Nunca antes habíamos echado tanto de menos abrazar, ni reír juntos. Nunca antes habíamos valorado tanto a las personas que tenemos a nuestro lado, esas a las que llamamos familia, aunque no todas sean de sangre.
Discutimos todo el rato, nos quejamos todo el rato y, a veces, decimos adiós para siempre.

La tierra lloraba cada día que nos veía, pero un trozo de nuestra alma también se lamentaba. Ahora podemos parar, reflexionar y deducir: Joder, ¡qué suerte teníamos! ¡Qué suerte tenemos!

Hemos necesitado una cuarentena para salir al balcón a gritar y cantar, para escuchar lo que el vecino quería contar, para fijarnos en quienes están a nuestro lado, para aprender de los errores y, lo más importante, para acordarnos lo que es echar de menos, porque nunca está de más un pellizco de realidad.

Como decía Juan Ruíz de Alarcón: “Nunca hay mal que por bien no venga”.

Nunca antes habíamos valorado tanto, pero nunca es tarde.

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