Quién nos iba a decir que ir a comprar el periódico se convertiría en una temeridad. Que miraríamos por la ventana a la calle, como antes se miraba un catálogo de viajes de ‘El Corte Inglés’. Que añoraríamos una cerveza fría en una terraza al amparo del sol. Que iríamos al supermercado manteniendo la distancia hasta con tu propia sombra y sondearíamos con la mirada a cada extraño, insuflando con los rayos X de nuestras pupilas a todo aquel con síntomas sospechosos en vistas de lograr un diagnóstico. 

Vivimos en un mundo raro, de ciencia ficción. Pero no seré yo quien os lo cuente. La misión del periodista es informar y, en algunos casos, reflexionar, y creo que, a día de hoy, todos somos conscientes de lo que vivimos y que esto, amigos, es la realidad, no ningún cuento. Empieza a respirarse en el ambiente a Wind of change, que cantarían los Scorpions, un viento de cambio. 

En los foros intelectuales empieza a hablarse de que esta pandemia de coronavirus va a marcar un antes y un después. Desde un punto de vista económico, todos hablan de una fuerte crisis, así como de un posible cambio de modelo. Al igual que el fin de la Segunda Guerra Mundial trajo el Estado del Bienestar, muchos anticipan un nuevo modelo socioeconómico tras la pandemia. Otros, como el filósofo Gregorio Luri, piensan que después de esto no habrá ningún shock, ni ningún cambio repentino. “Los cambios se producen a paso de paloma”, afirma el filósofo. 

Desde un punto de vista geopolítico, algunos vaticinan un cambio en la balanza del poder mundial, que se inclinará finalmente a favor de China y en detrimento de las potencias occidentales. También se especula sobre el fin de la globalización, sobre un futuro autárquico y nacionalista impulsado por el germen pandémico. Hasta la Unión Europea se ha puesto en entredicho, y algunos intelectuales creen que su capacidad para responder a esta crisis determinará la solidez de la institución.

Hay pocas afirmaciones contundentes en todas estas teorías, entre las que cabe añadir algo que vamos percibiendo el común de los mortales. ¿Estamos ante un cambio cultural y moral? No es la primera vez que en situaciones de crisis, de extrema gravedad, el ser humano saca lo mejor de sí mismo. Estos días, más que nunca, parece que el bien existe, y se deja ver en los balcones de los ciudadanos que salen a aplaudir, en la solidaridad de los vecinos, en el esfuerzo de los sanitarios, cuerpos y fuerzas de seguridad del ejército, cajeros, reponedores, transportistas, farmacéuticos, agricultores, fabricantes… 

Respuestas como la de los madrileños respondiendo a la llamada de la Comunidad de Madrid para donar sangre, ya que las reservas habían caído coincidiendo con la epidemia de coronavirus, y llenando las reservas en cuestión de horas, o las de las múltiples iniciativas para ayudar a los más desfavorecidos, son prueba de ello. 

Como decía Ortega y Gasset, “amar es canjear dos soledades”, y en esta situación de extrema soledad nuestro deseo de amar, de ayudar al prójimo, se ve multiplicado. En estos días me viene a la cabeza el delicioso libro de Rafael Pou, Filosofía de bar para un mundo posmoderno, editado por Homo Legens. Una obra que reivindica la existencia del bien en un mundo consumista y consumido por un aparente nihilismo. 

Pou demuestra con argumentos la contradicción de aquellos hombres y mujeres crispados que viven como si todo diera igual, pero con una moral digna de los más creyentes. Son aquellos con aparente filosofía Nietzscheana para algunas cosas, pero con un sentido de la justicia hinchado para otras. Si crees que en la justicia, crees en un bien y un mal. Si crees en el caos, lo mismo te dará Hitler que el vecino que te da la vara con discos de Raphael a las 10 de la mañana. 

Son días difíciles, pero también son los mejores días para sentirse orgulloso de unos ciudadanos, de unos vecinos, de familiares y amigos que están dando lo mejor de sí mismos en una situación tan complicada. Son los peores tiempos que nos ha tocado vivir a los que siempre hemos sido afortunados, pero son los mejores para descubrir que el bien existe y está en cada balcón y en cada persona que antes era invisible y que ahora valoras por su trabajo como si fuera un valioso referente. 

No creo que los que nos quedamos en casa seamos héroes, somos gente que hacemos lo tiene que hacer. Porque hacerlo tiene un valor, porque salvar vidas es algo bueno, y que vale la pena. Como apunta Albert Camus en La peste: “Los que se dedicaron a los equipos sanitarios no tuvieron gran mérito al hacerlo, pues sabían que era lo único que quedaba, y no decidirse a ello hubiera sido lo increíble”.

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