Odio el boxeo.

No es que no me guste, o no esté entregado a él. No. Lo odio. Con todas mis fuerzas. Soy incapaz de ver un combate, ni siquiera resúmenes o fotografías. Nada. No logro entenderlo, no puedo encontrar belleza alguna en un ser humano que le coloca hostias a otro semejante. Pega y recibe, recibe y pega. Hasta que uno de los dos cae, destrozado. Sé que estoy siendo simplista, que estoy estilizando hasta la caricatura algo que, sin duda, debe de tener mayores complicaciones. Vamos, que “miento” a sabiendas, aunque el verbo mentir lo ponga entre comillas. Pero qué se le va a hacer, al menos soy sincero. Lo odio.

Odio el boxeo pero me encanta Rey del Mundo. Rey del Mundo es un libro de David Remnick. Editor de The New Yorker, nada menos (ahora te paso mi tarjeta de visita, David, tenemos una charla pendiente). Pues bien, en esa obra Remnick traza el más certero retrato sobre el racismo en los Estados Unidos de los años 50 y 60 que yo haya leído. Que haya leído y disfrutado literariamente, vamos, no sé si me explico. Cuatro pinceladas y te haces una idea de algo que, en realidad, presenta múltiples aristas. Toda una proeza. Y Rey del Mundo es una biografía de Cassius Clay (el nombre es deliberado, ya que se centra en el Clay joven, antes de que se negase a ir a Vietnam). Es decir, un libro de boxeo. Aunque yo odie el boxeo.

Lady Tyger (Libros del K.O., 2020) es una obra sobre boxeo. Y yo odio el boxeo. Solo que me ha encantado este libro. Como con Remnick. No voy a comparar a su autora, Silvia Cruz Lapeña, con David Reminck (entre otras cosas porque, sospecho, no le gustaría nada que picase tan alto y me lo echaría en cara) pero los paralelismos existen. En los protagonistas. Aquí aparece también Muhammad Ali (ya con este nombre). Y no sale demasiado bien parado, precisamente. Lo que me reconforta bastante, porque el tipo tiene una de las figuras públicas más engañosas que existen. Pero esa es otra historia. Creo.

La de Lady Tyger tiene trazos diferentes. Aumentados, quizá. Porque fue negra en tierra de blancos, sí, pero también mujer en deporte de hombres. O deporte que se dice de hombres. Aun hoy existe cierta polémica sobre la “idoneidad” o no de dejar que las mujeres participen en combates de boxeo. Limitaciones, reglas especiales, mayor protección. Rebusquen en hemerotecas (recientes), encontrarán un montón de cosas. Imaginen, entonces, lo que tuvo que luchar (no sobre el ring, que eso no me interesa… ¿les he dicho ya que odio el boxeo?) alguien como la Lady Tyger del título, Marian Trimiar por nacimiento, en los años setenta y ochenta.

Entonces, cuando casi cada pelea era la primera en algo (en un título, en una ciudad, en unas reglamentaciones) Marian hizo de su cabeza calva símbolo reconocible que lucha contra un montón de “ismos” de esos que intentan marginarla. Alguno, por cierto, proveniente de ese Ali que apenas una década antes clamaba (justificadamente) contra las segregaciones (de otro tipo, claro). Que finalmente la hija del mito acabase siendo ella misma boxeadora ante su (atenta y ligeramente contrita) mirada no deja de ser una deliciosa justicia poética.

Lo cuenta Silvia con precisión de cirujano (o de boxeador estilista). No sobra ni una palabra, no se repite ni un fonema de manera casual. Todo está donde debe estar, y todo suena maravillosamente. Qué envidia, amigos. Qué maldita envidia.

Tiempos extraños, pues. Distintos. Peores. No tan lejanos, desafortunadamente, ni en el tiempo ni en la mentalidad. Deportistas cuyo primer desafío es, sencillamente, poder practicar el deporte que aman. O el que odian, que aquí hay de todo.

Yo, por poner un pequeño ejemplo, odio el boxeo.

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