Era una noche cualquiera y Leo pasaba canales con su mando a distancia. Se detuvo en uno donde le pareció ver la figura de Maradona, acalorado, como siempre, en sus declaraciones. Alguien le había picado: “Messi es mejor que tú, Diego, él es mejor de lo que tu fuiste”. Leo, con media sonrisa, decidió quedarse mirando el programa, a ver dónde llevaba aquello. “Lionel juega protegido… le cobran todas las faltas. Si yo jugase hoy, no me paraba ningún defensor. Eso lo sabes vos, vos y todo el mundo, hasta los dioses del futbol”. “Y si yo jugase en tu época, con esos jugadores tan toscos, ni verían el balón”, susurraba Messi.

Aquel era un estadio peculiar y nadie sabe dónde estaba ubicado: estaba lejos de todas partes. Su aspecto era diferente, pero se podría parecer a cualquier estadio del mundo en cualquier momento. Si no se estaban disputando partidos, siempre había alguien en el campo, jugueteando con un balón. Un brasileño barbudo enseñaba a tirar penaltis de tacón a un tipo melenudo que se tambaleaba, mientras le respondía con acento de Belfast que él le enseñaría a regatear como era debido cuando terminase su bebida. Otros 2 mientras jugueteaban con un balón y conversaban: “¿Qué decís, Pancho? ¿Hacemos realidad los deseos de este par de bravos?”, le preguntaba el rubio con entradas en la frente a su compañero de incipiente barriga. 

Diego fue despertado bruscamente por una voz que no reconocía. Abrió los ojos con dificultad y miraba a su alrededor sin saber dónde estaba. Perdido, murmuró “¿Xavi…?”. “Date prisa”. Sentado en la cama vio frente a si un chándal y una bolsa de deportes con los escudos del Barcelona. Alguien golpeo la puerta con los nudillos. “El autobús no espera”.

Leo se había quedado dormitando en la mesa de masaje, o allí se despertó. El masajista parecía nuevo, al menos no era el suyo habitual. “¡Venga, al vestuario que va a empezar el partido!”. Leo entraba a vestirse cuando ya veía a sus compañeros alejarse hacia la boca de entrada al campo. Su uniforme era distinto al habitual, no había nombre sobre el número diez ni tenía el logotipo del fabricante del club. Incluso las botas eran simplemente negras. “¿Qué celebramos hoy y por qué nadie me dijo nada?”. Un jugador se acercaba a él metiéndole prisa con las palmas “Venga, que estos no esperan”. “Sos… ¿Lobo Carrasco, el de la tele?” respondió sorprendido Leo. “Déjate de tonterías, que hoy va a ser duro”

El desconcierto de la situación se pasó de golpe nada más saltar al campo. Diego tocó suavemente un balón “qué ligero… y qué pasto!”. Entró en juego poco al inicio del partido, pero a los 4 minutos ya recibió un balón cerca del circulo central. Regateó sin ningún problema a Muniain, que hacía como que presionaba, y se encontró con Raúl Garcia, que le cerraba el paso. Forcejean y suena el silbato del colegiado. Diego se dio la vuelta para protestar y vio que el arbitro daba falta a su favor. Agarró el balón y midió los pasos. El portero no vio por donde fue batido. “¡Que fácil! Hoy va a ser un día muy lindo”

Leo se levantó del suelo y se fue corriendo al árbitro: “¡Cóbrate la falta!”, decía mientras señalaba su nariz ensangrentada. Había saltado a por un balón lanzado en largo en el centro del campo con Patxi Salinas, que hizo uso de codos, rodilla y todo lo que hiciese menester para rechazar el pesado balón. El césped estaba bien, pero no era como el habitual del Nou Camp que él conocía. El balón corría peor y al golpear iba más recto, sin los efectos que los balones oficiales ofrecían. Los rivales también eran más lentos y pesados, aunque le estaban cosiendo a patadas. El era mucho más veloz y solo le paraban en falta, aunque el árbitro no estuviera de acuerdo. 

Diego estaba disfrutando del partido. Bastaba con que los defensas le encimasen para que el árbitro pitase falta, siempre a su favor. Así, jugaba suelto, fácil, regateando y esprintando, dando pases de todos los colores. “Ojalá el futbol siempre hubiese sido así

Por velocidad y técnica había dejado atrás a dos centrocampistas rivales y estaba cerca de entrar en el área. Sonreía disfrutando el momento hasta que Goikoetxea le derriba con una fuerte patada en el tobillo. “La concha de su madre”, gritaba Leo desde el suelo. El juego seguía. De nuevo se fue a buscar al colegiado: “Mirá mi tobillo, boludo, está más hinchado que la pelota”.

El público estaba disfrutando de su talento tanto como él, que simplemente jugaba como el niño que fue, olvidándose del partido. Una vez más, tras un encontronazo con Iñaki Williams, esperaba una falta a su favor pero en aquella ocasión la indicación del colegiado fue la de continuar el juego. Intentó correr hacia Williams, pero la distancia fue rápidamente insalvable. No tenía energía para correr tras él. Los aplausos de unos minutos atrás habían cambiado por unos suaves murmullos. El marcador indicaba 34 minutos de juego y no podía más. Cuando el partido se detuvo, se sentó sobre el césped estirando las piernas y agarrando las puntas de ambas botas. 

Leo seguía corriendo. Los defensas del Athletic empezaban a no ser capaces de seguir su ritmo y él se encontraba fresco, ligero y más veloz que nunca. Arrancó desde el centro del campo una vez más, sin que esta vez ni Patxi Salinas ni Goikoetxea pudieran si quiera intentar derribarle. Un quiebro a un lado, un quiebro al otro y ambos centrales acabaron por estorbarse. El portero estaba ya vencido incluso antes del disparo a gol. La celebración no fue del gusto de los jugadores rivales. Alguien dijo las palabras exactas para crear una tangana entre ambos equipos. Se cruzaron insultos, se agarraban camisetas y señalaban unos a otros con el dedo índice citando amenazas como en una película de mafiosos. Un jugador dio una patada a otro que no le miraba, y mientras el árbitro intentaba poner paz sin resultado alguno, alguien soltó una bofetada, que fue seguida por un puñetazo desde el otro bando. Messi recibió un golpe en el estómago y un pisotón en el tobillo que ya tenía dañado. Quedó tendido en el césped unos segundos. “Esto no es fútbol”.

Carrasco le había enviado un balón en profundidad. A Diego le costó arrancar y notó el dolor en las piernas una vez más, mientras seguía el balón. Raúl García le cerraba el paso y le desplazó en su carrera, sin hacer falta. Diego tropezó y golpeo el poste con la cabeza. Dolorido y cansado, cerró los ojos. “No puedo más…”

Diego despertó por la mañana, en su cama. En su mesilla de noche se posaba un numero antiguo de El Gráfico, con una foto de Di Stéfano en blanco y negro. “No sabés qué sueño tuve, Alfredo. ¡Y vos parecés reír en esa foto!”. Leo despertó en su habitual dormitorio en la concentración del club. Se miró el tobillo y no había hinchazón. Respiró con alivio y se fue a lavar la cara. En el reflejo del espejo, colgando en la puerta del cuarto de baño, una camiseta antigua del Barcelona con el número diez sin nombre.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here