Mi mujer pidió a mis hijastras unas cortinas nuevas para Navidad. En el cuarto de estar teníamos unas en tiras verticales, que seguro tienen un nombre que no encuentro y probablemente se ha perdido con esa parte de mi castellano que se ha evaporado en estos 15 años y pico en en el norte de Inglaterra. 

El caso es que aquellas como se llamen ya estaban hechas una ruina, por el paso del tiempo y las visitas del cartero, que enloquecen a mis perros, que se lanzan a ladrar a través de las cosas estas —voy a tener que buscar el nombre— y tocaba cambiarlas. Hace un par de fines de semana, mis hijastras cumplieron con la última parte del regalo navideño: instalarlas. 

No estamos, mientras escribo, oficialmente aislados aunque hoy he empezado a trabajar desde casa y siento, a través de familiares y amigos, que mi confinamiento empezó el sábado. El lunes fue un día raro. Trabajar desde casa tiene sus ventajas pero ir a la oficina añade un aspecto social. No tenía detrás de mí ni el ruido de los ingenieros con los que los contables compartimos oficina, ni el maldito aire acondicionado, pero tampoco tenía charla y risas con mis compañeros.

El lunes fue el cumpleaños de mi yerno. Fuimos a su casa brevemente después de cenar y mi nieta, de siete años, vino corriendo a mí y se abrazó como un koala. La abracé a la vez fuete y cuidadosamente. Era como si ella ya supiese lo que se acerca. Después jugué un minuto, a lo sumo, con sus dos hermanos menores. No tengo síntomas ni malestar, pero tampoco puedo decir, aunque en la ciudad sólo hay un caso confirmado, que no sea portador del virus.

Será triste no poder verles en persona ni oírles pedir que les coja en brazos. Me está costando hacer entender a mi familia que aislado significa que no podemos visitarnos, aunque en ningún caso estemos a más de 200 metros entre nuestras casas. Que vernos sólo podrá ser posible si quedamos para ir a la compra o pasear a los perros. La realidad golpeará a los ciudadanos ingleses como hizo con italianos y españoles.

Tampoco perdamos de vista que tenemos suerte. Podemos comunicarnos por internet y vernos las caras, y así hablé con mi familia en Madrid o mi hijastro en Las Vegas. Es cierto que vivimos una situación excepcional, incómoda y preocupante, y quizá por eso estoy escribiendo y no durmiendo. Incluso puede dar miedo en algunos momentos, pero no vivimos una guerra. Esto es incómodo y frustrante, pero pasará.

Terminado el día me he quedado mirando a las cortinas unos segundos, esas cortinas que ahora nos dan intimidad y nos separan del mundo. Quizá una de estas noches las dejemos abiertas. O no, porque quizá nada pase por la ventana y la sensación de separación será aún mayor. Llegará otro día en el que desplazaremos la cortina por la mañana y volveremos a ver gente sonriendo, dándose la mano o simplemente caminando por la calle simplemente porque puede. 

Que no se retrase más de lo necesario. Mientras tanto, todos en casa. 

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