Te levantas un mañana, hablas con tu familia y amigos, miras las noticias en periódicos y redes sociales, empiezas a ser consciente de que la situación empeora por momentos en España.

Desde Londres miras por la ventana y ves la ciudad como siempre, decenas de personas por las calles. El metro, los pubs, los comercios, colegios abiertos. La rutina continúa sin ápice de cambio.

En España declaran el Estado de Alarma y confinan a todos los españoles en sus casas. En el Reino Unido anuncian que anteponen la economía a la salud de los ciudadanos y que no se van a tomar medidas.

Y ahí es cuando yo, madrileña residiendo en Londres, entro en pánico. Después de un año viviendo allí, me siento más nueva que el primer día. Miles de cuestiones pasan por mi cabeza cada minuto. ¿Debo confiar en las palabras de Boris Johnson?, ¿tendré derecho a una sanidad pública después del Brexit?, ¿qué pasará con mi trabajo?

Desde España piden y aconsejan a los españoles en el extranjero que vuelvan en la mayor brevedad posible a sus casas. Desde Londres me dicen que no vuelva más a trabajar, que, efectivamente, están empezando a tomar medidas y la hostelería es de las primeras afectadas.

Agobio, incertidumbre, anuncios y bulos sobre cierre de fronteras… Me decido en medio de la ansiedad: me voy, vuelvo a mi ciudad. Tras la decisión veo que los vuelos están disparados y la gran mayoría cancelados. Intento comunicarme con la Embajada y el Consulado español en Londres para informarme sobre una posible repatriación. No tengo éxito.

A riesgo de no poder volar llego al aeropuerto 5 horas antes de que despegue mi vuelo destino Madrid. Las aerolíneas no dan detalles sobre el estado de éste, solo toca esperar. Y, finalmente, tras varios días de angustia, embarco; la agonía va llegando a su fin y solo dos horas después aterrizo en Madrid. Todo ha terminado.

Y como un alto porcentaje de la población, aquí estoy, con miedos por el presente y por el futuro, sin trabajo y temiendo a las secuelas que el COVID19 va a dejar en todos nosotros psicológica y económicamente. Solo queda esperar a que pase la tormenta y respirar tranquila cada mañana al saber que ya estoy en casa con los míos. Por ello, más que nunca, #yomequedoencasa.

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