas, insulsas e insípidas. En esa iniquidad orgánica y excluyente.

Por eso la gente no entiende a Manzoni, ni a Pollock, ni al wrestling. Porque va más allá de la fachada, de la primera impresión. A ninguno les importa el qué dirán. Ni el herir sensibilidades. Ni el ser o no comprendidos. Solo les importa la historia, esa que hay detrás. Y está ahí para el que quiera entender. Ad infinitum. Sin trampa ni cartón. Eso es lo que son. Si miras bien, claro. Si retiras el filtro del escepticismo, de la suspicacia y de la monomanía. Si apartas la terquedad, si entierras los tabúes y te desembarazas de los prejuicios.

El wrestling es arte. Como Pollock y como Manzoni. Un arte abstracto, indeterminado pero poderosamente elocuente. Solo hace falta mirar detenidamente. Y, como si de un polo magnético se tratara, acabar absorto y desnortado. Entre líneas. Entre combates. Entre historias. Entre belleza conceptual. Entre movimientos. Entre personas que fluctúan y que se entrelazan en un mismo espacio en una coreografía plástica que enarbola los sentidos y que demuestra que el arte es inexplicable, que va más allá de cualquier idea racional o científica. De cualquier irrefutabilidad, de cualquier certeza, de cualquier hecho inequívoco.

El arte es arte por el hecho de serlo. Al igual que el wrestling.

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