Lorenzo Sanz era un expresidente del Real Madrid en la sombra, en esa penumbra en la que se oculta a los familiares descarriados. No diré que en el club se avergonzaban de él, no tengo tanto conocimiento de lo que allí ocurre, pero es evidente que no se le rendían los honores que hubiera merecido por su aportación a la causa, y me refiero a su contribución deportiva. Decir que en su mandato el Real Madrid ganó dos Copas de Europa es quedarse corto. La conquista de la Séptima, 32 años después, tiene un valor que supera cualquier título posterior, en tanto en cuanto significó la superación de un trauma y el inicio de una nueva era.

Sin embargo, desde entonces y hasta el día de su muerte, en la evocación de Lorenzo Sanz ha prevalecido el recuerdo nada edificante de un presidente que fue capaz de sacar de la caja del club tres millones de pesetas (18.000 euros) para jugar una partida de cartas con Jesús Gil. Ese episodio, denunciado en 1999 por Diario 16, nunca fue del todo aclarado, ni siquiera en la auditoría de cuentas que hizo Florentino Pérez al acceder a la presidencia. Sanz aseguró años después que el dinero había tenido como destino la secretaría técnica y Pirri, entonces director deportivo, se apresuró a negarlo. Así quedó el asunto. Sin resolver del todo, pero como un lamparón permanente en la imagen del expresidente Sanz.

El incidente, por así llamarlo, define en la misma medida una época y una forma de presidir. La cantidad referida, ridícula desde la perspectiva actual, también nos dice mucho de aquellos tiempos. La gestión de los clubes estaba lejos de ser profesional y el comportamiento de los presidentes iba, en el mejor de los casos, de lo rústico a lo castizo. No pretendo exculpar a Lorenzo Sanz por haber metido la mano en la caja, si es que lo hizo en el peor sentido de la expresión. Pero no soy ni tan ingenuo ni tan cínico como para considerar a Sanz el menos honorable de los presidentes que han sido y que son. Quizá sólo fue más torpe.

El hecho, de todo punto censurable, no niega lo conseguido por Sanz en el terreno deportivo. A falta de habilidades directivas, Lorenzo tenía olfato para los buenos futbolistas. Bajo su mandato fueron fichados, entre otros, Roberto Carlos o Seedorf (por citar a dos jugadores inmensos), y también hubiera llegado Thierry Henry, de no ser por irregularidades en el precontrato firmado con el jugador, de entonces 19 años.

En las últimas elecciones a las que quiso concurrir tuve la ocasión de entrevistarlo. Me citó en su despacho, ubicado en un piso muy próximo al estadio Bernabéu, y me encontré allí con un extraño bullicio de gente que iba y venía, al estilo de las películas de Berlanga. Me pareció afable en la distancia corta y sentí que respondía al arquetipo de socio con lóden y puro, común en mi infancia y ahora en vías de extinción. No tenía opciones de ganar y lo sabía, pero quería poner en valor lo que había conseguido al frente del Real Madrid. Compartió conmigo el último jugador al que había echado el ojo y al que tenía apalabrado, me dijo, en caso de salir vencedor. Michael Carrick, ese era el centrocampista del futuro. No acertó de pleno, pero tampoco se equivocó demasiado. Carrick terminó por jugar 464 partidos con el Manchester United.

Sin duda, Lorenzo Sanz tuvo defectos que ahora los presidentes disimulan mejor. También se ha mencionado su relación con el político de extrema derecha Blas Piñar, para el que pudo trabajar de joven como guardaespaldas. Nada edificante, insisto. Pero nada que niegue tampoco, aunque ahora duela, su mérito como el primer constructor del Real Madrid moderno. La reconstrucción institucional, financiera y comercial del club corresponde por entero a Florentino Pérez, pero la regeneración deportiva comenzó con Lorenzo Sanz. Tan cierto como que Ramón Calderón fichó a Cristiano Ronaldo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here