Suele ocurrirme como a Gregorio Samsa, para poder escribir tengo necesidades de aislamiento, pero no como un ermitaño, sino como un muerto. Valoro la soledad y el encierro como ingrediente indispensable para que eche a volar la imaginación y el poco arte que tengo dentro me salga por los poros. Pero ahora me siento impotente al no poder elegir la soledad voluntariamente, a que me sea impuesta, a no poder tocarnos. A mí, que la carne se me eriza más por el contacto de una hoja de un libro que por el de otro ser humano, este virus me está incubando una necesidad irracional de piel. Estoy experimentando mi propia metamorfosis a cañonazo limpio.

Posiblemente, la sensación se deba a que por una vez en mucho tiempo estoy viviendo algo real. Pero no solo yo, tú también lo estás viviendo, al mismo tiempo, casi con la misma intensidad, confinados entre estas cuatro paredes, todos juntos estamos saboreando la misma agonía y el mismo hambre. Decidme que vosotros no sentís como si de repente se nos hubiese olvidado vivir.

Tanto temor al resto, y ahora le tenemos miedo a no volver a abrazarnos.

No os pongáis candados en el alma. Ha tenido que llegar un virus para abrirnos las entrañas de par en par y sacarnos del aislamiento que nos ha provocado ser un rebaño que no levanta la vista del suelo, del premio o de la obligación. Me he dado cuenta de que, quizá, he amordazado a una parte importante de mí que ahora quiero contagiarle a la primera persona que se ponga delante y no me lo pida. Estamos aprendiendo a dar sin recibir, a abrir los balcones para poder gritar lo que pensamos sin tener que quemar contenedores, a querernos virtualmente como si fuésemos a morir mañana. Sin virus de por medio, así es como me gustaría vivir el resto de mis días.

Nos queda recordar que éramos peores antes, más fríos, menos conscientes de lo que nos generan los que están al otro lado de nuestra ventana, porque les vestimos con escepticismo o con rencor. Recoged los platos rotos ahora que podéis, porque hay otros que nos están intentando salvar. Desde este lado de la cuarentena, prometo no volver a impedir que alguien se acerque saltándose las reglas.

No dejan de repetirme que la distancia es temporal. Como el dolor. La diferencia es que uno se calma con morfina, y para la otra, ahora mismo, no hay cura. Hemos dejado de tenernos. Aprendamos, cuando todo pase, a vivirnos sin permisos.

Tiempo.

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