Como quien viaja a lomos de una yegua sombría, vuelvo a tener once años y a estar en mi habitación trasnochando escuchando la radio e imaginándome cómo iba a ser ese futuro que me esperaba; imaginándome cómo por la ciudad camino, no preguntéis adónde, y esa radio que sonaba solo para mi era el sucio tren que iba hacia el norte y que me sacaría de allí, porque yo vivía en el número siete de la Calle Melancolía.

Y muchas veces, más de las que hubiese preferido, perdí el tranvía, y entonces me sentaba en la escalera, triste por la oportunidad perdida, pero sin dejar de pensar cómo sería vivir el el Barrio de la Alegría, mientras silbaba algo, solo, pero vuelvo a tener once años y la luz está apagada y con la radio muy flojita para que nadie más que yo la oiga mientras las chimeneas vierten su vómito de humo a un cielo cada vez más lejano y más alto. Solo tengo que cerrar los ojos para poder imaginarme lejos de allí, lejos de todo aquello que me rodeaba, que no era ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de cables.

Pero en ninguno de aquellos sueños aparecían ciudades vacías como el pasillo de un tren de madrugada, porque todos los escenarios posibles eran alegres y tumultuosos y había fiesta en la cocina y ramos de rosas sin espinas y seguro que ya el campo estará verde, debe ser primavera pero viendo las calles, pienso que hemos estado viajando a bordo de un barco enloquecido que viene de la noche y va a ninguna parte, pero yo tengo once años y abro los ojos y miro los dibujos que la luz de una farola deja en el techo tras atravesar la persiana de madera y pienso en cómo será vivir en el Barrio de la Alegría.

 Y me doy cuenta de que esta soledad es porque nuestros pies han recorrido muchas veces la Cuesta del Olvido y ya están fatigados de andar sin encontrarte y ahora, mirando todas esas calle vacías, empezamos a trepar por toda nuestra vida, por todos nuestros recuerdos, como una enredadera a la que poder agarrarnos para no sentir que caemos al vacío.

Porque nos hemos dado ahora cuenta de golpe y porrazo que nos bastaba un breve encuentro para iluminarnos el día; y qué difícil nos resulta ahora sólo encontrarnos puertas que nos niegan lo que esconden y nos enfadamos con las sombras que pueblan los pasillos y nos decimos que esta vez hemos aprendido la lección, como si de nuevo tuviésemos once años; que no vamos a ser esa absurda epidemia que cubre las aceras y que esta vez sí, que esta vez vamos a llegar a tiempo, vamos a llegar todos a tiempo y el 12 de abril, vamos a coger ese tranvía que nos va a sacar de la Calle Melancolía y todos nos vamos a mudar para siempre, como si tuviésemos once años y estuviésemos en nuestra cama escuchando la radio, con toda la vida por delante, con todo por hacer mientras miramos los dibujos en el techo que hace la luz de la farola cuando atraviesa la persiana de madera.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here